HAY QUE SER IRREVERENTES Y DEFENDER NUESTRA VERGÜENZA INTELECTUAL
Los irreverentes, los no contaminados, los ruidosos, todos ellos eran estridentistas. Para enero de 1920 se desataba en México un movimiento vanguardista encabezado por jóvenes intelectuales que incitaban a la comunidad juvenil a encabezar un nuevo propósito en las letras, un nuevo arte, que la poesía, la música, la fotografía y la pintura fueran de verdad; es decir, con un sentido, un mirar al futuro, dejando un poco en el olvido lo clásico y dándole voz a lo que estaba viviendo la sociedad después del golpe de la Revolución Mexicana. Mientras el arte moderno maquillaba los restos de sangre en las calles, el movimiento estridentista buscaba darle peso al ruido, al trabajador de fábrica, a las máquinas, a través del humor negro desafiar los valores tradicionales.
En este punto de la historia aparece un personaje emblemático que impulsa el movimiento: el poeta veracruzano Manuel Maples Arces, quien publica el manifiesto estridentista titulado Actual No. 1 en diciembre de 1921. La idea estaba clara: el movimiento convocaba a la renovación artística, la ruptura con la estética tradicional y la modernización. Es decir, los sonidos de la sociedad, la subversión, lo diferente, una renovación cultural. El movimiento estaba cerca de la realidad; México se caracteriza por su ruido, por el caos urbano; en medio de estos sonidos el artista identifica lo bello, lo que muta en arte.
Para hacer frente al movimiento, los estridentistas se reunían en El café de Nadie, en realidad café de Europa ubicado en la colonia Roma de la actual CDMX. Por cierto, no es raro que los artistas se refugien en cafeterías; muchas veces la organización que prevalece en la sociedad niega la posibilidad a los artistas independientes de contar con un espacio digno de creación. En fin, el Café de nadie era un lugar de todos aquellos que quisieran un cambio en el arte; todos esos artistas continuaron escribiendo a pesar de que no contaban con el apoyo de quienes los veían como demasiado utópicos.
A propósito de los utópicos, hace unos días celebrábamos el Día Internacional del Escritor, un ser utópico que hace frente a lo que ocurre en la sociedad. Citando a uno de ellos, viene a mi memoria Dionicio Munguia, escritor y tallerista en Toluca, quien dice que La poesía es un silencio en medio del ruido citadino. Volvemos a hablar de ruido y de los estridentistas. Todo cambio cultural genera en la sociedad dos posturas: los que se unen a la nueva visión y los que piensan que son portadores de la verdad absoluta, de aquella que no cambia; se proclaman la voz de un grupo de artistas de los cuales no conocen la voz.
La visión del arte estridentista reconoce como parte de su realidad los sonidos del día a día, del bullicio de la gente, de los ruidos, del caos que vivimos en una sociedad que avanza de prisa a donde no sabe. Que sería del artista si no encontrara belleza en su entorno, en la prisa que lleva la gente que usa el metro de la Ciudad de México, o que decir del desorden en el tren interurbano El insurgente sin la nostalgia que provoca caminar por la calle de Hidalgo en el centro de Toluca mientras el organillo suena, del ruido de los pocos carritos de camotes que aún rondan, por cierto el sonido icónico es producido por una válvula de presión que libera el vapor del horno, estos carritos tienen origen a finales del siglo XIX.
Qué decir de las magníficas fotografías que capturan el México real, el que retrata al vendedor de pan con su canasto en la cabeza mientras va manejando su bicicleta, del vendedor de mercado que grita: Pásele, marchanta. Es necesario que el artista rescate entre los resquicios de una puerta angosta lo que es bello, lo que debe decirse porque no está escrito, lo que grita por convertirse en poema, lo que añora convertirse en música. Definitivamente, sí, el artista necesita mirar con otros ojos, porque la belleza no hace alusión a lo que es perfecto ni ordenado, así que, como proclamaron los estridentistas en el manifiesto de 1921 al son de ¡Viva el Mole de Guajolote!, también hay que decir: Vivan los artistas independientes y, en todo caso, Viva el chorizo toluqueño.
