¡Fuera quejas!
Parece increible que vivimos en la liturgia de la queja; nos hemos convertido en expertos en señalar fantasmas: el destino, la mala suerte o la conspiración universal que actúa en contra de nuestros planes.
Esto resulta sumamanete cómodo, pues culpar a algo externo nos exime de la fatiga de decidir, del trabajo de corregir el rumbo y del tedio de asumir responsabilidades. Pero esa comodidad es una trampa elegante que nos deja inmóviles, con las manos vacías y la mirada clavada en un horizonte de excusas.
Construir cosas positivas exige otra cosa: valentía para actuar, disciplina para sostener el esfuerzo y la honestidad de reconocer que la mayoría de los fracasos son, en realidad, decisiones mal tomadas o decisiones no tomadas.
Trabajar con buena actitud no es un eslogan motivacional para adornar agendas; es una herramienta práctica; cuando dejamos de lado las sospechas y los temores que paralizan, abrimos espacio para la creatividad y la colaboración.
La sospecha constante convierte a los equipos en jaulas: nadie propone, nadie arriesga, todos esperan a que el error llegue para señalarlo con teatral indignación; por el otro lado, una actitud constructiva transforma errores en datos útiles, en pasos que se corrigen y en historias que enseñan.
La ironía es quem quienes más se quejan, suelen ser los menos dispuestos a cambiar, puesto que es más fácil recitar la lista de agravios que revisar la propia agenda y si queremos resultados distintos, hay que tomar decisiones distintas. No se trata de negar las dificultades reales, que las hay, sino de dejar de convertirlas en excusas permanentes.
Responsabilidad no es una palabra aburrida; es la palanca que mueve proyectos, relaciones y carreras. Quien la ejerce, construye; quien la evita, se convierte en espectador de su propia vida.
Construir en todos los ámbitos implica priorizar lo útil sobre lo performativo; no más discursos grandilocuentes sobre cambio si luego se vuelve a la rutina de siempre; no más postureo de productividad si el día se consume en quejas y desplazamientos emocionales.
Las acciones pequeñas y constantes, una hora de estudio diaria, una tarea terminada, una conversación honesta, suman más que la indignación viral de una tarde. La consistencia es la arquitectura silenciosa de lo grande; la queja, en cambio, es ruido que disimula la ausencia de obra.
Hay que aprender a mirar las decisiones como herramientas, no como castigos. Elegir implica renunciar, priorizar y aceptar consecuencias. Esa aceptación no es derrota; es poder; cuando dejamos de externalizar la culpa, recuperamos la capacidad de corregir el rumbo.
Si logramos hacerlo, con la convicción necesaria, lo que antes parecía destino se revela como una serie de elecciones que podemos mejorar. Construir es, en el fondo, una práctica diaria: se levanta con manos cansadas, se pule con paciencia y se celebra con modestia.
Así que, fuera quejas y abracemos la disciplina de la construcción; y no por optimismo ingenuo, sino por eficacia. La vida no es un complot contra nosotros; es un tablero donde cada movimiento cuenta.
Juguemos con inteligencia: menos lamentos, más ladrillos; de verdad que se puede.

