Ir a fuentes originarias
Cierto, es obligado regresar una y otra vez a nuestro pasado. Sin quedarse ahí, sino para comprender el desarrollo de una comunidad, profundizando la teoría de la microhistoria que nuestro sabio historiador y cronista Luis González y González escribiera sobre su San José de Gracia, lugar en el que nació y, que hace aparecer como célula de la fundación de nuestra patria. La microhistoria tal como la plantea Alfonso Sánchez García, al señalar en el cronista Javier Ariceaga su capacidad para hacer de la microhistoria, el medio para hablar de barrios y vecindades de la Toluca en sus primeras décadas en el siglo XX. Teorías de lo pequeño, como inicio de toda vida personal o colectiva. Pero también teoría que obliga a ir con esa propuesta a la raíz más antiguas de toda aparición humana; en territorios que a veces ni imaginamos la riqueza histórica que puede darnos si nos arremangamos las mangas, y entendemos que no podemos hablar del presente sin saber lo que sucedió en el pasado: un pasado para Toluca rico de eventos y pruebas, que están en su mayoría cubiertos por toda clase de materias que el tiempo y el hombre se han encargado de poner para ignorar el pasado. Del que se piensa que no es necesario retornar a él, pues de nada sirve, cuando se deben resolver los problemas cotidianos de alimento, casa y vestido.
En el texto citado de la revista Arqueología Mexicana número 171, las palabras citadas de Alicia M. Barabas, nos recuerda cuán rico es lo pretérito cuando indagamos con amor, cito: El arqueólogo Marcus Winter (1985) nos dice que en Oaxaca las cuatro etapas previas de la conquista, durante las cuales se desarrollaron los diferentes grupos etnolingüísticos, tuvieron características particulares en cuanto a la subsistencia, que se relacionaron con la domesticación de plantas. En el periodo Arcaico, hacia 3500-2500 a. C., con los primeros asentamientos sedentarios, el otomangue habría comenzado su diversificación en nueve ramas y la separación del otopame. Ir de un lado a otro, yendo lo mismo a Oaxaca que a Tenochtitlan, ir a Jilotepec, al estudiar su códice que es joya bibliográfica de enorme importancia para los toluqueños al saber lo relacionado con los Otomies, quienes encuentran en el padre de la crónica en México y nacido para nuestro orgullo en la ciudad de Toluca en el año de 1892 y, en la misma murió en 1967. Padre de la crónica en México y principal de la cultura otomí, a la que defiende con pruebas de que no fueron una cultura que se aisló por el deseo sin importancia de hacerlo. Sino que fue una cultura que fue a las montañas para defender su legado. Bien, estudiar el códice de Jilotepec y leer la vida con seriedad y respeto para poder entender la grandeza que Garibay tiene como cronista, historiador y ciudadano que fue al pasado para comprender el presente.
Y lo hizo porque al estudiar aquellas culturas lejanas, en particular las grecolatinas, entendió que nuestra patria tenía un pasado tan imaginario, legendario y rico en cosmovisiones que le llevó a ir al pasado mexicano. No en la tarea que los mestizos mexicanos y extranjeros apasionados de estos últimos doscientos años que han tomado como camino sencillo el estudiar con mayor interés los últimos 500 años: México, Guadalajara, Guanajuato, Querétaro o Toluca. Negando con ello en sus acciones de investigadores del pasado, que este país tiene un país legendario tan rico como el mundo grecolatino o del lejano oriente. Eso lo entendió muy bien el padre de la crónica en México y, le siguió con fervor y pasión el historiador y cronista Miguel León Portilla. Los dos son suficientemente gurús del camino por el que debemos transitar historiadores y cronistas si deseamos ser fieles a la sabiduría que busca la verdad y no está al servicio de ningún poder fáctico por más poderoso que sea. Un lejano pasado de los dueños de estas tierras antes del fatídico 12 de octubre en que asoma Cristóbal Colón y sus huestes en las tierras de la Isla de Santo Domingo.
Pasado que cuenta Barabas: En la etapa de las aldeas tempranas del Preclásico (2500 a.C.-200 d.C.), los pobladores del área sur de la macro familia intensificaron la agricultura y se diversificaron en las ocho ramas restantes. En la etapa de los centros urbanos del Clásico (200 d.C.-900 d.C.) se intensificó y diversificó la producción y se hicieron adaptaciones de acuerdo con las condiciones ambientales de los lugares hacia donde las plantas se difundieron en tanto que las ocho ramas del otomangue se consolidaron y comenzaron a diversificarse en las diversas lenguas, por ejemplo, el ixteco se separó del chochopopoloca y, en el Postclásico, el popoloca del chocho. Durante este último periodo (900-1521 d.C.), con las ciudades-Estado se desarrollaron las modernas variantes dialectales, pero los cultivos y las técnicas se mantuvieron sin grandes alteraciones, aunque debido a la evolución de los tipos de maíz, creció el rango de ambientes y suelos de siembra. Toda una lección que viene de los estudios en Oaxaca y en ese camino, llegan a cuestionarnos qué tanto sabemos de esos años.
Cuando somos capaces de hablar de la Iliada y la Odisea, escritas por el griego Homero y en ese andar entre las letras de tan admirada mirada, entramos a los cinco siglos antes de Cristo con la denominación del siglo de oro de Pericles: uno de los pocos políticos que el pueblo se atreve a denominar en su nombre. Sí, los mexicanos y toluqueños sabemos de hace dos mil quinientos años sobre la filosofía griega y los nombres nos vienen a granel con los presocráticos: en el libro titulado Presocráticos / Los albores de la filosofía, publicado por Prisanoticias Colecciones, en España en el año 2020. Libro de Sandro Palazzo, nos lleva de la mano para conocer qué cosa investigaron, escribieron y dijeron o publicaron los pensadores anteriores al padre de la filosofía moderna Sócrates. Su índice es sintomático de la temática, por ejemplo: Los fisiócratas: la visión física del cosmos, Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes; después de ellos estudia a Heráclito y a Parménides. Un libro para el gozo y el conocimiento. Se estudia aquí a los pensadores del VI y V antes de nuestra Era. Es decir, hace más de dos mil quinientos años. Y me pregunto: ¿por qué no he puesto atención a las culturas que fundaron este país hace miles de años?… cuál fuerza ideológica, religiosa o política se ha negado a que piense de manera objetiva sobre el pasado que reúne a diferencia de la cultura española que nos trajeron los colonizadores e impusieron durante 300 años.
Una cultura etnocentrista sobre el hombre que suplantaba las culturas indígenas cuya principal visión era la cosmovisión que les hacía tan ricos en imaginación, propuestas de vida y de cómo ver el pasado de sus ancestros. Dos visiones que siguen imperando en nuestra Toluca moderna, que en la cosmovisión del indigenismo tendría más posibilidad de educarse mucho mejor en su calidad de visión de la riqueza en que hemos nacido en esta ciudad del Altiplano que merece el orgullo de demostrar cuál fue el pasado hace 2500 años antes de llegar al siglo XXI por lo menos. Sí, como herederos de la cultura europea, de la grecolatina en particular, no dejamos de estudiar a quien cita J.A. Cardona desde España a través del libro Filosofía helenística / cínicos, estoicos y epicúreos, publicado en el año 2020 en España por Prisanoticias.
Sabemos, escribe el autor, de la Brevísima historia del periodo helenístico / Tradicionalmente se han distinguido tres periodos en la antigüedad helénica: el de la Gran Grecia clásica de las polis (ciudades-estado), el de la dominación macedonia, y el del sometimiento al imperio romano. El segundo de ellos, que abarca desde el último tercio del siglo IV a.C. hasta el siglo I a.C. se conoce como período helenístico y habitualmente se ha considerado como una simple etapa de transición entre los tiempos dorados de las polis y la dominación romana. Hace miles de años, ¿qué sucedía mientras tanto en el continente desconocido? No es correcto pensar que en las aulas de todo nivel educativo hablar y estudiar esos años del indigenismo es lo más sabio y benéfico a nuestra herencia.

