Escribana

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A la musa escribana,

que no sé quién es

pero me habita

y me escribe

 sin plegaria.

 

 

Es de madrugada y el perenne insomnio llega como luz o como infierno de algo que se posa en mi deseado sueño.

 

La madrugada roba la tranquilidad en la que me pierdo cuando duermo. Por años, he padecido el mal de la conciencia. El mal de despertarte a las tres de la mañana en un mundo de ideas rondando la cabeza; las persigo, una a una, sin conseguir tomarlas. Quizá sea esta inexorable necesidad de dormir y gritar a la escritura lo que ocurre en este espíritu escritor.

 

Estas letras son la calma del pensamiento acompañado. Es el mundo que mora pidiendo a gritos hablar sin claridad. Ahí está; vagando en reflexiones. Ya no es el sentimiento de abandono: es luz a la conciencia.

 

En el universo de un individuo habitan tantos otros que, no sabemos dónde paran. Tal vez se detengan cuando otra creación nos posea; afortunado quien lo conozca.

¿Qué haría sin esta musa que transita mi alma? ¿A quién podría contarle esto tan íntimo que me habla? Place me posea. Ella eternamente está en vigilia. Dormida o despierta, la escritura vive para mí, está en mí, es de mí, está conmigo.

 

La escritura habita todo tiempo y espacio, son sus sitios. El cosmos nos bautiza con ella al nacer, surge con la vida, en el fehaciente momento en que las letras toman vida eterna en el prodigioso don de la escritura.

 

Encapsulado tiempo: nos pertenecemos.