¿En que creen lo que creen?
“La fe no tiene límites, solo hace falta creer”
Las últimas noticias en los medios de comunicación han alarmado a una gran mayoría de la sociedad, la tensión mundial va en aumento y ahora existe una serie de análisis, comentarios y/u opiniones respecto a lo que pasa en el mundo y la desbordante marea de violencia que impera en la sociedad; muchas son las teorías que tratan de explicar tales circunstancias, desde las conspiracionistas hasta las proféticas; y en ellas solo encontramos indicios de lo que la sociedad pretende descubrir.
Ahora se entienden por ideologías, lo que antes eran creencias y la religión llega a transfigurarse en política; los seres humanos desde su origen nos hemos contextualizado en un mundo de creencias como una teoría de arquetipo universal; en donde necesariamente se debe creer en algo, poniendo y anteponiendo simbologías a lo visible, dando significados a la propia existencia, y limitando en cierta manera el comprender que el cielo es azul y que el sol le da brillo a la oscuridad, es decir; queremos entender el mundo descomponiéndolo en pedazos.
Anteriormente era ineludible vivir sin religión, como una muestra de que en el mundo siempre se anidaría la ciega esperanza; pero hoy los tiempos han cambiado, ahora muchos entienden su vida sin Dios, sea puesto a este el nombre que más les guste.
Existe un debate fundamental entre lo que, sí debe creer el hombre y en lo que no debe creer; la gran pregunta que nunca se terminara de responder es: ¿quién tiene la verdad en sus labios?, y es que mientras para los amantes de la filosofía su diciplina es la única y autentica, para los historiadores su verdad es indiscutible, para los religiosos los dogmas son cánones indestructibles, para los ateos el libre pensamiento es la ley natural y así sucesivamente pudiéramos encontrar corrientes, ideologías o posturas que nos harán reflexionar sobre la existencia de este mundo.
Y al ver la vorágine que deambula por el mundo, en donde cada día nos deshumanizamos más, en donde la violencia es sinónimo de constante, en donde la desigualdad económica es cada día más visible; donde los medios informativos convencionales pierden vertiginosamente terreno ante el internet que hace ver aletargada la información; nos formulamos la siguiente pregunta: ¿en qué cree la gente que ve mofa en las desgracias naturales o sociales?, ¿en qué creen los que con la mano en la cintura pueden alentar la guerra?, ¿en qué creerán los que a través de malas conductas pretenden subsistir, logrando un beneficio personal por encima del interés colectivo?, ¿en qué creerán los que siembran caos, para aventajar a los que creemos en la cultura de paz?, ¿acaso; será que la noción pretérita del bien común a quedado en el recuerdo, y que ya no se creé en los pilares que en su momento sostuvieron el mundo?.
Y es que hace algún tiempo, aún se tenían ideas preconcebidas como validas; mismas que ayudaban a generar una sana convivencia social, y que eran aquello en lo que creía la humanidad: los valores universalmente reconocidos imperaban como bastión de lucha y en ellos se tenía una fe inquebrantable; en nuestros días poco se habla de los valores, las nuevas generaciones no los conocen y menos los practican y desafortunadamente en casos no muy aislados se dice abiertamente que “los valores han pasado de moda” y que solo son un tabú bajo el que se pretende encausar la conducta de la sociedad.
Sin duda, todas estas variaciones de pensamiento, hilvanadas con el delgado hilo de la reflexión; nos orientan a entender que se necesita verdaderamente recapacitar sobre lo que ocurre en la humanidad, hacía donde nos estamos orientando y cuáles son las reglas de conducta bajo las cuales se actúa. En ciertos casos pareciera que la modernidad nos lleva a permanecer como un barco a la deriva, cuyo timón ha quedado roto y cuyas velas de orientación oscilan en contra del viento y se han rasgado; hoy nos encontramos movidos por la marea de lo que marcan los cánones de la modernidad, hemos dejado de creer en el faro que orienta y nos hemos cegado ante las estrellas que pretendemos alcanzar y que nos dan luz, así simplemente como hojas guiadas por el viento avanzamos y creemos en los tiempos de libre pensamiento; donde creer y no creer son sinónimos, pues se puede creer en todo sin creer en nada, así la sociedad eclécticamente impulsa su destino a un tema de simple conveniencia.
Amigo lector: el que esto escribe, es fiel convencido de que el mundo necesita fe, que debe de creer y depositar su confianza en algo; por eso a la manera de Ricardo Flores Magón seguimos creyendo que: “mientras haya un soñador habrá una esperanza” y que con esta el mundo puede ser mejor, más pleno, más próspero y en donde la violencia perezca; pues la esperanza se encuentra cada día en el constante intentar ser mejores seres humanos, en donde el bien común impere, en donde efectivamente aprendamos a humanizarnos o en su caso rehumanizarnos.
Estamos viviendo una época rodeada de incertidumbre, en este milenio se apela a una guerra mundial, al exterminio o bien a otras formas drásticas para ayudar a mover la conciencia colectiva y reorientarnos.
Pero, surge la gran interrogante: aquellos que son creyentes, religiosos o fieles defensores de la fe ¿en que creen? Suele ocurrir que en algunas ocasiones son los agentes custodios de la creencia, los que la corrompen y esto ha surgido siempre a lo largo de la historia; la fe se convierte en moneda de cambio o cheque al portador y por eso, la sociedad se corrompe y rompe sus lazos sagrados de unión; hoy como en antaño, la humanidad requiere coherencia, coherencia entre su profesión de fe y lo que practican, coherencia entre sus ideales y sus realidades; estamos al borde del abismo y de nosotros depende cambiar el rumbo para avanzar o navegar a la deriva.
No nos limitemos a creer sino también ejerzamos, como reza el dicho mexicano: “a Dios rogando y con el mazo dando”.

