Exclusión, la pandemia cotidiana de los adultos mayores

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La cuarentena por la pandemia ha puesto de relieve muchas de nuestras carencias como sociedad, el latente peligro anunciado por el coronavirus nos ha obligado repentinamente a cambiar nuestra dinámica cotidiana, a enfrentarnos con el miedo,  el tiempo, la calma y, por qué no, con la soledad y el aislamiento.  No sabemos con exactitud cuándo es que nuestros hábitos sociales volverán a la normalidad; lo cierto es que mientras más se extiende la cuarentena más vulnerable nos asumimos.

Con este escenario frente a nuestros ojos, es oportuno e imprescindible adoptar una actitud responsable y empática con nuestros adultos mayores, uno de los sectores poblacionales más vulnerables de las sociedades modernas; una vulnerabilidad basada en prejuicios y estigmas relacionados con el deterioro natural del cuerpo y sus funciones, que genera a su vez dificultad para el desempeño de las actividades de la vida diaria y que en muchas ocasiones amerita cuidados, dependencia y la necesidad de retirarse del trabajo.

En nuestro país, la exclusión y la discriminación a este sector se traducen en situaciones  de abandono y  violencia (física, psicológica, económica e incluso sexual). La desvalorización, derivado de la improductividad, se convierte entonces  en un principio de amenaza y degradación que en muchas ocasiones no se espera con felicidad por las personas.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México, el número de personas de 60 años, o más, asciende a  15.4 millones, cifra que representa 12.3 por ciento de la población total. En 2015, el Censo de Alojamiento de Asistencia Social arrojó que alrededor de 22 mil personas adultas mayores viven en los más de mil 20 centros de asistencia social.

Esta cifra no es simple estadística, por el contrario representa a 22 mil hombres y mujeres que se encuentran en aislamiento, incomunicados con sus familiares, inmóviles y sin conciencia del tiempo transcurrido. Solos. No están en cuarenta, ellos no volverán a la cotidianeidad cuando la curva de contagios por Covid-19 disminuya y cese. Su cotidianeidad es esa, el abandono, la exclusión y la trasgresión a su dignidad.

Con esta perspectiva, veamos con buenos ojos este periodo de resguardo, quedémonos en casa y devolvamos  a nuestros padres y abuelos,  con respeto y cariño, las aportaciones  a nuestra sociedad, a nuestra familia y a nuestro crecimiento personal y profesional. Quedémonos en casa por ellos, por sus enseñanzas.