HAVINA

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Ya era tarde, no podía conciliar el sueño. Así que salí de la cama, abrí el balcón para fumar un cigarrillo. Las volutas de humo se perfilaban en la noche azulada y silenciosa, el cielo estaba despejado y lleno de estrellas, enamoraba, era hermoso, veía como las estrellas hacían miles de guiños. Mis párpados pesaban, creo que ya podré dormir, un gran cansancio se había apoderado de mi cuerpo. Sólo veía cómo las cortinas flotaban, creo que yo también. Havina, Havina, era la voz de mi padre, no sabía qué pasaba, me tomó de la mano y me dijo ¡Corre Havina, correeee! Su voz sonaba angustiada.

Era extraño, sentí que mi cuerpo adquiría una ligereza como el aire, y ascendía, ascendía en esa carrera loca con mi padre que me apresuraba. ¿Havina? Yo no me llamo Havina, sin embargo corría y corría y de pronto, una intensa luz, me cegaba. Sentí cómo mi padre tomaba fuertemente mi mano y me sentaba en una especie de máquina que se movía con una increíble rapidez, sentí un fuerte mareo, me sentía desquiciada, no sabía qué hacer, pero miré hacia abajo y mis ojos se llenaron de abundantes lágrimas: todo era un caos, la gente corría desesperada, las casas y edificios se incendiaban, la gente caía, no había dónde resguardarse.

Todo era una pesadilla inconcebible. ¡Padre!, grité, ¿Qué está pasando, A dónde vamos? ¿Por qué estamos aquí? Sentí una súbita vuelta que nos alejaba, me bajé de la especie de silla, y caminé por la máquina. Asombrada veía gente con túnicas blancas, yo también llevaba una. No comprendía qué hablaban, sólo escuchaba la voz de mi padre que daba órdenes y decía que yo estaba segura.

-Havina, hija mía, ahora seguirás mis reglas para que puedas salvarte, seguirás con nosotros, dormirás mucho, hasta que lleguen los días en que despertarás como de un sueño largo y humano. -Yo soy humana, le dije y tú no eres mi papá. -Eras humana, y hoy no podré dar respuesta a todas tus preguntas. Hoy estás aquí y tengo que cuidarte, ya estoy cansado y tendrás que aprender; para tomar mi lugar.

-Despierta, despierta, vete, tú no vives aquí, tú no eres Havina, este hombre no es tu padre, no eres como ellos, despierta, por favor  despierta… mis párpados pesaban, el cuerpo me dolía, ¿Qué pasa?

El cielo era azul, limpiado, sólo escuchaba a lo lejos un sonido extraño. Abundantes lágrimas corrían por mis mejillas heladas. Hacía mucho frío, pero hoy ya no sé si soy humana.