Extinción

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Majestuoso poder, 

Emisarias de la creación, 

Cocreadoras, por designio divino.

Conceptos que se mezclan y pierden en la trivialidad de un tiempo corriente, vulgar y amnésico de lo sagrado.

¡Amor incomprendido, enrarecido por la condena de lo ridículo! 

¡Exageradas! 

–En voz baja comentan y siguen su camino–

Madres desechables a quienes usan, juzgan y olvidan.

Antes, ejemplos; hoy, incubadoras que reniegan de la novenaria espera, inmersas en el egoísmo inconsciente de la vanidad de moda, que se hereda en un círculo infinito que se manifiesta en hijos autómatas sin huella en el camino, viviendo el hedonismo como la peste del siglo.

Algunas somos madres, y todos somos hijos. 

Ríos de sangre y lágrimas sin tregua.

¿Y entonces? 

¿Desaparecerán las madres, y en consecuencia los hijos?

¿Desaparecerá el amor, pero también… el dolor y la indiferencia? 

¿Evolucionará la mujer a un ser sin el poder de gestar vida? 

Tal vez… y entonces, los pocos seres que queden en la Tierra de espaldas cansadas y encorvadas, con la piel curtida por el tiempo, sentados en montañas de riqueza acumulada, se contarán leyendas de esos seres mágicos, majestuosos, que oraban con esa real e intangible fe, ahora desconocida; que reían, y cantaban como cascadas de aguas curativas; que protegían a sus hijos, como ángeles de Dios, tan lejano ahora de este mundo árido de infancia; enmarcado por una creación malagradecida que pisotea sus leyes naturales, preceptos y palabra.

Y contarán que poco a poco se fueron extinguiendo, sin un meteoro, sin un diluvio, por selección natural, como el fénix, el quetzal, y el amor que sólo ellas, podían dar. 

¡Pobre e ignorante humanidad!