La muerte

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Querido y aguzado lector, estos días, algunos mexicanos recordamos a nuestros seres queridos que han fallecido, aunque siguen presentes en nuestra vida, a través de su memoria, en nuestro corazón, porque el amor por ellos jamás se termina.
Una conmemoración que se ha vuelto más una celebración, una fiesta, pues como escribió el politólogo mexicano Jorge Carrión en su libro Mito y magia del mexicano, en nuestro país tiene mayor importancia el valor sociológico que la autenticidad del testimonio, es más importante cómo la sociedad va transformando estos testimoniales, según su tiempo y dándoles un nuevo sentido, significado.
Pasamos de las ofrendas en las casas, las noches de vela en el panteón, a festivales, paseos de catrines y catrinas, ferias, días de disfraces de personajes siniestros o diabólicos. Carrión explica en el primer capítulo de su libro cómo es que a través de la colonización y el mestizaje, los relatos, mitos y el pensamiento pre colombino o como él lo llama el pensamiento prelógico mágico, se transforma después de la conquista española.
La magia, como él la llama, de los pueblos primitivos es miedo a lo sobrenatural, la carga afectiva con la que se miran los sucesos incomprensibles. Probablemente ahí debamos entender nuestro gusto o cariño por lo sobrenatural que rodea nuestra cultura, en especial aquello que gira entorno a la muerte.
Muchos de los relatos que siguen prevaleciendo desde épocas primitivas de nuestro país, tienen que ver con el sufrimiento, la muerte, sucesos que probablemente tuvieran explicación pero que en ese entonces no había forma de darles respuesta, lo que denominó Carrión como la afectividad reductora y apasionada del indígena. Al no saber a dónde van nuestros muertos, qué pasa cuando uno muere, entonces se explicaba que uno debe cruzar un río, pasar por los siete cielos, y en la tierra, los vivos ofrendan comida para el viaje.
Además de las paradójicas asociaciones, en torno a lo religioso, los dioses y después con la colonización, en los sacerdotes. Los que ofrecían sacrificios a los dioses, los que a través del uso de yerbas se convertían en visionarios, hombres con poder de decidir y guiar a toda una cultura. Y como mencionaba al principio, cómo pese a la colonización no se perdió sino que se transformó la idea de las ofrendas a los muertos.
Principalmente esta idea de que la muerte es luto, dolor y se convierte en fiesta, algarabía , en remanso e incluso un retorno al seno maternal como explica Carrión, en el caso de aquellos para quienes la vida es despojo, miseria y dolor, la muerte se vuelve consuelo. Entonces así interpretar y dominar el mundo circundante y oscuro, afectivo misterio.
Carrión cita al periodista, escritor, editor e historiador mexicano Fernando Benitez, cuando dice que el mestizo se le engendra con violencia y sin alegría, con dolor viene al mundo. Entonces de ahí podríamos entender esta afectividad casi filialidad con la muerte; de ver como parte de la vida, la violencia: solo así podríamos comprender tantos años de tolerancia a la muerte y la violencia; cuando hoy hay personas que adornan sus casas con bultos simulando personas embolsadas, encobijadas, manchas de sangre por doquier, acordonar como si fuese una escena de crimen. Cuando en otros lugares del país aparecen cráneos humanos, cuerpos cercenados, torturados hasta la muerte.

Anegados de sentimientos, poseídos de las sobrevaloraciones afectivas en las que nace la magia, los mexicanos a veces no podemos superar nuestras circunstancias y nos entregamos a la cómoda tarea de hacer consciente, en forma de amuletos y mexican curios, nuestro impulso mágico.

Y eso es lo que nos salva, lo que nos caracteriza e incluso nos enorgullece de nuestra cultura, de ser mexicanos: el colorido, la musicalidad, la burla, el volver un juego algo tan importante como la muerte. Al fin que la vida, no vale nada.
…el mexicano que no teme a la muerte que la hace un juguete gracioso o una azucarada golosina. Símbolos que resignificamos no sólo en los juguetes, comida, en la televisión, en los contenidos mediáticos e incluso en el arte.
Así es como llegamos a través de sobrevaloraciones afectivas tenemos ese retorno a la vida mágica que dice Carrión, que en un determinado momento se mezcla con la religiosidad y resulta en aquello que llamamos religión.
Ese retorno brevísimo a la esencia primitiva, mágica, cargada de sentimiento, emociones y pasión de lo que se fue, de lo que aún se es, una caricia a esa naturaleza de nuestro ser como mexicanos, pertenecientes a una mezcla de pueblos.
Querido y aguzado lector, que sirva este breviario para revalorar nuestras expresiones culturales, sin ánimos de radicalismos, xenofobia o racismo, al contrario, abrazar el mestizaje pero sobre todo, sin olvidar la esencia del México primitivo.

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es una palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.
Octavio Paz.

FUENTES
Carrión, J. (1971). Mito y magia del mexicano un ensayo de autocrítica. (3. a ed., p. 9, 10,18, 19, 20) México: Editorial Nuestro Tiempo S. A. Recuperado de http://ru.iiec.unam.mx/2313/1/MitoYMagiaDelMexicano_.pdf