Enojos evitables

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Lo más fácil es enojarnos por todo y todos, lo más simple es encontrar culpables ante lo que nos sucede, porque de esa manera evadimos la responsabilidad y podemos victimizarnos ante la horrible adversidad que representa la vida.

Por un lado, nos molesta que no haya papel de baño en un espacio público, pero por el otro, no tenemos empacho en desperdiciarlo en cuanto lugar visitamos porque, finalmente, no nos cuesta.

Nos molestan sobremanera las condiciones laborales de mi empresa, y acuso a los patrones de mezquinos y gandules, pero no soy capaz de dar ese extra que marque diferencia y, sin medir responsabilidad, llego tarde cuantas veces quiero, me manejo con la ley del mínimo esfuerzo o me consigo un buen falsificante para evitar presentarme a trabajar porque tengo cosas mucho más productivas que hacer.

Me incomodan las inundaciones, pero soy de aquellos que arrojan basura a la calle porque gracias a ello los basureros tienen trabajo.

Nos enoja que en casa no llegue el agua con abundancia y somos capaces de cerrar calles o avenidas exigiendo el derecho a tenerla, pero cuando estuvo en nuestras manos, no economizábamos y nos podíamos quedar bajo la ducha por horas, sin un dejo de consciencia. 

Soy de los que grita a los cuatro vientos que el transporte púbico es una basura, pero disfruto arrojando objetos a las vías, rayando puertas y ventanas o jalando la palanca de emergencia por diversión.

En esas condiciones, no hay gobierno que pueda mediar con tanta inconsistencia; y quiero ser muy claro, es evidente que hay muchísimas fallas gubernamentales, pero también debemos comprender y asimilar aquella frase que versa cada quién tiene el gobierno que se merece.

Dicho con mayor claridad, se juntan el hambre con las ganas de comer; por un lado, una autoridad omisa y complaciente, y por la otra, una ciudadanía mediocre y acostumbrada a extender la mano para lograr algún beneficio.

Me acostumbro a mi chambita y vegeto asumiendo que haciendo lo mismo podré obtener resultados positivos; y luego me enojo porque alguien me hace ver que los resultados que entrego son directamente proporcionales al esfuerzo y dedicación que ofrezco.  Si aprendiéramos a cambiar los estímulos, a innovar en el sentido más amplio de la expresión, muchos de esos enojos podrían ser evitables y transformados en reconocimiento.

Nos estamos acostumbrando a recibir sin ofrecer nada a cambio; a percibir un salario por existir, sin un dejo de corresponsabilidad o de correspondencia ante los recursos recibidos. 

Sigo pensando que es vergonzoso que muchas de las becas para estudiantes se otorguen sin un filtro de por medio, y que esos recursos pensados en una mejora sustantiva en la calidad de vida de los alumnos acaban convirtiéndose en becas para comprar juegos electrónicos que en nada favorecen ese crecimiento esperado. 

Nada tan lastimoso como conformarse, nada tan vergonzoso como acabar en zona de confort dejando que la vida se nos escape.

El éxito da felicidad y se contrapone al enojo; ¿que hay que hacer?, definir objetivos, pensar en ganar, desarrollar un plan, buscar oportunidades de vida, marcar diferencia y estar en constante movimiento.

La pasividad mata, y luego enoja, ¿pues cómo no?

horroreseducativos@hotmail.com