La memoria de las cosas
Mi silencio grita la ausencia,
palabras vacías, letras mudas,
en el bolsillo no está la llave,
toco la puerta, no abren
una vez más, toco la puerta y ella no existe.
A través de este poema hablé sobre las puertas; estos versos tienen por ocasión la ciudad de Toluca, donde fueron gestados, en este caminar del mundo de la crónica, porque reitero que la crónica se platica, se camina y se escribe como testimonio fehaciente de que estuvimos en ese momento. Toluca alberga muchas puertas antiguas, cuya particularidad es su altura. Las puertas amplias no solo eran un detalle; su altura se debía a que las entradas daban acceso a los carruajes y caballos, así como a la mercancía que se almacenaba dentro de las casas. El tamaño de las puertas también denotaba estatus social.
Dentro de estas enormes puertas existe una pequeña puerta llamada postigo; su función era abrir de forma más sencilla para no tener que abrir las puertas grandes. A su vez, estas puertas se acompañaban de una aldaba, que es una pieza de metal, hierro o bronce ubicada en la parte de afuera de las puertas para llamar a las personas de la casa dando golpes con ella. A propósito de las aldabas, en días pasados, mientras caminaba sobre la calle de Bravo, antes de llegar a la calle Santos Degollado, observé que la hermosa aldaba que adornaba la puerta del Museo Nishizawa ya no está; la robaron. Es sin duda una noticia lamentable porque muestra la carente educación de las personas que destruyen el pasado que no les pertenece.
Volviendo a la Toluca de las casas antiguas, la modernidad trajo consigo la llegada del automóvil y quitó la necesidad de que las puertas fueran tan grandes; es por ello que cada vez las puertas eran más pequeñas, tal como las conocemos ahora. Caminar por las calles de Toluca requiere de atención a los detalles que guardan sus casas antiguas, los portones, faroles, balcones y las grandes ventanas, porque todas ellas guardan una memoria.
Si bien es cierto que las grandes casas antiguas no pueden ser reconstruidas porque el INAH no permite éstas, ya que las casas son patrimonio cultural, sí podemos cuidar lo que actualmente existe. En días pasados escuchaba en la plática sobre la antigua Toluca, a un amigo historiador decir que la Toluca que conocemos está cimentada sobre demoliciones, por todo lo que desapareció o fue sepultado para que hoy la ciudad se vea como la observamos. La Plaza de los Mártires, antes llamada Plaza Mayor, era una gran plancha con bastantes árboles. Hoy tenemos una plaza de los Mártires repleta de árboles que fueron plantados y que, por cierto, al igual que la Alameda y el parque Zaragoza, el gobierno decidió que para dar una buena imagen era necesario plantar muchos árboles; ahora las consecuencias las pagan con la infestación de roedores, situación a la que no se le ha dado solución.
Entonces, ¿por qué digo que las cosas tienen memoria? La respuesta es porque las cosas son como contenedores, cápsulas en las que se quedan guardados nuestros recuerdos. Cuando vamos caminando y observamos un negocio de comida, no vemos solo un simple negocio, sino el lugar a donde solíamos ir a comer con nuestros amigos, con una pareja, con nuestra familia, y a este recuerdo se suman personas, recuerdos de la forma en que vivíamos en ese tiempo, de cómo era nuestra apariencia en esos años, el perfume que usábamos, la ropa.
Las cosas dejan de ser simples cosas y pasan a ser recuerdos. Lo mismo sucede con las calles, las casas, los mercados; cada uno contiene aspectos que nos remontan a otro tiempo. Al recorrer un mercado, este deja de ser una fachada; se convierte en el recuerdo de las abuelas que nos llevaban a ese lugar, los juguetes que nos compraban cuando éramos niños, el olor de la comida que nos recuerda cómo eran los domingos en la casa de la abuela.
Cada cosa y objeto tiene memoria; es el deber no sólo del cronista recuperar esa memoria, también de la sociedad el preservar estos lugares. No nos quitan algo al existir, tampoco nos pertenecen; por ende, no debemos atentar contra algo ajeno. Y sobre la aldaba que robaron del taller Nishizawa solo queda la fotografía que tomé hace algunos meses, ya es recuerdo.

