Incierto

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En ocasiones, y muy seguido por cierto, la incertidumbre del día me acosa de manera cruel y definitiva. A mitad del año, en estos dos, años extraños que estamos pasando, me alcanza la memoria para vislumbrar en un pasado que no tengo por plenamente conocido.

La realidad que hoy vivimos es una de aquellas que supera a la ficción, pero que a veces ha sido detallada en los manuscritos y películas que solemos ver (más ahora que el encierro nos ha dejado detrás de las puertas y con el silencio, al principio, de una ciudad casi desierta a no ser por los valientes narradores del presente que buscaban en las calles una definición personal de la pandemia.

En esa realidad, algunos nos hemos visto obligados a cambiar nuestras costumbres sedentarias y malhabidas para intentar sobrevivir y pervivir en la necesad de ser obligatoriamente normales (quise poner comillas en ese normal, pero al final no me atreví a hacerlo).

Quizá por eso, la realidad que ahora vivimos nos ha sobrepasado y seguimos en las discusiones casi bizantinas, políticamente hablando, y con una número creciente de analistas de café, como antes eran los revolucionarios que brotaron como moscas en las mesas de las cafeterías en 1994.

El problema es que realmente no entendimos esa lucha y muchos se apoltronaron en sus cómodas sillas (bueno, algunas no eran tan cómodas), para discutir los comunicados y manifiestos que surgieron de la selva en esos años.

Por extrañas razones, y a muchos años de distancias, nuevamente los revolucionarios de café vuelven a aparecer, y más en estos momentos en que la democracia (eso dicen los entendidos y los no tanto) vivió un momento particularmente álgido.

La derrota o el triunfo de las elecciones ha vuelto a las mesas de la cafetería que ustedes prefieran, a ese pequeño grupo de teóricos impolutos y reaccionarios que pululan con una taza de café, a veces con un refresco y, dependiendo de la hora, con una copa enfrente, mientras se discute la línea que debe seguir su candidato.

Pero también ha aparecido un nuevo grupo de diletantes que suelen enfrascarse en hilos de discusión interminables e inseguibles en las redes sociales: los nuevos revolucionarios de la pantalla, o de Facebook o de twitter, como quieran nombrarlos.

Eso es lo que me deja en esta incertidumbre. Era divertido asistir a las discusiones mientras la mesera intentaba tomar una orden del que recién había llegado, o cobrar al que ya se iba de prisa (conociendo las mañas) antes de que abandonara la cafetería.

Ahora lo que prevalece son los pequeños grupos, a veces sólo tres, que suelen reunirse en la mañana, después del desayuno, o en la sobremesa del mediodía, o en la hora del cierre, aunque las discusiones siguen siendo por el mismo tenor, no importa si se es derecha, de izquierda, del centro, del centro derecha, del centro izquierda o de los radicales, que nunca faltan a la cita con la esperanza de gorrear el café del día.