Ensayo sabio de los Matlatzincas

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En el libro titulado introducción a la Historia, el historiador Marc Bloch dice: Nuestro arte, nuestros monumentos literarios, están llenos de los ecos del pasado; nuestros hombres de acción tienen constantemente en los labios sus lecciones, reales o imaginarias. Convendría, sin duda, señalar más de un matiz en la psicología de los grupos. Hace mucho tiempo que lo observó Cournot; eternamente inclinados a reconstruir en mundo sobre las líneas de la razón, los franceses en conjunto viven sus recuerdos colectivos con mucha menos intensidad que los alemanes. Ello permite reflexionar en la forma de pensar que cada pueblo tiene. Para los franceses la razón es suficiente para conocer de la historia totalmente. Para los alemanes de raíces filosóficas más preocupadas por saber de la verdad sin aceptar que sólo la razón es capaz de conocer de todo. Dos maneras de saber la verdad, al indagar la historia recuerda en el caso de México, que laboramos sobre la raíz de lo aprendido en siglos de coloniaje español. En párrafos anteriores Bloch dice: Ya tenemos, pues, al historiador obligado a rendir cuentas. Pero no se aventurará a hacerlo sin sentir un ligero temblor interior: ¿qué artesano, envejecido en el oficio, no se ha preguntado alguna vez, con un ligero estremecimiento, si ha empleado juiciosamente su vida?

Mas el debate sobrepasa en mucho los pequeños escrúpulos de una moral corporativa, e interesa a toda nuestra civilización occidental. Porque contra lo que ocurre con otros tipos de cultura, ha esperado siempre demasiado de su memoria. Todo lo conducía a ello: la herencia cristiana como la herencia clásica. Los griegos y los latinos —nuestros primeros maestros— eran pueblos historiográficos. El cristianismo es una religión de historiadores. Palabras de uno de los estudiosos más importantes de la historia en últimos dos siglos. Tales palabras hacen meditar en la responsabilidad del historiador y del cronista: ninguno de los dos puede hacer trabajos de banal trascendencia. Obligación es estudiar el pasado y presente con un comportamiento ético que no le puede llevar a ser ideólogo de algún poder, so pena, de ser considerado un actor mediocre de su tarea profesional.

Al retornar al núcleo de estos estudios, entiendo que en Alfonso Sánchez García, Noemí Quezada Ramírez y René García Castro, encuentro la guía de los temas que deseo saber. Sus lecciones son base para comprender de dónde viene Toluca. El ensayo de la doctora Quezada Ramírez es un documento invaluable que bien haríamos en difundir a nivel popular. En cuadro que aparece en publicación de El Colegio Mexiquense, señala a Grupos Otopame: 1.- Otomiano / I. Otomiano Central / a) Otomí, b) Mazahua. 2. Otomiano del sur c) Matlatzinca. D) Ocuilteco.  Esta lista de grupos culturales, físicos y espirituales, nos llevan de la mano a entender el núcleo central de lo que conformó el Valle de Toluca.

Estudiar sus formas de vida, su capacidad de convivencia o de guerra cuando eso sucedía con frecuencia. ¿Fueron culturas atenienses o culturas espartanas es la pregunta?… sólo así entenderemos qué cosa sucedió con la urbe que en sus inicios tuvo por pelea con los vecinos por ser dueños de la riqueza acuífera y de su Volcán Xinantécatl, que en muchos sentidos pudo ser considerado un dios protegiendo al Valle, dándole riqueza Acuífera y un clima que dentro de su frialdad daba alimento para todos tanto de animales de tierra como por sus lagos que cual espejos de Acambay por las noches hacía soñar a nuestros ancestros. En sus estudios de la doctoraQuezada Ramírez destaca su aserto: Es conveniente señalar que es en esa región donde se encuentran mayores diferencias dialectales del Otomí. En el sur, en los límites con Guerrero, convivían el matlatzinca, el chontal y el mazateco, lenguas que fueron desapareciendo después de la conquista de Ahuizotl, quien casi los exterminó (Barlow, 1948: 188). El matlame, mencionada como la lengua hablada en Tepecuacuilco y sus sujetos, debe ser consideradacomo matlatzinca (Jiménez Moreno, 1948: 218; Descripción del Arzobispado de México 1570, 1897: 192). Leguaje y restos fósiles son el camino que nos lleva a la verdad a secas.

Lo que sigue es interesante, dice la autora: de las clasificaciones de las lenguas se desprende un problema que es importante señalar: la separación durante siglos de dos lenguas, en este caso, el matlatzinca y el otomí; la glotocronología apunta a que es de veinticinco siglos; en opinión de Otto Schumann, este margen puede ser menor, de quince siglos, lo que remontaría, en el primer caso, al siglo V a.C., y en el segundo, al siglo V d.C. Estas aproximaciones lingüísticas pueden ser confirmadas con datos arqueológicos basados en los estudios de cerámica si se busca la correspondencia con la identidad cultural de los grupos que habitaron el Valle de Matlatzinco. No han nada más bello que el sendero en que de manera seria, profesional y apasionada se busca la verdad. Entonces toda clase de ciencias es válida mientras no caiga en el mundo de las ideologías que todo distorsiona. El pasado tiene instrumentos en este siglo XXI para comprobar las verdades que busca. Aunque, como dice Marc Bloch se tenga el temblor de quien es responsable de buscar esa verdad y dudar de que sí lo haya logrado.

Ir al estudio de lo que sucedió de la mano de la ensayista: Se considera al valle de Toluca y a las montañas del norte “como centro de caracterización y dispersión de los otomianos, puesto que las áreas de ocupación más antiguas son las que ofrecen mayores diferencias dialectales” (Carrasco, 1950: 289). Los habitantes del otomí suriano se dispersaron por el valle de Toluca; de esta manera se explican sitios arqueológicos entre 650 y 750 d.C., como Ojo de Agua, Teotenango, Los Cerritos, Almoloya del Río, Techuchulco, Calimaya, Ocoyoacac y otros lugares que contienen cerámica de fines de Teotihuacan y Coyatlatelco (Piña Chan, 1975, II: 543-544). El historiador y el cronista deben delimitar sus territorios, sus pueblos, tribus y clanes o sectas.

Sólo así se comienza a desvelar debajo de las siete capas que cubren la cebolla el conocimiento que se busca. Los toluqueños del año 2022 no podemos ignorar que andar entre los lugares que cita la investigadora son como nuestra casa. Para nada nos sentimos ajenos a dichos pueblos que son alegres a la mexicana como el que más en el extenso Valle de Toluca que goza de un patrimonio natural envidiable a pesar de su sobrepoblación. Para conocer bien el origen de la lengua Matlatzinca, la doctora Quezada Ramírez escribe: Del otomí suriano se derivó el matlatzinca, como lengua y cultura, de 750 a 1162, En la actualidad se habla el otomí suriano en Tilapa y Acazulco, y “al referirse a los hablantes de ocuiltecousan el término de nza’yu que se traduce como ‘tronco’ o ‘linaje de perros’, o sea chichimecas” (Schuman, 1975, II: 531).

Esta referencia de la etnografía moderna permite hacer la asociación con un hecho histórico: la conquista del Valle de Matlatzinco, después de la caída de Tula en 1168, por Xolotl, quien encuentra que Tenango había sido abandonada parcialmente; fue entonces que señores matlatzincas, acompañados de grupos otomíes  y mazahuas, abandonaron el área y migraron hacia el Valle de México, a las zonas de Azcapotzalco y Tacuba, donde los residentes eran hablantes de nahua, para dar origen al imperio tepaneca. Rigor científico en Noemí Quezada Ramírez, me hace pensar al leer contrapasta del libro de Marc Bloch, que dice: A partir de la interrogante ¿Qué es la historia y para qué sirve?, Bloch escribe una verdadera introducción a la filosofía de la historia, esencial para la comprensión de esta ciencia que “estudia a los hombres en el tiempo”. El autor aprovecho su reclusión para reflexionar sobre su oficio de historiador con lucidez y agudeza y plasmó sus meditaciones en un estilo bello y sencillo, mas de gran profundidad psicológica. Su amigo, Lucien Febre, rescató su manuscrito para la posteridad: He aquí, pues, un sugestivo estímulo para el pensamiento y una lección de rigor científico. Lección de vida para cronistas e historiadores.