In Memoriam Eduardo Cerecedo (1962-2022)

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Le conocí por un mecanismo del azar aunado a las estrategias de la buena literatura por encontrar a sus adeptos, después de tenerle por referencia como un maestro ingenioso del poema, creador de buenos escritores y receptores de poesía. Sabía que era parte del acervo local, que se le consideraba un nombre indispensable en la plantilla de autores premiados y publicados. Ese mismo nombre se fue haciendo un espacio en mi resbaladiza memoria hasta que lo encontré impreso en la portada de varios libros y comencé a ser seguidora de sus entrevistas. Una vez me pidieron ex profeso que consiguiera un sitio para la presentación de uno de sus libros. El libro se presentó, conocí su poesía,  pero su nombre ya sonaba distante e inalcanzable para mí.

Con afán de no hacer extenuante la anécdota, quiero contar que en un festival de poesía, tuve la oportunidad, vuelta del arcano, suerte o designio, como se le quiera llamar, de estar en la misma aula que el Maestro Eduardo Cerecedo, se trataba en aquella ocasión  de inquirir a un grupo de adolescentes que tenían muchas dudas y preguntas sobre las personas que se presentarían ante ellos como poetas. Experimentado como era, permitió que mi parvulez saliera primero a la palestra y con toda paciencia escuchó mis brevedades que hicieron eco en algunas jovencillas mientras a los muchachos les parecieron divertidas y algo empalagosas, pero cuando tocó el turno y comenzó a hablar el Maestro Cerecedo, el ambiente del salón cambió y aquella juventud mostró de lo que estaba hecha.

Comenzó con una pregunta muy simple – ¿qué es poesía? No pasó mucho tiempo hasta que un valiente se puso de pie, afirmando que era productor de poesía y poemas a través de la inspiración, dijo: Poesía es alcanzar la belleza en la palabra. Acto seguido, el Maestro le felicitó diciendo: – Muy bien, ¿cómo lo consigues? El novel poeta contestó: – Usando la Metáfora.

Un brillo extraño, pero conocido, asomó a la mirada del Maestro, y dirigiéndose a la pizarra nos dio la clase magistral más rápida que he recibido sobre la poesía, cuando comenzó diciendo: –  Dices metáfora y dices todo y nada a la vez.

Después enlistó algunas de las figuras retóricas más empleadas y con lenguaje sencillo las explicó a aquellos niños, dándoles dos regalos, el primero, la clase de sintaxis y gramática y el segundo: la tranquilidad de su pericia. Después de eso, todos queríamos escucharlo leer el poemario que llevaba. Eran unos poemas sobre peces, aves y vuelos y naturaleza y todo cuanto cabe en las líneas impresas de los libros de poesía.

Salto del pez

El polvo desmayado

de tanto sol

vuela para asirse

en los ojos

donde arderá por segundos

montando un clima de potreros

en que pájaros picotean cocuyos

y la flor niña del polvo hará un salto

en el río que devuelva al tiempo

su cerrojo.

 

Le extrañaremos, alumnos, amigos del gremio y lectores. Fue también crítico literario, esa especie rara de la literatura, labor que realizaba con gran generosidad como su Directorio de Escritores o su Jiribilla. Gracias Maestro.