La casa del parque

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Todos duermen, menos ella, es una joven extraña, pareciera que insensible

y atemorizante a  veces. Siempre está sola, y se le ve con un libro, un

lápiz y muchas hojas sobre la mesa del balcón, en esa enorme casa frente

al parque.

Sin embargo, cuando escribe, sonríe y se queda mirando al cielo como si

hablara con alguien, después escribe rápido como si las letras se escaparan

de las hojas blancas.  Ella

se queda largo tiempo con los ojos cerrados

como si estuviera en oración o meditando.

Sus movimientos son rápidos, felinos, nadie sabe de dónde viene, quién es,

cuando cruza el parque sus pasos son rápidos, suaves, como si flotara.

Siempre la observo, desde que trabajo en casa, tuve oportunidad de verla

todos los días.

Hoy llegó apresurada, el semblante tristísimo, el pelo negro y lacio le cubre la

mitad de la cara pálida, casi transparente, deja sus libros, sus hojas, en la

mesa y se queda quieta, mira el techo de la habitación y escribe rápido,

anhelante, deja el lápiz.

Esa noche se escuchó una suave voz entonando la melodía más triste que se

hubiera escuchado.

Hoy es un día diferente, decidí salir tras ella y entablar conversación. Hoy su

semblante tenía un brillo inusual, caminaba de prisa, no llevaba libro, ni hojas,

ni lápiz,  se adentró en la gran avenida llena de tiendas, y se detenía en cada

aparador que llamaba su atención, hasta detenerse en una librería, entró y se

dirigió exactamente al estante donde tomó un libro. Así sin más, llegó a la

caja, pagó y salió apresurada.

Caminaba rápido, había muy buen clima, sin embargo, en unos minutos el

cielo se oscureció y una pertinaz llovizna no dejaba de caer. Pero ella no se

percataba del clima, ni de su presencia.

Atravesó el parque, llegó a la casa y al abrir el portal,

y sin que le diera tiempo a reaccionar se dio la vuelta y pregunto: ¿quién

eres tú, por qué te tomas la molestia de vigilarme y seguirme? te he visto en

la ventana de tu departamento viendo hacia el balcón de la casa.

No pude responder a sus preguntas, me quedé impresionado, la sorpresa me dejó sin habla. Quise disculparme, así que llegué a la casa del parque, no había timbre, y toqué lo más fuerte que pude con los nudillos, vi cómo un trabajador, supuse sería el jardinero, se acercó y le dije que quería hablar con la joven que vivía allí; ¿La joven?, preguntó. No, no vive nadie aquí, yo sólo cuido los jardines por encargo, –¿por encargo de quién?  –pregunté.

No puedo darle ninguna información. Levanté la vista y vi cómo se abría la ventana, ella, se encontraba allí.  Leía tranquilamente el libro de pastas rojas, que había adquirido en la librería.

Le señalé la ventana al trabajador, y le dije: es ella, mire usted mismo.

Me cerró el portal.

Mientras todos duermen, ella siempre estará en la ventana.

Quizá después

hayas olvidado

ese fluir de vida donde

todo fue dolor y

sobresalto.