Garrafas y Garrafones

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Lo masculino es el problema. Eso parece hacernos pensar el mundo. Existe esa visión distorsionada de la masculinidad: que no forma carácter, sino que promueve la irresponsabilidad, la insensibilidad, la cosificación de las mujeres, todo ello como símbolo disfrazado de hombría.

Es de noche, ya no tengo agua, se me terminó el garrafón. Tengo que ir a la tienda de conveniencia más cercana por uno. Me iré en mi camioneta ya que no puedo cargar con un garrafón durante tantas calles. 

Terminé una relación hace poco, con un hombre, que le interesaba más su cutis y cabello que yo. Iba más seguido al salón de belleza y le importaba tanto verse bien que a veces ni me prestaba atención e importancia. Por eso decidí terminar nuestro vínculo.   

Yo sola puedo ir por un garrafón, no necesito de ayuda. Hombres, es tan difícil encontrar uno hoy en día. Uno que sea noble, justo y firme. ¿Qué fue lo que pasó?, hace un par de décadas se pidió respeto e igualdad en general, en todos los ámbitos; en los ambientes laborales se hicieron denuncias en contra de algunos casos, pero creo que se ha caído en el extremo; esto se ha convertido en una cacería de brujas. 

Ahora los hombres están en peligro de extinción. Ya nadie abre la puerta o ayuda cuando se carga algo pesado; no vaya a pensarse que están acosándonos. El hombre se ha deconstruido. No todos los hombres son, o eran: el agresor, el insensible o el culpable. 

La otra vez vi que había un tuit que se hizo viral acerca de que decía que las mujeres preferían estar en un bosque con un oso ¡que con un hombre! Yo no soy partidaria de esa idea. Entonces ahora el hombre está deconstruido, en ese intento de borrar lo masculino: en algo más suave, mas ambiguo, pero según, más virtuoso.

Yo no quiero a un hombre que se ponga falda.  En este mundo de confusión, la nueva narrativa indica que las mujeres hoy, lo puedan todo y los hombres ya no saben ni quién son. Los hombres ya están desconectados, ya ni siquiera se atreven a iniciar una conversación. El hijo de mi amiga prefiere estar todo el día pegado a su teléfono inteligente o jugando videojuegos encerrado en su habitación que salir a alguna fiesta y conocer alguna chica. Ya los chavos no salen, prefieren estar en el ciberespacio, donde juegan y se divierten y no sé si conozcan a sus parejas o tengan alguna relación vía internet. Con eso de las aplicaciones, todo se ha reducido a encuentros casuales, ya la gente no se conoce antes de ir más allá.    

Existe un alza en el número de suicidios en los jóvenes varones, tienen más depresión. En un intento por revertir la deconstrucción, ha salido en las redes sociales una oleada de hombres fuertes que se autodefinen como el último bastión de la masculinidad, que resguarda las características reales del hombre, como una resistencia frente a los cambios socioculturales. 

Y ahora es el extremo, como un feminismo a la inversa, como si para recuperar lo masculino hubiese que rechazar a las mujeres, tratándonos como enemigas cosificándonos y desechándonos. No quiero los extremos. Todo parece indicar que estamos en una nueva guerra de los sexos, con una mejor rutina de ejercicios: un hombre menos hombre y un hombre más hombre.

Ya llegué. Justo en la entrada de la tienda, está un hombre, bien vestido, refleja seguridad y fuerza. Está fumando un cigarrillo, puntos menos, pero parece que está pensando, mirando el cielo despejado. Me bajo, me saluda. Asiento con mi cabeza sin pronunciar palabra, en estos días, ya no se puede hablar con un extraño. 

Se percata de que voy a comprar un garrafón. Permítame ayudarle, me dice con una voz grave y segura, yo asiento, una vez más, sin decir palabra, y no porque no quiera o porque sea maleducada, sino porque estoy sorprendida, anonadada con la experiencia. 

Pago en caja, con mi tarjeta, ya sólo con acercarla a la terminal, queda concluida la transacción. Me dan mi ticket. Permítame acompañarla a su auto, me dice con el garrafón en las manos. Yo asiento y por fin digo gracias.

Salimos de la tienda, usted me indica dónde lo coloco, aquí atrás, por favor, en el piso, no en el asiento. Cierro la puerta de la camioneta. Gracias le digo, No hay de qué, me responde. Me entra una llamada por mi teléfono celular, nos miramos a los ojos, asentimos con la cabeza y se retira. Yo atiendo mi llamada.  Me subo a mi camioneta, salgo del estacionamiento, lo miro por el retrovisor, encendiendo su cigarro y volviendo a contemplar el cielo despejado.

Al hombre no lo define la ropa que le gusta o las mujeres que conquista, o las horas que pasa en el gimnasio. No se trata de ser más o menos hombre sino serlo bien, el hombre verdadero, debe ser coherente, debe tomar decisiones, debe ser dueño de sí mismo, un modelo de virtud.