La princesa blanca Cuento corto

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La princesa blanca ha emprendido el viaje, de sueños y anhelos, formó su equipaje.

Buscando entre los baúles guardados en el ático de la casa de mi bisabuela, encontré muchas cosas, pero lo que más llamó mi atención fue un cuadernillo, de muchos años, ya que al abrirlo las hojas se partían, así que cuidadosamente lo guardé. Había también flores secas anudadas con listones y encajes, botones, prendedores, camafeos, y muchos adornos pequeños que supuse eran para el pelo, todo tenía muchísimos años, pero a mí, me gustaba hurgar en los cajones, baúles y roperos porque siempre encontraba algo interesante entre sus cosas.

Esta vez el cuadernillo o especie de diario, contenía una hermosa historia de amor como las que ya no existen o desconozco. Comenzaré como todos los cuentos de Princesas:

Érase una vez en un castillo donde habitaba una hermosa Princesa con sus padres. No, esto no es así, no era un castillo, pero en esa casona de piedra si habitaba una hermosa joven con sus padres, nobles, pero ahora sin riquezas, únicamente tenían para vivir y darle una vida cómoda a su hija hasta que contrajera matrimonio.

La Jovencita siempre salía a la Iglesia acompañada, algunas veces por sus padres y otras con su Nana, que había estado con ella desde que nació y dada la precaria salud de su padre, ella siempre se encargaba de hacerlo y de cuidarla.

Ellos vivían en una pequeña villa, alejada, y siempre llegaban a ella mercaderes que traían de lejanos lugares, muchas cosas para vender a la gente de todas las villas circundantes.

El mercader de telas ya había notado la presencia  de la joven y estaba impresionado, pero ésta ni siquiera una mirada le dirigía. Así todos los jueves se habían hecho costumbre que ella visitara el mercadillo. Había un motivo especial, dentro del mismo, que a la joven le interesaba, había otro mercader, joven, atractivo, que vendía porcelana, libros, y otras vituallas, y ese era el verdadero interés de la jovencita. A ella le encantaba leer, pero todo lo que tenía ya lo había repasado infinidad de veces y es por eso que había llegado hasta los libros. Al ver al joven se quedó prendada de él y sus ojos moros se habían clavado en su alma. Cuál sería su sorpresa que en uno de los libros que comprara había una tarjetita donde le decía: Es usted una Princesa, la más hermosa que mis ojos hubieran visto. Se conformaban con sólo verse y tocarse la punta de los dedos en cada saludo.

El mercader de telas, dio cuenta de lo que ocurría, era tanto su enojo y como el joven de los libros viajaba con él, en su embarcación, lo visitó para decirle que era el último viaje que haría.

De repente, la jovencita dejó de ir al mercadillo, realmente se extrañaba su presencia.

El joven de los libros extrañado por su ausencia llegó hasta la casa de piedra para verla y pudo enterarse que el padre de la bella chica  había fallecido.

Dejó pasar unos días y llegó hasta la puerta de la casona para pedir ver a la joven con el permiso de su madre. Pero no era tan fácil que su madre accediera a  las peticiones de un desconocido. Lo que él no sabía era que el padre de la joven y el mercader de telas habían llegado al acuerdo de un matrimonio arreglado. Ella estaba desesperada y burlando la vigilancia de su nana, salió a escondidas de su madre para ver al joven del que estaba totalmente enamorada. Esa mañana lloró sobre los brazos amados contándole su desgracia. Dentro de dos días la embarcación salía y ellos habían acordado escapar para hacer realidad sus sueños.

Ella salió sigilosa de la casona que la había albergado durante veinte años. Realmente se sentía acongojada por su partida pero sus sentimientos de amor eran más fuertes.

La tempestad inundaba las pequeñas calles de la villa, pero nada la detendría en llegar a la embarcación, cuidaba que nadie la notará. Se encontrarían en un punto donde él la esperaría. Temblando y con mucho frío, se encontró en una parte de la cubierta con el amor que la esperaba impaciente. Al fin estaban juntos, un cerrado abrazo los unió. Realmente se amaban, la Princesa Blanca al final estaba en sus brazos, y abundantes lágrimas rodaban por sus mejillas. Sus cuerpos temblorosos se abrazaban una y otra vez. Él le prometía que en ésta y otra vida siempre, siempre la amaría, y se lo prometía en el nombre de Dios. Aunque pasaran los siglos, el tiempo eterno, su amor, trascendería todos los tiempos y espacios. Cerraban sus ojos y la tempestad azotaba tan fuerte que parecía que la embarcación naufragaba.

La cubierta estaba llena de todos los mercaderes, que asombrados, miraban el cuerpo que yacía sobre la cubierta y junto a él la joven mujer. Unos pasos atrás con una daga en la mano, se encontraba el mercader de telas. El joven de los ojos moros, había emprendido el viaje y junto a él, su amada elevaba una oración y prometió esperarlo en otro tiempo y espacio, con el permiso de Dios.

La princesa ahora vive

en este tiempo y espacio, y ha sido

prisionera de otro amor y otros brazos,

pero los recuerdos quedan

y las promesas se cumplen.

Y allá en el silencio eterno, en donde

se descorre el velo…

Dos almas se han encontrado entre

las brumas del tiempo,

aunque pasaron los siglos,

no se borraron las huellas

del amor del hombre noble

y aquella blanca princesa.

@laura