Festival del Caribe de Cuba

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«La cultura popular tradicional se hace y se rehace a sí misma en virtud de los impulsos anónimos de hombres y mujeres, también anónimos, de los pueblos (…) esto constituye un milagro y al mismo tiempo constituye un misterio (…)»

Joel James F.

 

Joel James Figarola (1943-2006), habanero de nacimiento, santiaguero por decisión, revolucionario, reconocido narrador, ensayista, historiador e investigador, fue el creador del Festival del Caribe, también conocido como la Fiesta del Fuego, que, desde hace 38 años, se lleva a cabo del 3 al 9 de julio en la ciudad de Santiago de Cuba, reuniendo a artistas de más de 40 países para enriquecer un único proyecto: revalorizar la cultura popular santiaguera que, a mi parecer, es el mero espíritu vivo de toda la isla.

 

Santiago de Cuba satisface inmediatamente la curiosidad artística de sus ciudadanos: cuenta con infinidad de casas que albergan importantes e históricas asociaciones culturales; una de estas casas es la Casa del Caribe, institución que encabeza el Festival del Caribe y que también fuera fundada por iniciativa de Joel James. Súbitamente, al entrar a la Casa del Caribe llama la atención al ojo mexiquense el detallado y monumental “Árbol de la Vida” del maestro artesano metepequense Cecilio Sánchez Fierro; esta artesanía es la que dejara pactado, desde octubre del año pasado, un acuerdo de cooperación entre dicha institución y el municipio de Metepec, estado de México, en donde la hija del fundador del Festival, Victoria James, fuera pieza clave para dicho acuerdo gracias a la impronta cultural que el municipio de Metepec dejó impregnado en ella.

 

No puedo omitir comentar cuando Vicky, como la llamamos de cariño, me expresó la admiración que tiene hacia el escultor mexiquense Miguel Hernández Urbán (1936-2017), un muy querido tío mío quien es sumamente admirado, recordado y apreciado con mucho cariño gracias a la vasta obra escultórica que dejó en la isla.

 

El hermanamiento cultural entre la Casa del Caribe y el municipio de Metepec es sumamente valioso y ha sido cosechado, aprovechado y continuado gracias a la visión de alto nivel cultural de sus directivos que, aunado a su sensibilidad, han hecho posible llevar lo mejor de la cultura mexicana y de la tradición metepequense a un país que, bien sabemos, cuenta con los índices más altos en niveles de educación artística y cultural. Así, Metepec es y seguirá siendo un reconocido representante e impulsor cultural gracias a ese ahínco unánime por parte del Ayuntamiento para sostener y promover el gran nivel cultural de los metepequenses, con lo que deja en alto, además, el nombre de nuestro país.

 

Para un músico compartir escenarios con artistas de todo el mundo, además de ser una gran responsabilidad y un gran orgullo, es, sin lugar a dudas, la mejor manera de enriquecerse musicalmente, pero no sólo en nuestra individualidad sino a sabiendas que transmitiremos todo esto a nuestros compatriotas, a nuestros alumnos y a nuestros colegas.

 

En esta ocasión fui invitada a participar como violinista y parte del cuarteto de cuerdas “Xinantécatl”; como dice mi querido maestro de cuarteto Gabriele Raspanti “el cuarteto es perfecto en cada una de sus partes y perfecto y completo en su conjunción”, y con ese “motto” fue que llevamos un programa mexicano con arreglos bastantes variados  donde no faltó “La borrachita”, el “Huapango” de Moncayo, “Estrellita” de Manuel M. Ponce, “Cocula”, “Son de la negra”, entre otras piezas representativas de la música mexicana del siglo XX.

 

He tenido la oportunidad de participar en distintos festivales culturales alrededor del mundo, pero Cuba tiene un encanto como ningún otro: se sienten el respeto por la cultura y por la profesión musical, la sensibilidad por la consonancia y el ritmo de natura. En Santiago hallamos una ininterrumpida actividad cultural, clima caribeño que nos envuelve en una verdadera fiesta de intercambio artístico que nos dio, además, la grata experiencia de enamorar al público cubano con nuestra expresión mexicana.

 

Por casi dos semanas nos aglomeramos más de 400 artistas en los callejones de Santiago rodeados de una hermosa bahía y del ritmo de los cajones y la armonías del Tres, sintiendo “por aquí y por allá” el aroma del café y del tabaco.

 

El músico cubano guarda un sumo respeto al arte, a la música, a las tradiciones, a su historia; se acerca a pedir opiniones, atento por saber cómo hemos vivido el festival, el baile de la conga y la quema del diablo, ansiosos por saber si ya bailamos son, si ya bebimos ron, si ya leímos a Martí y los diarios de Bacardí; dentro de su lenguaje popular está una preparación cuidadosamente llevada sobre los temas que discutimos, escuchan con atención las explicaciones sobre las muestras artísticas que ofrecimos con la esperanza de profundizar más sobre la artesanía metepequense, sobre el son veracruzano, sobre el vals mexicano, aguardando con paciencia que les hagamos llegar partituras e información que sacie su curiosidad sobre nuestra cultura.

 

Fuimos a Santiago para difundir nuestra cultura y reencontramos nuestras raíces, sabemos que esas raíces se quedaron ahora en tierra extranjera y que germinarán gracias al cariño que allá tienen por México.

 

Nos queda, además, el recuerdo de Fernando el guitarrista, de Mayo -la ardua promotora cultural de la Casa del Caribe-, de las nuevas fusiones artísticas enlazadas a nuevas amistades, de las letras del gran escritor Reinaldo Blanco, del taxista Raudel, de la biblioteca de Corrado, del compay, de la “bomba” puertorriqueña, de las y los muralistas argentinos, de la santera Adelaida, de la clase de Tres Cubano, del Morro, del Matamoros, de…