Espiritualidad e individuación
De entre los muchísimos problemas abordados por Gilbert Simondon en su texto La individuación a la luz de las nociones de forma e información, uno de los más bellamente abordados es el asunto de la espiritualidad. A él le interesa entender cómo es que esta se presenta ante nosotros, en esta época, ahora que ya no la podemos pensar más desde las caracterizaciones que de ella hacen los filósofos y los teólogos. La espiritualidad es una forma de acercarse al mundo que no necesita ni legitimarse ni mantenerse vigente, sino solamente ser actualizada, ser puesta en marcha. Los caminos son diversos en las sendas de la vida, y cruzamos a otros seres de todas las edades que estan en todas las épocas de la vida. Nos dice Simondon para ilustrar su punto no menos oscurso.
Podríamos pensar que tal vez la espiritualidad es una de aquellas manifestaciones de la eternidad del ser como sugiere Heidegger en su Ser y Tiempo cuando nos dice: Ser es el más universal y vacío de los conceptos. (…) Todos lo usamos constantemente y comprendemos también lo que en cada caso queremos decir con él. Pero tendríamos que hacer un matiz importante: la espiritualidad, es un tipo de conocimiento que no explica, sino que hace entender por lo que realmente estamos aquí –que es algo de lo que no es capaz ni la ciencia ni la filosofía al menos en sus formas tradicionales. Si de algo está libre la mirada auroral del hombre, es del vicio por teorizar sobre nuestra existencia creando conceptos que no tienen arraigo en nuestras vivencias, en nuestras formas de ser afectados, en nuestras emociones; en suma, de esa interioridad de la que emergen los sentidos sobre las cosas que de los que después nos vamos contagiando.
Otra de los aspectos de la espiritualidad mediante el que nos podemos acercar a su naturaleza sin necesidad de entidades teóricas, vista así desde Simondon, es su perpetua capacidad para explicitar la fragilidad de la existencia terrenal. El contenido de la espiritualidad está encarnado en la forma de vida del creyente que la usa para hacer mediar las dos dimensiones de su interior: ser colectivo y ser hecho individuo. No termina ni en la tradición oral ni en la tradición escrita. Comprender así la espiritualidad, entonces, pasa por apreciar cómo su misma vivencia en una comunidad concreta ha hecho de lo espiritual, ya no solo una reproducción de lo escrito, sino una forma propia de ver el mundo.
Si la vemos así, la espiritualidad deja de ser contenido muerto y se constituye como un núcleo terapéutico entre esas dos dimensiones del sujeto: ser hecho individuo y ser colectivo; que, al integrarse, se convierten en un conjunto integrado de ambas dimensiones con su propia lógica y su propio sentido. Esa mitad de nosotros mismos, es el lugar al que recurrimos cuando nuestra dimensión preindividual nos comunica que no podemos vivir encerrados en una una falsa aseidad.
Vista así, esta pauta rectora que es la espiritualidad, podemos empezar a comprender cómo se filtra directamente a las sensaciones, las afecciones y las emociones desde las que nos acercamos al mundo, haciendo que dejen de ser maneras fijas de conocer y se transformen en nuestra gramática. Dejamos de tener estructuras cognoscitivas universales y pasamos a tener una gramática propia; compartida en algunos aspectos, pero finalmente propia. Esta gramática, pronto empieza a moldearse según nuestro interior, y se vuelve sensible a nuestros criterios más arraigados para enfrentarnos al mundo.
Desde ella nos movemos, sentimos, sabemos cuándo hacer qué cosa y cuándo no. Nuestra interioridad más pura, está suspendida en ella y a la vez la maneja, pues vamos cambiando sus reglas y sus criterios desde cómo sentimos el exterior. Nosotros mismos, apoyados en una propia interpretación de cómo sentimos lo colectivo, vamos dando significado a las estructuras de gramática interior, o profunda, como sugiere Stanley Cavell.
Así, la propuesta Simondoniana sobre nuestro mundo espiritual, en suma, es una invitación a la depuración de nuestra gramática interior a través de aprender a escuchar los sentidos que generan nuestras emociones. Aquello, es estar realmente elevado espiritualmente, diría el francés, por más alejados que estemos de las formas tradicionales de pensamiento. Ver el mundo sin ningún velo que lo cubra, es como llama Wittgenstein a este tipo de percepción. El asunto es, finalmente, aprender a modelar nuestra interioridad de tal forma, que esta se haga un cauce liberador y potenciador de los sentidos que creamos cuando pensamos desde la emoción.

