Hombre del siglo

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Es un hombre de un siglo. Refiere la grandeza del México que en la segunda mitad del siglo XX sorprendía a los países extranjeros por su desarrollo en economía, educación y cultura. Era la sociedad que parecía destinada a ser un ejemplo de civilización y progreso. A mediados de 1968, se publicó el número 100 de la revista Arquitectura México, fundada y dirigida por Mario Pani en 1938: 100 números, 30 años. Para celebrarlo se pidió a 14 arquitectos responder a un cuestionario: Augusto Álvarez, Luis Barragán, Félix Candela, Enrique Carral, Ricardo Legorreta, Héctor Mestre, Enrique del Moral, Juan O´Gorman, Mario Pani, Juan Sordo Madaleno, José Villagrán, Enrique Yáñez y también Pedro Ramírez Vázquez. La primera pregunta era ¿considera usted a la arquitectura como un arte?, seguida por ¿cuál es la función del arquitecto en el mundo actual? Barragán, por ejemplo, dedica un largo párrafo a la primera, citando a Le Corbusier, para decir que si lo construido es bello y emociona, entonces es arte y que ese debiera ser el ideal.

Luego, en uno aún más largo, afirma que los arquitectos deben participar en los consejos directivos de cada ciudad, en la planeación y en la política. Legorreta pensaba que el materialismo y la industrialización habían llevado a la arquitectura al riesgo de convertirse en una actividad comercial más, y que el arquitecto tenía entonces la misma función de siempre, pero con alcances increíbles. Pani es categórico: la arquitectura es un arte y el arquitecto juega hoy –dijo en 1968– un   papel excepcional. Ramírez Vázquez se distinguió claramente del resto al responder, con brevedad, que no, la arquitectura no es un arte sino una técnica que en la medida en que es acertada puede producir belleza, y que la función del arquitecto se define con una sola palabra: social. Ramírez Vázquez nació en la Ciudad de México el 16 de abril de 1919.

Los datos biográficos nos hacen recordar la vida de Ramón Rodríguez Arangoiti y de Vicente Mendiola Quezada, arquitectos también que desde muy jóvenes demostraron su inteligencia, talento y sensibilidad artística. De Ramírez Vázquez se dice: Estudió en la Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM, en San Carlos, recibiéndose en 1943. Y si, entre sus proyectos están algunos edificios extraordinarios como el Museo Nacional de Antropología, terminado en 1964 y diseñado junto con Rafael Mijares y Jorge Campuzano, o el edificio de la Antigua Secretaría de Relaciones Exteriores, hoy ocupado por el Centro Cultural Tlatelolco de la UNAM, de 1965, también colaboración con Mijares, y la Facultad de Medicina de Ciudad Universitaria, de 1952, con Roberto Álvarez y Ramón Torres. Otros menos afortunados, como la Basílica de Guadalupe, del 75, con José Luis Benlliure y Fray Gabriel Chávez de la Mora, o el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec, de 1964, con Mijares, de nuevo, y alguno francamente malo, como el Congreso de la Unión, en San Lázaro, del 81, al lado de David Muñoz, Jorge Campuzano y Pedro Beguerisse.

Hombre dedicado a dejar en las obras creadas su talento con el tema de reflexión de que deben servir para algo. El ideal de José Vasconcelos dicho a los universitarios de su tiempo. No pregunten qué cosa les da la sociedad a ustedes como estudiantes, sino pregunten, qué cosa le doy a mi pueblo que paga mis estudios. Por eso es importante entender que su historia es reducirla a lo contrario de lo que, según dijo en 1968, era la arquitectura para él: una técnica social. En 1944, a los 25 años y al año de graduarse, Jaime Torres Bodet, entonces a cargo de la Secretaría de Educación Pública, lo invitó a trabajar en el Comité Organizador del Programa Federal para Construcción de Escuelas, CAPFCE, fundado por Villagrán, Cuevas, Yáñez y Pani, y que después dirigiría Francisco Artigas –autor  además del edificio que fue su sede– Ramírez  Vázquez empezó como delegado del CAPFCE en Tabasco y llegó a ser el director.

Hombre de éxito como profesionista, sabio al entender el sistema burocrático venido de la Revolución de 1910, supo aprovechar sus fortalezas y dejar atrás sus debilidades, con esa capacidad y sensibilidad social crea el desarrollo arquitectónico del que se sentía más orgulloso: Con su programa de aulas prefabricadas se construyeron más de 35 mil en todo el país. También es autor, junto con Mijares, Candela y Díaz Infante, de 15 mercados en la Ciudad de México: la Lagunilla y los de Tepito, Coyoacán y San Pedro de los Pinos, entre otros. Y, por supuesto, fue presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 1968. Su labor rebasó la coordinación y planeación urbana, pues su intención era hacer de los juegos también un acontecimiento cultural que sirviera para construir una nueva imagen de México. Lo logró.

Si hoy comprendemos su poder de ubicuidad, es porque su inteligencia aprovechaba el trabajo en conjunto, la labor colectiva en que todos participan con reconocimiento y afecto. Sorprendente es su vida; Por si esa lista, muy incompleta, no bastara, hay que agregar que fue presidente del Colegio de Arquitectos Mexicanos y la Sociedad de Arquitectos Mexicanos de 1953 a 1959; que en 1974, por encargo de Echeverría, fue rector fundador de la Universidad Autónoma Metropolitana, de la que también diseñó el logotipo, como, entre otros, el de Televisa; fue secretario de Prensa y Propaganda del Comité Ejecutivo Nacional del PRI en 1975, y secretario de Asentamientos Humanos y Obras Públicas del 76 al 82. Resulta evidente que Ramírez Vázquez fue un hombre del sistema y en una época en la que, después de mamá, los mexicanos aprendían a decir: “Sí, señor Presidente”. Pero con excepción quizá de aquellos arquitectos de izquierda radical, prácticamente todos los arquitectos que trabajaron con éxito para el Estado fueron hombres del sistema y no sé si el pasado salga sobrando.