La inmortalidad hacia atrás

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¿Alguna vez te has sentido distinto después de cerrar un libro? Como si algo –aunque  no sepas bien qué– hubiera cambiado dentro de ti.

La primera vez que fui alguien más, fue leyendo un libro, cuando me extraje. 

Cuando era niña, creí que los libros hablaban, no en voz alta, sino por dentro, como si dijeran cosas que nadie más entendía, como si quisieran confiarme secretos que no estaban del todo escritos. El primero que me habló fue: El Principito, tenía tapas suaves, dibujos simples, y una forma de tristeza que no asustaba: era una melancolía dulce, como la de extrañar sin saber aún qué es perder. Ahora con más soltura y un derecho que me creo, puedo escribirlo mejor. 

Con ese libro entendí, sin entender del todo, que hay cosas que se sienten antes de poder nombrarlas, que leer no es solo mirar letras.

 

Es abrir una puerta que no sabías que estaba cerrada. 

Fue la primera vez que me sentí un poco más vieja –independiente del tiempo, sino de haber comprendido algo que me excedía–, como si de pronto pudiera comprender algo que no era sólo mío, que venía de otro tiempo, de otro corazón, de otra mente.

 

Es una verdad, los libros nos expanden, nos comparten. 

Umberto Eco escribió que los libros son nuestros viejos, y eso no nada más es cierto, es una conversación que rompe todos los márgenes de tiempo, una forma de continuidad, leer un libro del pasado es como tener una charla con alguien de hace siglos, conversar y sin necesidad de ver conocer la génesis, como una genealogía del alma y ese acto nos vuelve menos huérfanos del tiempo. 

Leer es una forma de habitar otros cuerpos, otras vidas.

Y no lo escribo por el borde de las palabras: leer es entrar en otro cuerpo, sin traicionar el nuestro, es una forma de caminar con los pies de otro sin dejar de sentir nuestros tobillos.

Leer, en el fondo, no es sólo adquirir información ni entretenerse, es una forma de estirar el alma, cuando leemos, tocamos pensamientos ajenos con nuestra propia conciencia, y aunque puede parecerlo, no es sólo una metáfora bonita, de verdad, algo de nosotros cambia, se transforma, se alarga. Como si nuestro ser que a veces parece tan limitado al cuerpo, a la biografía, al presente, que pudiera volverse más ancho, más poroso. 

 Se dice que los libros nos hacen vivir muchas vidas, pero pueden hacer algo más radical incluso, nos hacen ser muchas personas, nos dejan habitar sensibilidades ajenas sin dejar de ser nosotros. Cómo leer a Píramo y Tisbe, y nos duele un amor que nunca vivimos. Leemos a María de Zayas, a Jorge Luis Borges, a César Vallejo, y de pronto tenemos heridas que no nos pertenecen, pero que sangran en nosotros como si fueran propias, o como leer a Julio Cortázar y sentirnos un ajolote.

 

Son todas nuestras posibilidades. El lenguaje no es entonces, nada más, una herramienta para comunicar, es además un espacio de transformación, una extensión del cuerpo, una piel nueva que nos permite sentir a través del tiempo. 

Las palabras escritas son una forma de memoria encarnada, que viaja más allá de la carne que las pensó. Es como si el lenguaje hiciera trampa al olvido, como si se negara a morir. 

Leer no es solo un acto de entretenimiento o adquisición de información; es una práctica profunda de resistencia contra el olvido, contra la erosión inevitable de la memoria individual y colectiva. Ahora mismo pareciera que se busca devorar el pasado con rapidez, la sobreabundancia de estímulos que distrae y fragmenta nuestra atención, la lectura sostiene un acto casi heroico: conservar.

Los libros, al preservar palabras y pensamientos, mantienen vivos los ecos de voces que de otro modo se perderían en la vastedad del tiempo, así, cada lectura es una pequeña reanimación, una forma de llamar a la memoria para que no desaparezca en el ruido constante del mundo. Pero no sólo memoria histórica: también memoria emocional, memoria existencial, lo humano, lo que fuimos, lo que otros vivieron y pensaron, se vuelve accesible y se entreteje con nuestra propia experiencia. Es una especie de inmortalidad –lejos de como se piensa– hacia atrás, en vez de proyectarnos al futuro, nos conectamos con las voces del pasado, con pensamientos que sobrevivieron al cuerpo que los pensó.

Pero esta inmortalidad no es porque los libros no detengan el tiempo; es porque lo expanden hacia los bordes de la experiencia humana, hacia aquello que no pudimos ser pero que; sin embargo, nos compone. Hay algo radical en abrir un libro y sentir que una frase escrita siglos atrás nos nombra con precisión, entonces la lectura nos confronta con la fragilidad de la existencia, con la finitud del ser, pero a la vez nos ofrece la posibilidad de extender esa finitud hacia horizontes más vastos, cada libro leído es, en ese sentido, un fragmento de vida que se añade a la nuestra. Nos hace más largos, más profundos, más capaces de sostener preguntas y certezas que no nacen con nosotros, pero que podemos hacer nuestras y no por posesión.

Es además, una forma de rebelión ante la amnesia que va emergiendo con la digitalidad, donde la velocidad y la superficialidad suelen imponerse, en ese contexto, leer con atención y profundidad se vuelve un acto político, un acto ético. Resiste la imposición de lo efímero y protege la densidad del pensamiento, la riqueza del lenguaje, la complejidad de las emociones, la historia. La lectura es una resistencia en sí misma, porque posee las palabras de alguien.

Leer prolonga la vida no nada más porque nos ofrece otras, sino porque nos recuerda que la nuestra no está sola, que estamos hechos de palabras escuchadas y dichas, que los cuentos de nuestra madre permanecen, que tal vez no podamos detener el olvido, pero podemos retratarlo, escribirle, desafiarlo.

Cuando uno cede en la lectura y en la escritura, ingresa a un nuevo hogar del ser, del que en realidad, jamás se había ido.