La batalla

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No se vislumbra la más remota esperanza,

los ojos no saben mirar entre la niebla,

no distinguen  siluetas amigas o enemigas.

Los brazos se han rendido, extendiéndose

como náufragos mástiles en la arena.

Se rompieron las cuerdas que ataban

mis ideas más nuevas a la cabeza.

El tiempo corre en mi contra, deletrea

la palabra f i n, caótica tarea, derriba

mis pretextos con excusas más huecas.

El mundo se termina a la misma hora

como lo ha hecho cada tarde rastrera.

Mi sangre blanca se derrama en silencio.

Estoy acabando conmigo, ya siento

que no tardaré mucho en soltar la linterna.

Que nadie venga –valiente ayuda ajena–

ni su compasión me arrojen sobre la acera.

Saldré de pie o muerta.