La fotografía y la muerte

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Veo el mundo. Sale de ti

Violette Leduc

I

Arrancó a correr con todas sus fuerzas. No era posible que no hallara a nadie cerca, sólo árboles, noche y silencio. Ventricular silencio.

Tampoco escuchó pasos tras de sí, sin embargo, sabía que lo seguían, los vio al salir, todo fue muy extraño.

Se recostó contra una pared en el rincón de un callejón construido de ladrillos rojos. Nadie venía detrás. Silencio, mucho silencio en la noche que se abría.

Pensar que una vez había intentado suicidarse y ahora luchaba por serenarse para proteger su vida con todas sus fuerzas. Recordó la noche en que resolvió salir y lanzarse ante los automóviles que corrían por la avenida sobre lo que quedaba la casa en la que vivía con sus padres. Se sentía tan solo. Había terminado una relación de años. Qué raro, nunca la quiso. Estuvo con ella para sufrir menos por otra que también lo dejó. A esa él le fue infiel y terminó su larga relación por una muchacha misteriosa, tierna, nocturna. Tuvo razones para ya no querer estar con él. ¿Y la otra? Bueno, la otra era así, no duraba con nadie más de un par de meses. Esa noche quiso morir atropellado porque no tenía valor para hacerlo, matarse con sus propias manos. Por eso quiso morir.

Ahora, indudablemente quería vivir. Por fin podía respirar más tranquilo, sin darse cuenta se había sentado en el piso en el fondo del callejón, nadie podía verlo, pero él dominaba el panorama que daba a la calle.

Y, escuchó pasos, eran fuertes y corrían, eran más de uno, probablemente tres personas. Volvió a pararse y quiso ser tragado por la oscuridad.

II

¡Qué mala costumbre la de dejar la puerta abierta! -Cualquiera podría meterse en la casa- pensó Andrés. La cerró y fue a buscar a su hermano para decirle por última vez ─sí, esta sería la última─ que no volviera a dejar la puerta abierta, luego olvidarse de todo y tirarse a dormir, sobre todo en un barrio como ese, que cada vez era más violento, más peligroso. Buscó a su hermano en su habitación y no estaba, la cama estaba tendida a la perfección, o sea no la había hecho Raúl ─su hermano─ sino Gladys, su novia. Raúl no podría siquiera haber estirado las sábanas. Siempre fue así, especialmente desde que sus padres fallecieron. ¿Entonces? ¡Se habían ido dejando la puerta abierta! Andrés enfureció. Pero, ya nada había por hacer, más que olvidar el asunto y esperar a que Raúl llegara en la noche para decirle lo de la puerta.

Se dirigió a su cuarto, se echó en la cama, cruzó sus brazos bajo su cabeza y fijó la vista en el afiche pegado al frente del lugar en donde dormía. No estaba, ¡Caramba! ¡Raúl también se había llevado la foto! Una única fotografía que fungía de cuadro en las mortecinas paredes de su cueva. Desde hace tres años esa foto de Atenea Cáliz lo miraba dormir. 

Era su actriz preferida. En realidad, no, no le interesaba mucho su actuación, sino sus gestos reales, su ternura, sus ojos. Esa impresión que trasmitían sus fotografías, de inocencia complaciente y dominante a la vez. La puso allí para mirarla siempre antes de dormir y al despertarse. Ahora, el único día que la iba a mirar no para dormirse ni para iniciar el día, sino para añorar amar y ser amado, en un momento tan triste para él, no estaba, ¡se la habían llevado! Ya no importó el amor de pronto, ni los continuos fracasos, ni el despido intempestivo del trabajo, de esa máquina de explotar al ser humano que era esa empresa fría y colosal. No le interesó ni cómo iba a hacer para seguir pagando el alquiler ni lo mal que le cayó la sopa de aceitunas que tomó en el almuerzo. Justo luego de su despido, un compañero de trabajo lo invitó a almorzar para que se le pasara el mal rato. Ya no le afectó nada, únicamente la ausencia de la foto. Una furia súbita (la tercera del día) se apoderó de él y fue ─de nuevo─ a la habitación de Raúl y empezó a buscarla, desordenando todo. Olvidaba Andrés que a Raúl jamás le interesó esa actriz, muy delgada para sus voluptuosos deseos. 

Dejó todo convertido en un desastre y volvió a su cuarto, al pasar por el pasadizo que llevaba a la sala sintió un olor, un algo extraño a su casa, a sus costumbres, un ¿cómo decirlo?, algo ajeno. Recordó la puerta abierta, la ausencia de la foto (¿quién robaría una foto?) de pronto se dio cuenta que él mismo había hurtado la foto de Atenea de la oficina de uno de los gerentes de la empresa donde trabajó. Se asustó, la casa no era muy grande pero tampoco pequeña, se sostuvo en la pared del pasadizo y meditó qué hacer. Sentía mucho miedo, buscó en sus bolsillos su teléfono móvil, lo había dejado en la habitación. Pensó en los vecinos de al lado, todos trabajaban a esa hora, para colmo él había cerrado con tres vueltas de llave la puerta y el llavero lo había dejado en su cama. ¡Llaves y teléfono sobre la cama! Se sintió clavado en el piso y empezaba a oscurecer. La luz había sido cortada por falta de pago desde hacía tres días. 

III

¡Qué ansiedad más dominante e indomable la que siento! No puedo más, Celeste no tendría que haber terminado nuestra relación, justo el día que le dije que la amaba. Durante dos meses resistí hacerlo y cómo me trataba, le faltaba poco para hacerse mi esclava, lloraba, me decía que la iba a odiar por tanto amor y yo que ya la quería no se lo decía por temor, y hoy que se lo dije, decide terminar conmigo. Lo único que sé es que quiero llorar, y no por ella, ni por Maribel o Frida, sino por mí, por no hacer nada bien. Sí, estoy seguro de ya no querer vivir más con tanto fracaso. Frida se fue porque yo la dejé por Maribel. Y ahora Celeste me desprecia ¡a pesar de todo lo vivido! Voy a llamar a mis amigos.

– Aló, ¿Mario? Hola, hermano, disculpa la hora ¿podemos vernos? Sí, sí, entiendo, ya, te llamo, adiós.

– Aló, ¿Abel? Disculpe señora Martha, disculpe la hora. Ah, Abel salió, entiendo, bueno. Buenas noches, gracias.

No están, no deben estar ninguno de mis amigos, sábado, entrada la noche, todos salen, no responden su teléfono ni revisan sus redes. ¡Necesito parar esta ansiedad! Voy a buscar a mis padres. Duermen siempre tarde.

– Papá, mamá…

– Hola, ¿no deberías irte a dormir?, tienes que cuidar tu salud, luego de viejo…

– Sí papá, es que no tengo sueño.

– No, pero nosotros sí y hay que dormir.

– Bueno, mamá, quería decirles que voy a salir.

– No demores, aunque sería mejor que durmieras.

– Ya, vengo más tarde.

No se dan cuenta y no sé cómo decirles, quería que ellos me preguntaran, pero creo que no me conocen lo suficiente.

 IV

Tres, tres o cuatro. Hablaban bajo, entre ellos iba también el que robara la foto de Atenea. Le reconoció la voz, aunque hablara muy, muy bajito. Los tipos susurrantes se iban acercando al sombrío escondite de Andrés. La vida es un susurro, pensó. La vida es un escondite ante la muerte. El pánico se apoderó una vez más de todo él. Lo insólito era que a pesar de sus nervios dislocados, lograba controlar su respiración para no guiarlos hasta donde estaba.

– Bueno, ya me aburrí de buscar.

– ¿Dónde se habrán metido?

– Era el hermano de Raúl.

– ¿Estás seguro?

– Claro.

– Bueno, regresemos, hay que limpiar todo e irnos.

Andrés iba a salir de su esquina, pero se contuvo. ¿Y si mentían para que saliera? ¿Por qué mejor no se quedaba allí hasta el amanecer? Era mejor morir. Pensó en Raúl, ¡metido en tantos líos, inimaginables para él! No lo conocía en verdad. Pobrecito mi hermano, pensó. Recordó la niñez. Lloró. ¡Está muerto como mis padres! Le remordió haber renegado contra él por lo de la puerta abierta, ahora sabía que esta vez no había sido él y que ya no lo haría nunca. De pronto se relajó y soltó sus dedos, desde que salió corriendo de la bodega en donde vio por última vez a su hermano, tenía los puños tan cerrados que se había dañado la palma con las uñas. Al abrir la mano derecha se dio con la foto de Atenea toda apretujada, la estiró y la planchó como pudo en la pared, vio sus ojos, así tenía que ser la paz, las ganas de vivir. Cerró los ojos, imaginó su voz, su piel; se tranquilizó.  

De la nada, sintió muy despacio, casi imperceptible, cómo alguien se acercaba hacia él, tembló, iba a guardar la foto en su pecho, bajo su camiseta, cuando de la oscuridad salió Gladys, ¡sí! Gladys, la novia de Raúl. Él la vio, su rostro familiar, se tranquilizó, ella tenía un celular en la mano. Él maldijo no tener el suyo consigo, podría haber pedido ayuda antes.

– ¡Gladys! ¿Cómo es que estás acá?

Ella no le contestó. Abrió el celular y dijo: Aquí está, frente a la fábrica, en el callejón, ciegos. 

Andrés no entendió bien. ¿Ella?, ¿Era cómplice de esos tipos?, sintió ganas de insultarla, de correr, de llorar. En segundos se vio rodeado de personas, nadie hablaba. Gladys se fue. Uno de los tres tipos que estaba más cerca de Andrés sacó una pistola y sin darle tiempo a pensar le disparó al corazón. La foto arrugada de Atenea Cáliz cayó en el charco de sangre que rápidamente se formó. Andrés bocabajo, murió a las dos de la mañana.

V

Tenía que hacer algo, si oscurecía, la situación se complicaría más. Recién podría pagar la luz al día siguiente. Aunque ahora que lo despidieron se llenaría de deudas, su mala situación podría prolongarse algún tiempo. Sin luz y con alguien en la casa, ¿qué haría? Pensó volver a su habitación. Quien estuviera en su casa, sólo podría estar escondido en el cuartito al costado de la puerta de la calle, o en el que fuera el cuarto de sus padres. En el primer caso, Andrés lo habría sorprendido justo cuando ya se iba a ir de la casa. En el segundo caso, continuaba registrando la casa cuando él llegó, ¿por qué? ¿Para robar qué? Nadie robaría una fotografía y nada más. Solo él ─pensó─, él sí lo haría. Él lo hizo. ¡Amaba tanto a Atenea!

Así que tomó la decisión de regresar a su dormitorio rápido y lejos de esos dos cuartos, posibilidades de temor para él, el peor miedo ─pensó─ es el que le tienes a algo que no conoces. Ni por un momento dudó. Tenía la certeza de que alguien estaba en su casa. Conocía su espacio muy bien. Corrió a su habitación, cruzó el cerrojo, buscó la llave; no estaba. Sintió cómo abrían la puerta de la calle ¡con su llave!, corrió, vio cómo un tipo cerraba la puerta, la abrió, salió corriendo detrás de este. Al doblar la calle, el tipo casi se le pierde entre la gente. De pronto se le había ido el miedo. Fuera de su casa no sentía temor, era su casa la que lo empequeñecía. Pensó que mejor era seguirlo sin que se diera cuenta, quería saber quién era, qué hacía en su casa y quería, además, ¡la fotografía de Atenea Cáliz!

Luego de andar dos cuadras el hombre se subió a un autobús, él subió también, pero por la puerta trasera. Se sentó bastante lejos de donde aquel que creía un ladrón lo había hecho. Eran más de las ocho de la noche y solo quedaban tres pasajeros: una señora, Andrés y el tipo. Se bajaron en el paradero final. El hombre jamás volteó ni dio a entender que se había dado cuenta de la existencia de su perseguidor. 

Caminaron cerca de quince minutos, por una zona no urbanizada, con algunas fábricas cerradas, oscuras. Andrés se mantenía a distancia prudencial y cuando ya no hubo gente en los alrededores tuvo que ir ocultándose cada cierto trecho. El hombre entró en una bodega, bajó al sótano. Andrés lo siguió. En realidad, parecía que el tipo no se había percatado de nada.

– ¡Te demoraste mucho! – Dijo una voz al hombre que Andrés siguió.

– Es que la casa de Raúl queda lejos.

¡Raúl!, Andrés se preocupó. Después de todo su hermano tenía que ver con la puerta abierta.

– ¿Y? – dijo el otro.

– Nada- mintió.

– Bueno, mejor, por lo menos no deja ninguna prueba en su casa. Al menos hubieras llamado antes de venir. ¿No hubo problemas en la casa?

– No (mintió).

– ¿Y eso?

El hombre había sacado la foto de su casaca y la miraba. La foto de Atenea Cáliz.

– Una foto que saqué de la casa de Raúl.

– ¡Imbécil! No debiste traer más de lo que te pedí.

Le arrancó la fotografía de la mano, la arrugó y la tiró cerca de la ventana por donde espiaba Andrés. Luego indicó que lo siguieran y se adentró en un pasadizo. 

Andrés metió la mano, logró abrir la ventana, se deslizó al interior del sótano y recogió su tan preciada imagen.

Luego, despacio, se dirigió hacia donde los otros se habían ido, para poder ver. Y vio, distinguió a su hermano, a las piernas de su hermano, estaba sentado, al parecer amarrado. 

Andrés no podía ver más desde su posición, lo reconoció por las zapatillas, por el pantalón.

– ¡Bueno, ya! – Dijo el hombre que arrugó la foto. El otro, el que Andrés había seguido, sacó un arma y disparó dos veces contra Raúl.

– ¿Y tú cómo sabes?

– Lo vi entrar a su casa y no pude salir hasta que…, bueno, es muy largo de contar.

– ¡Nos lo hubieras dicho!

Siguieron maldiciendo y apretando el paso por donde Andrés corrió.

Adentro, Raúl era desatado por unas manos femeninas. Libre ya, continuó con su muerte. 

VI

Andrés salió de su casa, cerró tras de sí la puerta con tres vueltas de llave y se dirigió a la avenida, quería morir, lanzarse sobre los autos y ser atropellado. Llegó a colocarse al costado de la pista, cada vez entraba más en ella. Varios chóferes lo insultaban. Otros se alejaban. Otros lo miraban con pena, les parecía un borracho, un joven perdido.

Llovía. Ya había estado así una hora, había caminado cinco cuadras, lentamente, sin decidirse, cuando vio que un camión se dirigía a gran velocidad sobre la pista. Tomó valor, se dispuso a lanzarse contra él. En ese instante sus padres, que lo buscaban desde hacía rato, algo en sus ojos y su voz los había intranquilizado, trataron de impedirlo, el padre resbaló en la lluvia, traía pantuflas, la madre lo sujetó. Andrés sorprendido se fue para un costado, todo tan rápido y en un segundo el camión había arrollado a sus padres. Parece ser que lo conocían aún más de lo que él creía. 

Una semana después del entierro, Abel y Mario, los amigos más cercanos de Andrés, de su época de colegiales, le consiguieron un trabajo en parte para animarlo un poco, pero también para que pudiera mantenerse junto con su hermano. Raúl estaba con unos tíos que habían llegado del Cusco para las ceremonias fúnebres. 

Nada lo hacía feliz, ni siquiera la presencia de Celeste en el velorio. La sensación de culpa lo atormentaba, solo él sabía lo que en realidad había ocurrido. Se compró un par de pantalones, dos camisas, una chompa, en fin, todo lo que a Mario se le ocurrió, se sintió un maniquí orgánico y a la vez un títere de alguien. Se probaba la ropa y luego se veía en un espejo, por fin, Abel lo rescató, escogiendo por él una chompa azul.

Al día siguiente y con las prendas nuevas fue a la entrevista del trabajo, lo hicieron pasar a una oficina. Estaba esperando a quien lo entrevistaría cuando la vio. Se quedó inmóvil y sintió algo que debía parecerse a la felicidad. Un rostro débil, suave, joven. Unas pestañas largas y delgadísimas, las cejas marcadas, ojos pequeños de mirada firme y una sonrisa triste, tontamente enigmática, se tendía a descansar en unos labios rojo oscuro y debidamente carnosos. El cabello largo. La vio hermosa. Y la robó. Robó la foto.

Al salir de la entrevista, su amigo Abel que lo había estado esperando junto con Mario y que no paraba de hablar, le preguntó: ¿Qué llevas allí?

– Mírenla, es la mujer más bonita que he visto en mi vida.

– ¿Sabes quién es? – Preguntó Abel.

– No.

–  Es Atenea Cáliz, ya tiene dos películas, y no son cualquier cosa. 

– Es una muy buena actriz italiana de origen portugués – instruyó Mario, que era aficionado al cine de autor.

– Pues es linda. 

Andrés le dio su carpeta de documentos a Abel y tomó la foto casi con ternura entre sus dos manos, caminado rumbo al paradero pensaba que así debería ser la mujer de sus sueños, de su vida, que esa mirada tierna y compasiva era la que él necesitaba. Ansiaba ver sus películas, saber todo de ella. Todo un mundo salía por esa mirada. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que había una forma de hallar la felicidad y era en los ojos de Atenea Cáliz.