INYECTANDO DULZURA A TOLUCA
“Por muy egoísta que se suponga al hombre, hay evidentemente en su naturaleza algunos principios que lo hacen interesarse por la suerte de los demás, y hacen que la felicidad de éstos le sea necesaria, aunque de ello nada obtenga, excepto el placer de presenciarla.” Adam Smith.
En mi barrio de La Merced por los rumbos de la que fuera la Calzada de la Garcesa, era famosa la tiendita de las cholitas, en donde de niños, con cinco centavos nos endulzábamos la vida con dos dulces de anís y dos de yerbabuena; También con las charamuscas y las trompadas que vendían en el atrio de la iglesia de Santa María de Guadalupe.
Cuando nos portábamos bien, nos invitaban un rico envinado de la pastelería Millán, conocida en ese entonces como el pan de los turismos ya que se ubicaba a un costado de la terminal de los turismos México-Toluca. Otra opción atractiva, eran los deliciosos y tradicionales dulces de la Colonia Sánchez de la familia Hernández.
Entonces disfrutábamos cada día en la Toluca la Bella de los sesentas y setentas, ciudad entonces tranquila y sin sobresaltos. No había asaltos, ni smog, mucho menos un tráfico atroz ya que los servicios de camiones urbanos eran adecuados con conductores racionales y educados. Se respetaban las señales viales, a las personas mayores y a las damas se les daba la acera con una reverencia respetuosa.

Los toluqueños eramos respetuosos, educados, amables y relajados. ¿Qué nos pasó? Caminar en Los Portales era una delicia, hoy, es un deporte de alto riesgo, al igual que circular por las calles que son imperio de los motociclistas, de los cafres del transporte urbano, de los acomodadores de autos de los antros, de la delincuencia y vaya, hasta de los baches.
Las autoridades municipales traen como lema de su administración: TOLUCA SE PONE GUAPA. Con un claro tinte electorero, enfocado a las obras y acciones de relumbrón, a veces, con una que otra ocurrencia digna de los pueblos de las novelas de Ibargüengoitia.
No es que me debata entre la nostalgia y la modernidad, más bien mi preocupación que les comparto, radica en que la falta de identidad, el individualismo y el estrés de estos tiempos, nos tiene a los toluqueños al borde de un ataque de nervios, nuestro capital emocional corre una suerte de deterioro acelerado que a nadie beneficiará en el corto plazo.
Sugiero darle el beneficio de la duda a nuestras autoridades municipales, pero sin perderlos de vista. Los servicios municipales son aceptables, pero si la gente no respeta y deja sus bolsas de basura a donde les venga en gana, se estacionen en lugar prohibido, invadan las calzadas de Paseo Colón diseñadas para los peatones pero invadidas por los autos de los godines de las dependencias estatales como las de desarrollo económico, pues créanme que no estamos contribuyendo a poner guapa a Toluca.

Hagamos lo que está en nuestras manos, endulcemos a nuestra ciudad y confiemos en que las autoridades la pongan guapa. Les platico:
Adam Smith, el padre de la economía, también nos enseñó que la vida moral y social se basa en la empatía, la capacidad de juzgarnos a nosotros mismos con justicia, el equilibrio de las virtudes y la importancia de los sentimientos. Su visión era profundamente humana recordando que la ética no es solo una cuestión de reglas, sino de sensibilidad y conexión con los demás. Les sugiero la lectura de uno de sus libros: La Teoría de los Sentimientos Morales.
En éste, Smith introduce la figura del “espectador imparcial»: una especie de juez interno que nos permite evaluar nuestras propias acciones y emociones como si fuéramos otra persona. Este espectador interno nos ayuda a ser justos y a corregir nuestros propios excesos.
Lo cito: “Cuando intentamos examinar cualquier conducta, ya sea la nuestra o la de los demás, imaginamos, por así decirlo, que nos situamos en el lugar de un tercero, de un espectador imparcial, y consideramos cómo nos afectaría esa conducta si fuéramos meros observadores de ella.”

De la mano del espectador imparcial, va inyectar la dulzura en una ciudad y para ello, aprendamos de la filósofa y psicoanalista francesa fallecida en 2017, Anne Dufourmantelle, quien reflexionó profundamente sobre la dulzura en varios de sus libros, especialmente en El Elogio del Riesgo.
Para ella, la dulzura no es debilidad ni ingenuidad, sino una fuerza sutil y transformadora. Es un arte de vivir, una ética y una política. Es una invitación a habitar el mundo de otra manera, con más apertura, vulnerabilidad y coraje.
En mi próxima entrega desarrollaré los dos temas aquí expuestos: El expectador imparcial y la dulzura en una ciudad; hagamos lo que está en nuestras manos por la sociedad toluqueña al tiempo que las autoridades municipales hagan su trabajo honesto y transparente, al menos eso esperamos, haciendo cumplir las leyes que bajo protesta se comprometieron.

