Hijos disciplinados
Platicando con mi esposa, pedagoga de profesión, revisábamos un artículo que nos llamó poderosamente la atención; en el texto, se planteaba el caso de una dama que, al estilo de Nanny Mcphee (aquella película del 2005 en que una nana llega a una casa para controlar a un grupo de niños insoportables), ofrece sus servicios para solucionar problemas con niños complicados.
Cuando es contratada, lo único que pide es tener la posibilidad de hacer observación directa del espacio natural del menor, para analizar su comportamiento e interacción con los que vive, para con ello generar un primer diagnóstico. Con base en ese primer ejercicio, ofrece solución aplicando su sistema regulatorio o sugerirá aplicar (tiene la formación) trabajos desde un enfoque desde la psicología o el manejo de trastornos de la conducta.
En dicho texto, se relata el caso de un pequeño que era incontrolable, de esos que gritan a pulmón abierto, patalean, no obedecen y llegan al punto de golpear a su madre cuando no obtienen lo que quieren (¿conoce usted niños así?).
Tras el ejercicio de observación, lo primero que detecta es que en dicha casa no hay un solo hábito; es decir, ni siquiera la madre tenía orden en sus actividades. Se levantaba cuando quería, sin un horario para desayunar o comer, sin un cronograma de actividades, es decir, en un absoluto y completo caos. Evidentemente, el menor no estaba creciendo con algún patrón de conducta preciso, lo que le hacía interpretar su mundo de manera desorganizada.
La dama, en resumidas cuentas, solicito establecer dos acciones para corregir el problema; la primera de ellas fue convencer a la madre de organizar y ordenar sus horarios; acostumbrarse y acostumbrar a su hijo a tener una rutina estructurada, con horarios para levantarse, comer, realizar actividades y dormir.
La segunda, fue pedirle a la madre que, en cuanto el niño cometiera alguna falta, inmediatamente lo tomara y lo colocara en algún espacio de su casa (rincón o cuarto), y ahí lo dejara hasta que calmara sus ímpetus. El punto era hacer consciente al menor de que las faltas tienen consecuencias y que identificara que, ante el error, tendría que ir al lugar de castigo.
Con solo dos acciones, la conducta del pequeño y la vida de esa casa se transformaron radicalmente. ¿Hubo magia?, por supuesto que no, simplemente olvidamos que son las acciones sutiles las que logran mejores beneficios en el mediano plazo.
Cuando los padres enfrentan conductas de esta índole en sus hijos, normalmente caen en la desesperación y acaban por castigar de maneras absurdas; quitándoles los juguetes que tanto quieren o incluso llegando a los golpes; cuando a un niño se le pega por todo, en muy poco tiempo esa sanción pierde sentido y, en el futuro, no habrá golpe capaz de hacerlo reaccionar porque el chico ya está acostumbrado, y su capacidad de razonamiento estará cada vez más mermada.
¿Queremos hijos disciplinados?, comencemos por ser disciplinados nosotros mismos, comprendamos que un hijo representa una enorme responsabilidad, y eso conlleva algunos sacrificios.
Vidas caóticas darán como resultado hijos caóticos; luego no se ande quejando del porqué de la inacción, fracaso, agresividad o irracionalidad de sus retoños.
Aguántese, porque usted mismo lo generó.
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