Falsos brillos

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Alguien alguna vez me dijo con ironía, entre más conozco al ser humano, más me urge un perro.  De momento sonó exagerado, pero con tristeza debo decir que si, en muchos casos las conductas altivas de muchos nos llevan a esa conclusión.

La arrogancia es una de las actitudes más perjudiciales que podemos cultivar, tanto en nuestra vida personal como profesional; cuando adoptamos una postura de esa naturaleza, nos alejamos de la humildad y del respeto hacia los demás, y caemos en el error de pensar que somos superiores o más valiosos que otros. Esta actitud no sólo es dañina para nuestras relaciones interpersonales, sino que también nos impide crecer como seres humanos íntegros.

El peligro de la arrogancia radica en que muchas veces se basa en una falsa percepción de lo que somos o en un exceso de confianza mal dirigido; suponemos que nuestras opiniones, logros o habilidades nos colocan por encima de los demás, y buscamos hacerlos visibles a toda costa; sin embargo, esta necesidad de destacarse no siempre refleja la verdadera calidad de lo que somos, sino más bien una inseguridad interna que busca validación externa.

Presumir  nuestras cualidades, logros o lo que creemos que somos capaces de alcanzar, no es más que una forma de autoengaño, de un falso brillo. La verdadera riqueza radica en lo que somos en esencia, no en lo que aparentamos, la realidad es que las personas pueden notar, cuando estamos tratando de impresionar o deslumbrar, y eso genera desconfianza más que admiración.

Mostrar una falsa superioridad, ya sea en nuestras habilidades, conocimientos o logros, nada más crea una distancia innecesaria entre nosotros y los demás, nadie quiere estar cerca de alguien que constantemente transmite una sensación de desprecio. La humildad, por otro lado, nos permite conectar genuinamente con las personas, sin importar su estatus o lo que hayan logrado. Cuando nos mostramos tal como somos, sin adornos ni pretensiones, generamos un ambiente de confianza y respeto mutuo.

La vida no se trata de deslumbrar con mentiras o de aparentar una perfección que no existe. Todos tenemos defectos, dudas y momentos de incertidumbre, nadie está exento de cometer errores y es precisamente a través de esos errores que realmente aprendemos. Pretender ser algo que no somos sólo nos pinta como entes poco dignos de confianza. 

Si bien el deseo de ser admirados es natural, debemos ser conscientes de que la verdadera admiración proviene de quienes somos en realidad, no de una imagen construida a base de falsedades.

¿Por qué buscar una fachada?, ¿No sería mejor construir relaciones basadas en el respeto y la honestidad? Tampoco se trata de disminuirnos o de no reconocer nuestras capacidades, sino de entender que nuestra valía no depende de la opinión de los demás ni de lo que presumimos. 

No por tener mucho tiempo en un espacio nos convertimos en amos y señores; finalmente, es una visión de un espacio y con un solo paradigma; la vida es mucho más rica cuando vivimos experiencia múltiples, cuando interactuamos en muchos contextos y acumulamos más referentes, eso amplia la visión y dejamos de vivir como caballos lecheros.

Lo que realmente perdura no es lo que mostramos, sino la congruencia con la que vivimos.

horroreseducativos@hotmail.com