Juicio

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La palabra es por sí misma un triunvirato, quién podría dominar la facultad del entendimiento, la luz para distinguir lo bueno de lo malo: sensatez, prudencia, ecuanimidad. Tener  buen juicio, sano juicio, ser ese juez que por su casa empieza.

Juicio también es una opinión, esa que todos tenemos, fincada en realidades u otras opiniones conocidas, malversadas, tal vez malintencionadas. Como prejuicio nos dicen que no debemos tener un mal juicio de las personas hasta que se razone la opinión ni antes de conocerlas.

La palabra proviene del latín iudicium veredicto como si en un foro, según aprendimos de los romanos, una de las partes se sometiera al escrutinio o mejor dicho, al conocimiento de un tribunal de justicia. Cuando se emite el juicio, se determina un sujeto de juicio y se valora si es confiable.

Dicen que el inocente no debe temer al juicio, a las figuras de autoridad que cuentan con los méritos para impartir justicia, para decir de lo que es, que es, a lo que escapan los fenómenos naturales.

¿Y el Juicio Divino? Acción de justicia retributiva a la que es supuesta la comparecencia de toda aquella criatura racional que algo intuya de la scientia approbationis et reprobationis, saberse las reglas o desconocerlas no nos exime de su cumplimiento. Los efectos de este juicio siguen los efectos del tiempo y está presente al inicio y al final de los tiempos. No confundir con el juicio medieval que se hacía en nombre de la sapiencia universal y que especificaba que había que meter una extremidad en agua o aceite hirviendo y según el resultado podía saberse de la culpabilidad del enjuiciado. El quemado era culpable.

Así, vamos de juicio en juicio, toda la vida, buscando aprobación, librando castigo, guardando la salud mental en oposición a la locura, evitando el delito a toda costa, llorando el Fin del Mundo.