ÉRAMOS MUCHOS Y PARIÓ LA ABUELA
Mientras observo mi celular, me encuentro en la página de Facebook revisando las últimas noticias, porque sí; en las redes sociales todo está pasando en el momento preciso, nos enteramos que aquella señorita ya terminó su relación con aquel joven, qué en tal calle hubo un accidente de tránsito, que tal negocio vende ropa de temporada y que en algún empleo están solicitando personal con la aclaración de que ofrecen prestaciones de ley, lo digo porque aún hay empleos operando desde la informalidad y qué un empleo te ofrezca prestaciones de ley ya es una bandera verde. Mientras sigo bajando, en el celular aparecen cursos sobre escritura, ofertándose a buen precio; sigo bajando y ahora son talleres de creación literaria, diplomados en escritura; con tanta información ya perdí la cuenta de todas las opciones que tengo para cursar.
Objetivamente, parece no tener algo extraño, salvo que los famosos grupos de lectura están siendo reemplazados por los de escritura. Aclaro que no hay una mala intención detrás de quienes pretenden mejorar sus textos; sin embargo, hay más escritores que lectores, se apuesta más por escribir y por tratar de encontrar el hilo negro que desde siempre supimos dónde estaba. Pareciera que de la escritura a la publicación de un libro hay solo un salto; hasta este punto, ¿dónde queda la lectura? ¿Acaso será que el buen escritor no necesita tener referentes, o que no parte de ideas ya dichas por otros, sino que su escritura es magnánima y revolucionará lo que otros autores dejaron escrito?
Muchas de estas interrogantes me surgen cuando observo el interés de las nuevas generaciones por producir más de lo que se aprende en los libros. Convertirse en escritores es carrera y tendencia, es el reconocimiento público de quién ha escrito más. En la urgencia por publicar pienso en Jorge Luis Borges cuando le preguntaban el total de libros que había escrito, el gran maestro Borges se alegraba más por la cantidad de libros que había leído que por el volumen de libros publicados, en esto radica la sabiduría que emanaba de él, De ahí que ahora tenemos escritores por montón y del montón, es un mar de libros los que se publican día a día, tan sólo basta con platicar con algunos jóvenes para preguntarles qué piensan de un tema en específico, sus fuentes de consulta van desde el video que vieron en YouTube, o lo que escucharon decir de un tiktoker famoso, esas son las fuentes a las cuales aluden. La información la tenemos al alcance de las manos; por ello también es fácil poder manipularla y tergiversarla.
Los motivos para volverse escritor marcan una línea entre lo popular, entre lo que vende. Mientras algunos jóvenes se encuentran investigando, leyendo a otros escritores, completando su propia biblioteca, otros parecen inspirarse en la vida del gran Bukowski, pensando que para ser escritores necesitas una vida caótica, donde la depresión es la única fuente de inspiración para escribir, o que se escribe mejor cuando estás bajo los efectos de sustancias dañinas, del alcohol o fumando tantas cajetillas de cigarrillos como sea posible. Sin embargo, ninguna de estas acciones asegura que la vida del escritor sea de triunfo. Algo que los escritores deberían comprender es que existe grandeza entre las cosas simples; aunque ellas están a la vista de todos, son pocos quienes las perciben.
El escritor escribe de lo simple, antes que de lo que no conoce; escribe de la grandeza que habita lo común y lo vuelve magnífico. Por ello creo que son muchos escritores y siguen naciendo cada día, a cada hora; aun cuando ya sean muchos, vendrán otros de tal manera que no serán suficientes. Sin embargo, lectores nos hacen falta, por lo menos lectores de literatura, de ciencia, porque, aunque vivimos atados a un teléfono, la mayoría de cosas que estamos leyendo radican entre chismes de farándula.
Espero que resurjan los ávidos lectores, los que tienen más argumentos que afirmaciones, los que observan más, los que escriben desde su trinchera antes que escribir de lo que está más allá del éter que no conocemos; de lo contrario, ¿cómo nos leeremos en otros en un mundo de escritores?

