La cantina de Don Manuel

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Los rumores a veces son buenos. Lo digo con cautela. En algunos casos alimentan la magia y la fantasía. El rumor que me gusta en este caso es que Tenancingo de Degollado ostentaba el récord de ser la ciudad, a nivel nacional, con más cantinas. Eso por allá de la segunda mitad del siglo XX. Lo escuché de la voz de don Polo, papá de un amigo de la preparatoria, sí, mientras contaba algunas anécdotas de ellas.

Es interesante, pero esta ciudad está fuertemente ligada al oficio del trago, de venderlo y de beberlo. No es casualidad que de cuando en cuando uno que otro borracho aparezca tendido en las aceras como en los tiempos de antaño. Eso me parece más típico y folclórico que muchas cosas. En un cuento reciente reflexionaba –no con tantas ceremonias– que es la herencia de los ejércitos zapatistas en estos  lares y cómo en esos años de ese modo, se rompía el hastío.

Esas son ideas que vas fraguando con los años. Una fantasía que tal vez se convierta en rumor. Pero cuando los 90 corrían y mis padres tenían una miscelánea en el mercado municipal, no sabía de dónde era que brotaban esos simpáticos personajes. Miraba que los trabajadores de Garis, los de la flor y los albañiles compraban algunas cervezas y se ponían colorados. Casi siempre buenos hombres como el difunto Don Javier que le daba por platicar mucho. Pero había otros que, como espectros, como zombis, aparecían en la calle así sin más, apenas manteniendo el equilibrio, apenas levantando la cabeza para fijar el rumbo con sus ojos entornados.

Esos eran los que me provocaban curiosidad, ¿de dónde era que yacían?, sin embargo, ya luego me di cuenta de que, cómo dicen las matemáticas, lo único que cambia es el orden de los factores. Los que estaban en la tienda de mi mamá se preparaban para ir a la cantina y los otros sólo se adelantaban en el itinerario.

Recuerdo la primera vez que tuve el impulso de saber que sucedía en esos sitios tan apestados. Cuando tenía once me fui a meter hasta la mitad del desaparecido Cañón. Una puta me vio ahí, cerquita del tubo, desierto ese día, y me dijo: óra pinche chamaco, ¿qué haces aquí?, sáquese. Y me fui.

Tengo recuerdos de ese tipo de las cantinas en la ciudad que con el paso de los años fueron desapareciendo, a veces, sin notarlo. Don Polo dice que había en esta ciudad más de 117 cantinas de las cuales hoy sólo sobreviven una decena tal vez. De esas, sin duda alguna la mejor es la de Don Manuel, en el mero corazón del municipio.

También recuerdo como fue la primera vez que supe de la cantina de Mane: hijo de comerciantes en el mercado, cuando no estaba acarreando cosas, era proclive a escaparme y vagar por esas calles. Era de día y como aquella vez en el Cañón, me atreví a correr las persianas. Entonces tenía un aspecto lúgubre y cansino. El sol, a los que estaban en la barra parecía fastidiarles, pero no dijeron nada. Alguien gritó, – óra cabrón, y escapé casi corriendo.

Se dice que la cantina de Manuel era distinta. El mismo Manuel cuenta que con las muchas administraciones le han quitado el encanto, ese aire gitano. Recuerdan, por ejemplo, cuadros con las artistas de la época de oro del cine mexicano, comediantes y toreros, e incluso sus paredes ahumadas por el tiempo. Gabriel Rodríguez Liceaga dice que las cantinas han perdido carácter con el tiempo, que antes namás abrían para los tristes, dice, los únicos que valen la pena.

Todo eso cambió. A mí me tocó entrar por primera vez a los 27 años. Y señores: ahí está la magia. Hacía doce años que mis padres habían cerrado la tienda de abarrotes, pero aquellos rostros perdidos aparecieron ahí dentro. El último de estos avistamientos sucedió hace dos semanas con el buen Vocho.

Estaba ahí para ver el primer tiempo del partido del Cruz Azul, pero me equivoqué de fecha y no hubo tal. Me lo dijo Don Manuel, que también le va a la máquina. Con el trago de Presidente en la mano, miré en derredor y justo en el centro de la barra, estaba el corpachón del hombre que trabajaba en el negocio de don Eloy vendiendo pollo en el 93. Le costaba trabajo contener el serpenteo de sus ojos, pero cuando lo consiguió se acercó y me dijo: yo te conozco desde que estabas así, chiquitito, haciéndole con la mano. Luego nos quedamos platicando.

No hay mejor nostalgia que esa. Uno de las cosas más chingonas que recuerdo ahí fue que precisamente Don Manuel, ya roto el turrón, me contó que por supuesto recordaba a mi mamá y su tienda. Una güera ella, dice, muy buena gente. También me conocía desde chiquito.

Algo de lo más difícil que hubo que hacer por la pandemia fue no ir a la cantina, pero desde que todos en casa estamos vacunados, se rompió la veda. El sábado estábamos ahí acomodados y apretujados en la barra. No había mucha gente. La cantina comenzó a vaciarse. Don Manuel cierra religiosamente a las 10. Pero como no había partido del azul por la fecha FIFA, nos dejó otro rato. Una voz ganó fuerza, andaba por ahí alguien de, literalmente, la pompa del municipio que estaba muy interesado en saber la historia de esa y otras cantinas. Don Manuel comenzó a hablar, recordando uno y otro sitio del típico Tenancingo. Supimos por qué es que tenemos estadio, secundarias y carreteras, por ejemplo. Pero eso, al goce de la sabrosa platica del hombre, es lo de menos.

El año pasado estuve en el Fondo Editorial del Estado de México revisando algunos asuntos. Vagando por ahí, me enteré que hay casi un libro por municipio del Estado de México que cuenta santo y seña de lo mejor de esos sitios. La idea me fastidió pues siempre pensar en esta ciudad es pensar en los lugares comunes: rebozo, canasta y obispo. Esta ciudad tiene mucho de puritana y ahí es donde se le asoman las costuras. Lugares y personajes como los que hay en la cantina son el alma de estas tierras, pero casi siempre pasan a la sombra. Si hubiera un libro de esta ciudad ese tendría que hablar de las cantinas con sus borrachos y sus putas. Un libro oficial, claro. Porque los aficionados no tocan el tema.

Detrás de esos borrachos hay personajes ilustres que de vez en cuando se atreven a confesar que son clientes de ahí como si eso fuera un delito. Las putas, a las que me gusta llamar de ese modo nada más por la fonética de la palabra y lo contracultural que resulta, son mujeres a las que estimo, en particular a la Betty que es un desmadre y que no me perdonaría no mencionar. Pensar que en algo este último párrafo está mal es negar la realidad y obviar que el puritanismo resulta aún más violento que nada ahí.

Había querido hacer un texto como éste, pero eso siempre es complicado para mí. No sé hasta qué punto se trata de mí y hasta que punto se trata del asunto en cuestión por las emociones en el texto. Sin embargo, y a pesar de los muchos bretes, me gustaría que esto resultara en una invitación, pues al propio Manuel le ocupa quitarle el estigma que a pesado en la cantina por años. Muchos ponen el 2 de abril en Metepec como ejemplo para hablar de esa fusión del inframundo y las buenas conciencias y así espantarle los prejuicios, pero no es suficiente.

Muchos hablan del desaparecido Evaristo Borboa, de Leopoldo Flores y Chona la Tequerra como símbolo de esta tierra, y yo desde ya, les hablo de nuestro cantinero, y por su puesto la cantina Los amigos. Un hombre cuya integridad deslumbra, un señor al que nadie le chista cuando dice que es hora de cerrar; que se dirige a las muchachas como señoras; que lleva las cuentas en una libreta y nadie duda de su palabra; cuyos ebrios tienen la confianza de dejarle su dinero y recogerlo al siguiente día para no perderlo y que si les ve muy fundidos, ya no les vende.

Una cantina no es el viejo oeste. No hay pleitos, sexo en las mesas y amenazas. Esta cantina se llama Los amigos porque la gente del barrio y los de las comunidades aledañas entran, beben, bailan cumbias, cantan, platican, se alburean, lloran, se abrazan, se cuentan las penas y se van a sus casas. Así desde 1963. Si usted viene a Tenancingo, por supuesto vaya a comer obispo, compre un rebozo y una canasta, pero sobre todo, métase a una cantina, que mejor sí es La cantina de don Manuel.