El teatro de la vida
Sucede que la obra de teatro ya tenía buen tiempo de navegar viento en popa. Era un caso policiaco que en sus dos actos mantenía atentos a los espectadores, pero el arrendamiento del teatro estaba por fenecer.
El director de la obra Daniel Montaráz, por cierto de carácter amable y humorista nato, pensó que a la mitad de la obra, terminando el primer acto, podía hacer un experimento: que el público actuara.
Sin muchas vueltas concibió que su amigo Valdemar Quiroz, actorazo en retiro le iba a ayudar. Pensó en que Valdemar entrara con el público y se sentara en la butaca 112 más o menos al centro. Su mente comenzó con el mismo: al terminar el acto se dirigiría al público:
– Eyy, eyy un momento siéntensen por favor de nuevo en sus butacas. ¿No han pensado que ustedes, damas y caballeros, son actores en potencia? y es más, que pueden subir al escenario a improvisar lo que ustedes quieran: una dama quejumbrosa que le dirige palabras hirientes a su esposo, un caballero que cante una canción a capella, etc. la cosa es que se diviertan un poco y que vean si tienen dotes de actor o actriz.
Daniel iba a adiestrar a las actrices y actores de la obra para que cada persona del público que subiera a actuar era un lugar que quedaba a propósito para que el actor o la actriz bajaran a sentarse entre el público y así llegaría el momento en que quienes fueron a ver la función estarían actuando y los actores estarían mirando y por supuesto ovacionando.
Pero pudiese pasar que por pena o temor nadie subiera. Montaráz ideo un truco: decirles al público el subir o no al escenario esta en cada uno o una, a nadie se obliga, pero con este reflector –y salió a colación el encargado de las luces quien con precisión enfocaría a alguien del público– y este iba a ser Valdemar quien haría su show: no yo no subo ¿por qué a mí? y aquí Daniel pondría a funcionar a la gente; – Vamos a animarlo dénle un aplauso.
Y así según a regañadientes el actor por cierto mal vestido y con barba, trastabillando subiría al escenario y ahí según improvisaba primero torpemente y luego in crecendo, actuando parte del monologo Memorias de un Loco que el actor mexicano Carlos Ancira actuaba de maravilla.
Montaráz interrumpia: bien, bien ea ea que venga el aplauso. Ahora ahora a ver la luz hacia donde señala tocándole ahora si al azar a una madura y elegante dama, quien se negaba a subir y Montaráz pico al público:
– Es tiempo de mujeres, ni modo que no nos haga el favor de subir, un aplauso por favor.
Y la dama, –ahora si del público– fue subiendo al escenario y ya arriba improvisó un regaño a su imaginario hijo que se portaba mal. Aplauso del público.
Y así el reflector iba subiendo a mujeres y hombres que mirando que no era problemático actuar iban haciendo de todo, y la palabra ridículo englobaba a quien contaba mal un chiste o a quien tenía voz aflautada que a él le parecía de tenor.
Huelga a decir que los actores verdaderos se iban acomodando en las butacas del público hasta no quedar ninguno en el escenario. Aquí, Montaráz suspendió los diálogos y charlas que había entre los actores del público y les dijo:
– Vamos a jugar: así como están en esta hilera cada una o uno seguirá la trama, inventada por el anterior, por ejemplo el primero diría: en mi establo tenía tres vacas, o lo que se le ocurra y el que sigue, diría: esas tres vacas me producían ganancias porque cada mañana al ordeñarlas… y así el que sigue diría abundante leche que luego iba a vender al pueblo cercano que por cierto se llamaba…
Montaráz ordenó, más bien sugirió sonriendo que comenzaran de izquierda a derecha, y por supuesto que el primero en improvisar fue Valdemar.
Así irían construyendo improvisadamente un thriller policiaco surrealista y con cierto interés.
Terminaron y la ovación del público con los actores y actrices incluidos fue efusiva y abundante. Por supuesto se anota que el primero el que comenzó desde la izquierda fue Valdemar quien interpreto el principio de La Ratonera de Agatha Christie y luego de ahí se formó, el mosaico de colores en donde cada actriz y actor del publico puso su grano de arena.
Montaráz estaba feliz, su grupo actoral había sido parte del público que aplaude a los actores del público, bajaron los actores del público y se acomodaron en sus asientos con una sonrisa en los labios.
Se bajó el telón, subieron actrices y actores para escenificar el segundo acto de la obra y cuando a los tres días terminó la temporada, Montaráz charlando con su amigo Valdemar después del cafecito de la comida de agradecimiento ya están planeando como hacer que el teatro llegue a nuevas rutas, a novedosos caminos, reuniendo la ficción con la realidad.
Fin

