La fama pública…
Quien le viera en su casa de 23 de septiembre en ciudad de Toluca, a cuadra y media de La Bombonera, estadio donde cada quince días juega el Club Deportivo Toluca. En esa casa que sigue siendo propiedad de su familia, cada vez que jugaba el Toluca y por fortuna llegaba a meter un gol, el grito de ¡Goooooooooool! se escuchaba a muchas cuadras a la redonda. Llegaba en su tiempo dicha exclamación hasta la Alameda, por la avenida José María Morelos y Pavón o hacia el occidente hasta los lindes con lo que fue la Cama de piedra, como se le llegó a conocer el Monumento a los Niños Héroes, mismo que se puso en el año de 1957 y, después, por su peligrosidad, fue cambiado a la Avenida Las Torres, para su protección y mejor ubicación. El grito de ¡Goooooooool! por todo el cielo que rodea muchas calles a la redonda hasta llegar al Mercado Miguel Hidalgo, en la parte alta mirando hacia La Teresona y hacia el Cerro del dios Tolo; o cambiando de rumbo, yendo hacia el Parque Matlatzinca, también llamado por el pueblo El Calvario.
En fin que la detonación de una pelota que azota contra las redes al interior de la portería enemiga es lo que ahora nos queda en el recuerdo del cronista municipal de Toluca, que en su asombrosa inteligencia seguía escribiendo y escribiendo porque había necesidad de hacer llegar sus columnas periodísticas y de revistas de la ciudad; o estaba escribiendo algún tema para libro o monografía. No dudo que haya escrito también algún que otro discurso para algún político en funciones. Es el escritor que desde su casa en esa máquina mecánica se permitía utilizar sus dedos para teclear tal cual si estuviera disparando una ametralladora por su rapidez. Nada le interrumpía, si acaso, como me contara Thelma Morales García, que en algún día fue a visitar su casa, lo encontró viendo por televisión el Box, en ese momento estaba la pelea, y don Poncho le dijo que se sentara mientras esperaba a su hijo Rodrigo Sánchez Arce, no sin antes preguntarle si le gustaban las peleas de Box. A lo que respondió que sí. Un poco espantada y admirada de estar frente al reconocido periodista y cronista del municipio de Toluca, se puso a ver la pelea, en el ring de la televisión, mientras esperaba a Rodrigo: los dos en este caso, estudiosos de la facultad de Ciencias Políticas de la UAEM aunque en diferente generación. Debo recordar que uno de sus mejores amigos, algunos años menor que el cronista, Javier Ariceaga, seguramente le fue afín en ese gusto por las peleas de Box, pues al cronista del libro El último Farol, en la introducción que le hizo a dicho texto, le recordaba de sus andanzas en peleas, que en la juventud le llegaron a gustar al andar por los barrios de Toluca. Es decir, seguramente a don Poncho la imagen de Toluco López le fue de simpatía. Sólo basta con recordar que al presidente de la República, Adolfo López Mateos, le fue un ídolo al que gustaba de ir a ver en sus peleas de gran repercusión en México. Grandes generaciones se inician a principios del siglo XX y, cubren el siglo dando identidad al país, a la entidad donde nacen y, a la comunidad donde es su cuna. Don Poncho pertenece a los mexicanos exitosos que dan patria, orgullo y voz propia.
Al retornar a mi lectura veo, en la página 9 el cabezal de La fama pública es también vegetal, dentro de su libro Anecdotario, escribe cinco textos titulados: En tres palabras / La mano en el corazón / El impostor de Tlacopa / La hierba del amor / El bosque se fue de viaje, sus párrafos de más de cuarenta páginas son prueba de su maestría: escritor por siempre, ayer, hoy y después, dice en “Tres palabras”: La fama pública es un fenómeno muy humano, por lo general propenso a la injusticia. Tiene usted, por ejemplo, el caso del pobre individuo que alguna vez, en forma accidental, asesinó a un perro. ¡Inmediatamente le pusieron de apodo el rudo sambenito de “Mataperros”, que ya no se pudo desmanchar del cuero ni con gasolina blanca! Lo que es más, de ahí en adelante cuando alguien encontraba un difunto canino, aunque se hubiese muerto por la más natural de las defunciones: de vejez, de todos modos los críticos enunciaban a priori, “Este también se lo echó el Mataperros”. La historia se repite, pues ahora por culpa de las redes sociales surgen muchos personajes llamados Lord o Lady por el mínimo suceso. Las repercusiones son no sólo nacionales sino mundiales: ejemplos sobran por doquier, por lo que hay que tratar de no caer en garlitos o trampas que nos hagan famosos por la más mínima cosa.
Cita don Poncho, en el tema de la fama: Tiene usted, por ejemplo, el caso del árbol de las Manitas de Toluca, del que se han hecho tan desmedidos ditirambos, que si tuviera conciencia de su personalidad sería más presumido que Juan Gabriel o Madona. En cambio el infeliz Toloache, ahora como especie, originaria también de Toluca, se le ha denostado de tal manera que, si pudiera, andaría escondiendo el rostro de vergüenza. Y no estamos haciendo una metáfora o una hipérbole si decimos que al Toloache lo han satanizado, pues en verdad, en muchos lugares le llaman secamente: “La Hierba del Diablo”. Otros hay que hasta los ponen a disputase una fama. Y decimos que “los ponen”, porque si por ellos fuera no querrían tener ninguna. O en todo caso les importa un serenado cacahuate la celebridad. Como en el caso de debatido Árbol de la Noche Triste. En fin, que de las pasiones del género humano, inoculadas desdichadamente a los vegetales, limpios y puros, es que vamos a parlar…
Nació para ser cronista, pero su escuela cotidiana desde muy joven lo fue el periodismo: esa escuela que se forma de la crónica de uno y decenas de periodistas cuya personalidad aun no se dan cuenta que son los cronistas de lo cotidiano. Nació en Calimaya y creo bien en decir que no en pañales de seda. Nació donde nacen los escritores de pura sangre, en la humildad que forma a los mejores literatos de todas las épocas. Por eso, es tan difícil escribir como escribían Alfonso Sánchez García, Javier Ariceaga y Rodolfo García Gutiérrez, se puede apostar que vienen de la misma cuna humilde ajena a los despilfarros de clases más acomodadas, donde surgen otro escritores, que por milagro de la vida, aportan obras valiosísimas, pero sin el tinte que da el lenguaje del pueblo que le viene de cepa a don Poncho y, que con esa magia, como magnífico mago nos llena de gozo y admiración en sus textos que como expresa Poncho Sánchez Arteche, tiene por cientos y cientos inéditos. Sus párrafos en cualquiera de los cinco títulos que veo tienen la magia: ¿Qué por qué digo amargura? Verás hijo mío, te otorgo la condición filial aunque sólo sea un joven oyamel, porque el que nunca ha tenido un vástago propio, por ausencia, por nostalgia, por frustrados deseos, acaba por arrimarse a los ajenos. Verás, en aquellos dorados y felices tiempos éramos muchos. Un bosque, todo un bosque en esta hermosa y amena sierra de Tolocan. Plantas, vegetales en general. ¿Cómo no pensar en ellos, si nos acompañan desde el nacimiento hasta la muerte. El Árbol de las Manitas, los sauces llorones, el oyamel o los pintos, los álamos de La Alameda, las cañas que cubren miles de hectáreas todavía en nuestras tierras de Dios. Sólo hay que pensar en la compañía de la naturaleza para nosotros que estamos formados, por lo menos de dos fortalezas: la naturaleza que nos es dada por la existencia terrenal que tenemos, y la cultural, que nos hace diversos a cada uno. Escribir como escribió don Poncho es imposible, seguir su ejemplo y sus huellas si es posible, pero siempre en el entendido que no quiere a los “flojos” y a los gandallas haciendo como que siguen su ejemplo, y vienen a resultar que sólo han sido burócratas de la palabra: es decir, haciendo como que escriben y nada que escriben, aunque lo digan una y otra vez sin ningún resultado cuando es tema de publicaciones. Lo cito: No puedo olvidar, sin una que otra lagrimilla, que se nos cuidaba con esmero por parte de los sabios sacerdotes matlatzincas, los que habían hecho de la región un emporio botánico. Cultura cosmogónica la indígena, resume lo mejor del hombre en la Tierra.

