Ella
Yo le digo: la pelota, evitando decir el balón, enalteciendo el singular femenino, y es que algo tan hermoso, que causa tanto placer debe tener algo de mujer, tu incredulidad podrá decirte que es sólo un deporte, pero hay una relación hasta erótica con la pelota, un deseo que rebasa lo social, notarás cierta fusión con los astros, pensarás en una característica del arte, su analogía con la fémina, y es que esto no es nada más futbol, es lo que le da el equilibrio a mi vida, a la de muchos, ¡pásala, que controlo el mundo! debió gritar Dios mientras al séptimo día terminaba de darle forma a nuestro planeta.
Con certeza se puede decir que somos muchos los que nunca salimos de la cancha, nuestra vida es una, así nos pasamos las horas continuas yendo detrás de ella, la que gusta de que la traten bien para gozar de su presencia, que de caricias se llena de esplendor, en esta analogía está claro que habrá adversarios dispuestos a robártela, la tenacidad te sacará avante en esta disputa, conducirla con cadencia será importante para su comodidad, más no olvides que por más que hierva de celos tu sangre, tendrás que compartirla, ten plena confianza que de haberla tratado como lo merece, regresará sin premura, y así será constante la historia de ambos, deseando fuera infinita, pero llegará el momento en que el partido tenga que finalizar, pues ya las piernas tendrán plomo, la vista polvo y la piel grietas.
El corazón es el único que seguirá intacto, cuando empiece a latir con mayor fuerza cuando la veas, será entonces cuando las neuronas haciendo gambetas en la mente, invadirán recuerdos que pasaste con ella, también la verás distinta, sin embargo, cuando estés parado a once pasos de la portería, mirarás atrás, toda la cancha, todo lo que hiciste, todas las personas, la lluvia y el sol, la tierra y el árbol, la gambeta y el gol, estarás parado y satisfecho por lo corrido, por lo vivido, y justo después del grito de gol, el corazón se detendrá, en ese momento el partido habrá terminado, con un gol de último minuto, una caricia más para ella, teniendo la esperanza de pasar a otra cancha o a un sueño eterno con ella: la pelota.
Escrito por Armando Leyva Mendieta

