LA PASIÓN NO SE ENCUENTRA SOLAMENTE: SE CONSTRUYE.

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Hay personas que parecen iluminarse cuando hablan de aquello que aman. Su mirada cambia, su voz adquiere entusiasmo y el tiempo parece transcurrir de otra manera. Puede ser la música, la enseñanza, la naturaleza, la ciencia, el arte, la cocina o el cuidado de los demás. No importa tanto la actividad como el significado que adquiere para quien la realiza. Esa energía que nos mueve, que despierta nuestro interés y nos invita a comprometernos con algo valioso tiene un nombre: pasión.

La pasión forma parte de las experiencias humanas que enriquecen nuestra existencia. Sin embargo, solemos imaginarla como una emoción intensa que aparece espontáneamente, casi como un descubrimiento inesperado. En realidad, también puede desarrollarse lentamente, alimentada por la curiosidad, la práctica, el aprendizaje y la dedicación.

Desde la filosofía, Aristóteles consideraba que una vida plena no consistía únicamente en experimentar placer, sino en desarrollar nuestras capacidades y actuar de acuerdo con aquello que consideramos valioso. Su concepto de eudaimonía, frecuentemente traducido como florecimiento humano, nos recuerda que el bienestar también surge de participar activamente en una vida con significado.

La pasión puede contribuir a ese florecimiento cuando nos acerca a nuestros valores y nos permite desarrollar lo mejor de nosotros mismos. No se trata de vivir permanentemente entusiasmados, sino de encontrar actividades y compromisos que merezcan nuestra atención, incluso cuando requieren esfuerzo.

La psicología contemporánea ha profundizado en esta relación. Robert Vallerand, investigador canadiense, desarrolló el modelo dual de la pasión, que distingue entre dos maneras de relacionarnos con aquello que amamos.

La pasión armoniosa aparece cuando una actividad importante se integra libremente a nuestra identidad y convive de manera saludable con las demás dimensiones de nuestra vida. Podemos disfrutarla intensamente sin descuidar nuestra salud, nuestras relaciones o nuestras responsabilidades.

La pasión obsesiva, en cambio, surge cuando sentimos una presión difícil de controlar para realizar determinada actividad. Aunque puede producir entusiasmo y logros, también puede generar conflictos, agotamiento y dificultades para desconectarnos.

Esta distinción es fundamental: no todo aquello que nos apasiona necesariamente favorece nuestro bienestar. Importa también la manera en que vivimos esa pasión.

Desde la neurociencia, sabemos que la motivación y el aprendizaje involucran circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, especialmente aquellos en los que participa la dopamina. Este neurotransmisor no es simplemente una sustancia que produce placer; interviene también en procesos de motivación, anticipación y aprendizaje.

Cuando una actividad despierta nuestro interés, podemos sentirnos impulsados a explorarla, mejorar nuestras habilidades y continuar aprendiendo. Con el tiempo, esa dedicación puede fortalecer nuestra sensación de competencia y satisfacción.

Aquí encontramos una relación con la teoría de la autodeterminación de Edward Deci y Richard Ryan. Sus investigaciones destacan tres necesidades psicológicas fundamentales: autonomía, competencia y vinculación. Una pasión vivida de manera saludable puede nutrirlas cuando elegimos libremente lo que hacemos, experimentamos progreso y compartimos nuestros intereses con otras personas.

Pero existe otro aspecto especial: la pasión puede transformarse a lo largo de nuestra vida.

Aquello que nos entusiasmaba a los veinte años quizá sea diferente de lo que nos inspira a los cincuenta, sesenta u ochenta. Nuestras circunstancias cambian, descubrimos nuevas capacidades y encontramos significados distintos.

Una persona puede descubrir su pasión por la jardinería después de jubilarse. Otra puede encontrar en el voluntariado una nueva forma de contribuir. Alguien que dedicó décadas a su profesión puede comenzar a disfrutar profundamente la pintura, la escritura o el aprendizaje de un instrumento.

No necesitamos encontrar una única pasión que nos acompañe para siempre. Podemos tener varias, desarrollarlas en diferentes momentos y permitir que evolucionen con nosotros.

Además, no todas las pasiones necesitan convertirse en profesiones ni generar ingresos. Algunas encuentran su mayor valor precisamente en la libertad de realizarlas por el placer y el significado que nos proporcionan.

Desde el modelo de bienestar integral SPIRE, desarrollado por Tal Ben-Shahar, podemos comprender que la pasión dialoga con diferentes dimensiones de nuestra existencia. Puede nutrir nuestro sentido de vida, estimular el aprendizaje, favorecer experiencias emocionales positivas, fortalecer vínculos y, cuando se vive equilibradamente, contribuir también al bienestar físico.

La pasión puede unir aquello que somos con aquello que hacemos.

Una de sus expresiones más generosas aparece cuando la compartimos. Un maestro apasionado puede despertar la curiosidad de sus alumnos. Una persona que ama la naturaleza puede inspirar a otros a protegerla. Quien disfruta profundamente su trabajo puede transmitir entusiasmo, dedicación y compromiso.

La pasión no siempre se manifiesta mediante grandes proyectos. También puede habitar en los pequeños actos cotidianos: preparar con cariño una comida, cuidar un jardín, acompañar a alguien, enseñar algo nuevo o dedicar tiempo a una actividad que nos hace sentir presentes.

Con frecuencia buscamos una vida apasionante imaginando acontecimientos excepcionales, cuando quizá podemos comenzar por recuperar nuestra capacidad de interesarnos, aprender y comprometernos con lo que tenemos cerca.

Vivir con pasión no significa hacer todo intensamente, sino encontrar aquello que merece nuestra energía y dedicarle una parte consciente de nuestra vida.

La pasión, cuando se acompaña de equilibrio, libertad y significado, no necesita consumirnos para transformarnos. Puede convertirse en una fuente de vitalidad, crecimiento y conexión con los demás.

La pasión se siente, se vive, se experimenta, se cultiva, se expresa y se comparte. 

Se siente cuando algo despierta nuestro entusiasmo y establece una conexión profunda con lo que valoramos. Se vive cuando ese interés encuentra un lugar en nuestra existencia y nos impulsa a dedicarle tiempo y energía. Se experimenta en las emociones, los pensamientos y las sensaciones que acompañan aquello que disfrutamos. Se cultiva con curiosidad, paciencia, aprendizaje y perseverancia, porque no siempre nace de manera espontánea: también puede crecer con nosotros. Y adquiere una dimensión especialmente generosa cuando se comparte, cuando nuestro entusiasmo inspira a otros, despierta nuevas inquietudes o contribuye a enriquecer la vida de quienes nos rodean.

La pasión no consiste solamente en amar profundamente lo que hacemos, sino también en aprender a poner amor, presencia y significado en aquello que elegimos vivir.