La Pena de Perder

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“Algunas personas se levantan por la mañana y, antes de comenzar el día, cargan su propia maleta angustias, sus penas, van ubicando en los rincones vacíos algunos recuerdos negativos, un poco de culpa, miedo al fracaso y, aunque ya esté bastante pesada, siguen agregando sensaciones a la maleta, estirada y vieja.”

Fragmento del libro “Francesco” de Yohana García

 

Hace pocos días afanosamente en nuestro país, se dio cita a la celebración de la vida y la muerte; el recuerdo de nuestros fieles difuntos, de aquellos que se nos han adelantado en el camino. Celebrar a la muerte con mucha vida (paradoja), es un acto solemne en México: tumbas pletóricas de color, flores, luz, estética; grato es observar como nuestras tradiciones conservan ese tinte familiar que tanto permea en la idiosincrasia mexicana.

Ante esta realidad latente y trascendental en nuestro país tenemos un dilema; desde la época prehispánica rendirle culto a la muerte, es una forma de dar extensión a la propia vida, el refranero mexicano dice que “mientras se encuentre presente en nuestro recuerdo, no morirá del todo”; cierto; el dolor muy poco entiende del olvido, los brazos de la melancolía dan luz a la vida de nuestros seres queridos que han dejado de existir físicamente en el mundo; a la muerte se le baila, se le satiriza, se le viste de verbena y se le entonan piezas literarias para hacer que nuestros huesos sean las sonajas de un cortejo fúnebre que llega a ser jolgorio.

Octavio Paz afirmaba sobre este hecho característico en la cultura del mexicano que: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; más al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía”.

Costumbre que tiene una bipolaridad en el ajuar del mexicano, por una lado se le ríe, se le celebra e incluso se le sacraliza; por otro lado se le duele, se le reclama y se le carga en los pasos de la vida con dolor y pena de melancolía. Para el mexicano la muerte es una realidad que pretende no cruzar; pero una vez instaurada en nuestra vida (diáfana contradicción) la cargamos como lapida, la llevamos como cruz nazarena a cuestas en el calvario del dolor, por la pérdida de una extensión de nuestra vida (algún familiar, un ser cercano y querido) que la trémula muerte nos ha arrebatado para dejarnos solos con el recuerdo de las ceras que se consumen dando luz al pensamiento y dirección a los suspiros de melancolía que abrazan con dulzura a los seres que ya no están físicamente, pero que ahora en recuerdo han de ocupar el sitial de la inmortalidad.

Afrontar la pérdida en el ser humano es sin duda, una de las materias más complejas en la existencia; los sentimientos nos carcomen, los recuerdos absorben el pensamiento y van bebiendo de a poco la vida. Y es que esto es así, las caras de la moneda se presentan siempre en nuestra vida. ¿Cómo afrontar una perdida, cuando pocas veces se valora lo que se tiene? ¿Qué misterio más grande en el ser humano que el de la vida y la muerte?

En esta etapa de nuestra existencia, en donde se habla de la gran ciencia del hombre; en donde el empoderamiento es sinónimo de modernidad y que la auto ayuda es una de las más virtudes más sobresalientes del ser humano, no debemos dejar de lado que hay cosas que nunca se olvidan, que se ocultan sigilosas en el baúl de los recuerdos, que van dejando una huella o cicatriz en nuestra existencia y que esta; va moldeando nuestro actuar frente a los que nos rodean, nos va germinando una personalidad, y le va dando rostro a nuestras emociones poniéndole luceros a la fragilidad humana.

Y es que nadie está preparado para afrontar una pérdida, no estamos preparados para perder porque para ello no hemos sido educados; hemos sido codificados como agentes vencedores, que buscan ganar, obtener y sobresalir, los psicólogos dicen sin embargo; que hay que aprender a perder, que siempre es sano perder para ganar, que es necesario conocer el dolor para reconocer el significado de la alegría, pero a ti amigo lector ¿te gusta perder?

El duelo es una palabra que engloba quizá los sentimientos del ser humano, pues a través de sus etapas el hombre se va compenetrando en lo más íntimo de su ser, se va conociendo y va aprendiendo a observar el mundo desde un punto de vista diferente; perder suele ser doloroso: genera un vaivén de emociones, de bloqueos; pues a pesar de que se entiende que en la vida no siempre se gana, lo cierto es que nadie escapa a las reacciones de una perdida material, emocional, afectiva o humana.

Reza el dicho mexicano que “recordar es volver a vivir”; el problema es ¿qué se estaba viviendo o cómo se está viviendo? Nada es para siempre en esta vida, los momentos más agradables se convierten en centinelas fugaces que piden en el umbral de nuestra existencia, una madeja que de extensión a su propia vida.  Recordemos que los panteones están llenos de buenas intenciones, replantemos qué es lo que estamos haciendo en nuestra vida, con nuestros semejantes, qué cosas no hemos aprendido a soltar.

¿Será que la sátira a la muerte, no es más que una de las máscaras mexicanas? Qué bello es vivir con el recuerdo permanente de nuestros seres queridos, aglutinar anécdotas, celebrar el paso de este mundo a uno mejor, reconocer a la manera cristiana que “hay que morir para vivir”, pero hagámoslo con buenas experiencias en los que nos rodean; aprendamos a ser arcoíris en la vista de los demás, que la vida sea la más sublime obra de arte y de valentía. En los umbrales de un mundo lacerado solo hay un trecho por hacer y eso es tarea de todos: vive y deja vivir, vive siendo aire, vive y has que tus difuntos sientan el orgullo de pertenecer a tu linaje. Recuerda: no somos eternos en la tierra.