Hurgando en sí mismo

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Apenas anoche tembló. Audomaro, con una inexplicable tranquilidad volvió a dormirse, despertando hasta las nueve de la mañana.

Este nuevo día, Audo vuelve a la hoja en blanco. Ahora aparecen sus ensayos, sus cuatro novelas. Ojalá antes de irme publique lo que contiene la memoria que respalda la laptop. Ah, el gusto de escribir. El incambiable gusto de escribir. Y recuerda a la pintora Rina Lazo que expresó nuevas ideas y cuando iba por los noventa años y decía: Por eso tal vez los creadores duramos más tiempo: nos vitaliza el placer de hacer lo que te gusta. Militante de izquierda, discípula de Diego Rivera, guatemalteca, la magia del arte pictórico Maya, imborrable ya en el tiempo y el espacio re-recreado por ella, hizo que Audomaro vislumbrara otra meta: ¿Qué tal si pruebo con una novela como Azteca de Jennings? Y se le vino Margarita Yourcenar uh. Un reto –para mí– sería novelar la vida de Ricardo Flores Magón.

Recrear el pasado. Tocar el timbre de ayer y gozar lo que fue. Y de pronto sonríe: Peco de optimista, yo de 81 años pensando hacer… el infarto me puede llevar en cuatro días, o ya, ja, ja, ja sólo me queda recrear lo que ya pasé en la compu. Y orita solo lo mío, mi vida, lo que sucedió, con lo bueno, lo regular y lo malo sin excluir lo pésimo que no es poco. Y piensa hacer una radiografía de él, sacar de su interior a flote lo hecho y no realizado. Se iría el bolígrafo como patinador en pista de hielo… y tal vez sería lo último que escriba.

Ahora es 22 de Septiembre del 2022 y al comenzar a escribir se le había olvidado poner música. Y para variar encendió el radio y al azar dejó la estación que cayera. Dos locutores hablaban contra AMLO, para inmediatamente complacer a los audio escuchas con Mariano Barba y la canción de Joaquín Sabina: … y nos dieron las dos y las tres, en una versión norteña alegrona.

Era la mañana fría y un niño vendedor de frutas y verduras recibió de Audomaro: $50.00 por unos nopales poco en estos tiempos de contagios y hambruna, pero mucho para el chavo. Y cuando de nuevo se metió a la hoja en blanco, le vino una ligera tos que dio al traste con las ideas preconcebidas que llevaba. Afloró su COBANER (cobarde y nervioso) de nuevo: la posibilidad de –vulnerable como era–  de dormir ahogado sobre la superficie, pidiendo un milímetro de aire, difícil esto porque la pandemia casi se fue.

Y de nuevo los fantasmas que combatía con la idea lógica ¿y si me muero qué? ya viví 81 años… ¿qué más? Y de nuevo pensó en que para cierta gente lo simple y sencillo no puede hacer: metro y medio de distancia y tapabocas. Nomás. Y en los cafés o en los camiones no lo hace. Y de pronto se dio cabal cuenta del país en el que vivía. Tal vez, nada de tal vez el problema mayor en este país es no darse cabal cuenta de qué onda: Una ineducación generalizada que no permite una lectura optima de la realidad.

Quedarse solo en la superficie. No bucear en el cenote del arte, de las ciencias y la cultura. Y entró de nuevo al cuadro de Mark Rothko y en la calma chicha del pensar y así, el amarillo del cuadro lo puso a reflexionar en que ¿cuántas (os) ciudadanas (os) entenderán esto? Y otra ¿Qué hacía Audomaro en este momento con las letras? escribía precisamente esto.

Las dejaba salir, solas, libres. Así como quien abre la puerta del pajar para que salgan volando las palomas mensajeras, así aquí: lo que es natural, libremente, así como van fluyendo los conceptos que queden impresos en la blanquísima hoja de papel BOND. Similar a cuando pones en tu puerta palillos sonoros que chocan cuando sopla el viento o la natural melodía que salta del goteo de una llave de un lavabo mal cerrado.

Suspendió de pronto todo y recordando que no había desayunado, a la taza de café bien endulzado, le echo un chorrito de ron.

Salud.