ESCRITOR Y JURISTA

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La labor en la vida periodística es muestra de que nación para escribir. Para escribir y ser maestro en esa tarea para los demás. Una tarea en la que muestra sabiduría profunda de todo aquello que atiende. Así lo comprueba el 5 de agosto de 1831 —siempre en extenso artículo— lo que le convierte en ejemplo de escritor-río, es decir que tiene la capacidad y cualidades de escribir mucho sobre muchos temas en aquellos tiempos en que se tenía que crear una mentalidad nueva que dirigiera a los habitantes hacia un puerto inventado, que fuera expresión de libertad, democracia, idea de soberanía e igualdad. 

En El Conservador dice: He visto con mucha satisfacción en el número 7 de su apreciable periódico el dictamen presentando al honorable Congreso de este Estado, sobre la reforma de los tribunales de segunda y tercera instancia. Las razones que en él vierte la comisión para que continúe la administración de justicia en cuerpos colegiados, son ciertamente más poderosas, y al alcance de todos los que hayan observado las dificultades que se presentan para un juicio recto en el complicado bodrio de nuestra legislación. La reunión de luces y la experiencia de letrados prácticos e instruidos, facilita de alguna manera el trabajo y proporciona acierto. El contexto de ese momento, a 10 años de la Independencia significa que había que seguir inventando todo y enfrentarse además al pasado terrible que heredó América Latina bajo juzgados realistas y el peligroso Santo Oficio. Fue pasar de una manera de practicar los ordenamientos legales de la Colonia a crear ordenamientos donde el pueblo y las actitudes rectas éticas y de nueva moralidad pudieran imponer en México y sus Normas legales que le hicieran una patria democrática, libre y justa en el terreno no sólo de la política, sino sobre todo de la legalidad. 

José María Heredia es uno de los jueces que crea en nuestra entidad el nuevo orden legal a que aspiran los buenos mexicanos por encima de los privilegios que el gobernante, el clero y la milicia habían detentado y querían seguir haciéndolo en la década de los treinta. ¿Sorprende pues, que al final de sus años de vida se encuentre aislado y en plena orfandad en aquel México, que le recibió de manera entusiasta y con cariño hacia su persona? ¿Al revisar su existencia en la ciudad de Toluca se puede ver cómo su destino fatal —en el que la tuberculosis le da el golpe mortal— se presenta dejándolo solo, completamente solo, por aquellos que no entendían que estaban ante un demócrata de nuevo cuño, un libertario que no utilizaba las armas y la violencia para imponer sus ideales, sino que estaba convencido de que las Normas con sus nuevos artículos y mandatos deberían de ser el recto camino que gobernantes y gobernados deberían de seguir a pie juntillas? Siempre respetuoso, sus palabras quedan grabadas para siempre, por si acaso los que dudan de qué clase de hombre nuevo es Heredia ante sus contemporáneos, cita Garófalo Mesa: Y termina / Tenemos pues, señores editores, prototipos y artistas, y a pesar de la anticipada crítica de leguleyos envejecidos en sus extravagantes rutinas, veremos ya en pocos años regenerada nuestra legislación y asegurada la felicidad de nuestra república, porque así se estimularán los literatos y legisladores de otros estados. Lo que se haga con el empeño correspondiente a unos patriotas ilustrados, será siempre preferible al caos en que existimos. Bajo seudónimos o con su nombre deja en esos años todo un reguero de sabiduría sobre temas jurídicos que en la actualidad representan lecciones vivas de cómo con verdadero amor al país que le alberga y el cariño por su población le convierte en un jurista al servicio de su pueblo. No al abogado gandalla que hace todo tipo de latrocinios con tal de tener riqueza personal y familiar utilizando las leyes en su servicio y al servicio de la corrupción y la impunidad. José María Heredia no es de esos.

El que es educador de su generación y de futuras generaciones en sus letras deja su legado. Heredia es el prototipo de aquellos que dejan huella para convertirse en verdaderos maestros para los suyos y para los que han de venir. Bien decía el profesor Mosquito, en un tiempo cronista del municipio de Toluca: el escritor, el verdadero escritor, es el que escribe y publica mucho. Es decir, es aquél que con su obra comprueba que nació para ejercer esta vocación, demostrando con ello que está hecho para serlo y no sólo para decirlo. En aquel tiempo en la nueva ciudad de no más de 8,500 habitantes, es difícil encontrar un escritor-río que tenga las cualidades del cubano que es nacionalizado mexicano, por el hecho de haber dicho un discurso en 1928, al conmemorar el 16 de septiembre en Tlalpan, entonces capital del Estado de México. Al utilizar el Nosotros asumiendo pasión y cariño por la nueva patria; lleva en ello, aspiración bolivariana de sentirse —desde el Río Bravo y hasta la Patagonia— como un solo país. Así se siente José María Heredia y Heredia, por ello no hace distingos entre ser cubano o mexicano. 

El hombre que es parte de la humanidad no tiene diferencias de nacionalidad: la nacionalidad la da el humanismo, que viene acompañado de una actitud ética y moral ante la vida, cuyos sentimientos se expresaban de manera universal en el mundo por los conceptos de: Libertad, igualdad, fraternidad, democracia, soberanía y, contrario a corrupción e impunidad; que sí desean mantener aquellos que adoran al Becerro de oro en el ejemplo del gobernante conservador y reaccionario, del alto clero que no desea perder sus bienes materiales y, de esa milicia, que en sus altos mandos cuida más sus intereses que los del pueblo. Es orgullo toluqueño tener a un ciudadano nuevo en el nuevo país, y en la nueva ciudad que es la capital del Estado de México. Y saber, siguiendo la huella de don Alfonso Sánchez García, que el escritor que se dice escritor, es porque escribe a diario sin detenerse hasta el final de su existencia física. Cita Garófalo Mesa: Heredia continúa su labor de periodista escribiendo en El Conservador, los editoriales, el correspondiente al No. 12 del 2º. De agosto de 1831, trata sobre la pasión del juego, y comienza el artículo diciendo: Infinitas plumas se han ejercitado con celo en discurrir sobre el juego, y de demostrar sus funestas consecuencias, no sólo respecto de los individuos, sino también de la sociedad. Mas como el mal parece aumentarse en vez de disminuir, y cada día nos aflige el espectáculo de laguna víctima de ese frenesí devorador, no creemos fuera de propósito decir lo que nos ocurre sobre esta materia. La pasión del juego nace o de una culpable ociosidad que busca medios para llenar el vacío del tiempo, o de una vil y desenfrenada avaricia. Para algunos holgazanes, que no se resuelven a tomar una ocupación honesta, es un recurso engañoso, que les adula con la idea de que el acierto de un pároli, o la sucesión de algunos pases grandes o contrajudíos, los librarán del yugo del trabajo, dejándolos desocupados para otros vicios, las horas que no están destinadas a la balla. Por donde andaba Heredia le caían enemigos, que no adversarios, le caían aquellos que de todo lo malo que tiene una sociedad inmoral le reprochan del ¿por qué se mete en lo que no le importa? Es un mal ciudadano porque no acepta robar desde el puesto que tiene, porque no deja robar a otros y, porque no deja que a la juventud se le corrompa haciendo de esta rutina su modus vivendi. Sí, mal ciudadano’ que sería preferible desapareciera de la vida en la disque nueva entidad. Imaginemos en una ciudad de más de ocho mil habitantes, donde todos se conocen, cómo es que no se le iba a odiar; por ser lo contrario al comportamiento que viene de lejos: hábito de mala cultura —corrupción e impunidad—, que llama a volver deshonesto todo aquello que sea capaz de corromperse. Nadie se niega a aceptar un ‘cañonazo’ de 50 mil pesos dice el General Álvaro Obregón en aquellos tiempos que le toca gobernar al país, un siglo después, de que Heredia viene a México. Un siglo después, este mal hábito de ser corruptos y deshonestos es segunda piel para los malos mexicanos: de cuello blanco o de comportamientos delincuenciales, que están aquí en organizaciones de crueles y dementes individuos execrables todos ellos.