LA REBELIÓN DE LAS TRIBUS DIGITALES

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¿Qué tienen qué ver los algoritmos de las redes sociales, la iniciativa de regulación de las redes sociales, la elección de “take it or leave it” de la nueva política de privacidad, el surgimiento de las tribus digitales y las nuevas tendencias de fidelización de los tiktokers? … por supuesto mucho más de lo que estos conceptos por sí mismos requerirían un análisis propio y que, en el marco del título de esta colaboración, posiblemente puedan dar la idea para la producción de un thriller.

Conforme avanza la estructura de las plataformas digitales, aparentemente cada una va generando un nicho en función de las necesidades de sus usuarios, al punto que parecería que logran identificar y clasificar a los internautas en función de los datos que recolectan sobre ellos y sus hábitos y actividades digitales, es decir, prácticamente la experiencia digital se vuelve más predecible en función de los intereses en juego, que no se limitan a lo comercial, pero que si cuentan con un factor preponderante en la selección de acciones.

Por ello, la gestión de las libertades se vuelve un tanto discutible si analizamos las interacciones en función de una prospectiva comercial, único límite que encuentra la vinculación social de las plataformas, que eventualmente conforme los términos y condiciones de desenvolvimiento limita la posibilidad de monetización, o, inclusive evita que el tráfico de dicho contenido pueda contar con interferencias válidas en torno a la legitimidad originaria que tienen las plataformas para la explotar comercialmente la base de usuarios con independencia de las interacciones orgánicas, esquema no regulado, que requiere un análisis más detallado para definir, paradójicamente, cuál es el límite o los alcances del modelo comercial o de la explotación económica que puede tener una empresa sobre la propia infraestructura que ha desarrollado.

Éste es uno de los varios problemas que sin duda justifica la necesidad de regulación de las redes sociales tal cómo se ha planteado actualmente en el ámbito federal por el Senador Monreal, no obstante, regulación no representa desde mi punto de vista sinónimo de legislar, ni tampoco la existencia de una necesidad, implica que sólo uno de los actores involucrados pueda lograr una solución válida, por lo cual, si bien se considera que la iniciativa referida en el fondo cuenta con un gran valor, no necesariamente implica que dicha iniciativa se agote o deba surgir desde la legislación nacional, sino que, eventualmente debería buscarse la conjunción de hilos sobre el tema por parte de las organizaciones existentes, como sería el caso del Foro Global de Gobernanza de Internet, respaldado por países y organizaciones a fin de determinar directrices en función de los problemas identificados y, a partir de ahí, iniciar un proceso de búsqueda de mecanismos de contención que a su vez, den espacio para acciones correctivas para una mejor gobernanza de internet, basados en las reglas existentes, y a partir de dichos consensos, que los gobiernos cuenten con un marco de actuación modelo y homologado que les permita determinar responsabilidades de lo digital en sus jurisdicciones, proceso que si bien, ciertas organizaciones económicas internacionales han impulsado, se estima que deben buscarse aproximaciones que en estos momentos y en la ubicuidad del internet, logren posturas sobre la decisión asertiva conforme al contexto identificado.

Es decir, valdría la pena que antes de proponer legislar en el ámbito doméstico, los elementos de cualquier propuesta pasen por el crisol de la gobernanza de internet, a fin de que la propuesta pueda ser sometida y transformada en función de una perspectiva multistakeholder, sin perjuicio que en el ámbito interno se puedan identificar mecanismos para que las voces de los stakeholders mexicanos, independientemente de que se trate de agentes del gobierno, pueda también influir en las decisiones sobre cómo funciona el internet para hacerlo un espacio, en este caso respecto al atributo identificado, como “más justo” y, en función de dicho papel, empezar a trasladar formalmente funciones específicas para los gobiernos en el ciberespacio.

Esto es así, puesto que empezamos a advertir que las plataformas en su proceso constante de transformación creen haber identificado y consolidado un modelo de negocio propio (que, como he señalado antes correría el riesgo de colapsar en caso de seguirle apostando a un modelo no favorecedor de la privacidad desde el origen, no privacidad por diseño, ni privacidad por defecto, ya que dichos mecanismos están confeccionados desde las tendencias comerciales actuales), lo que provoca que en ciertos hitos, se jueguen el todo por el todo, y que, eventualmente se enfrenten a que es nuevo paradigma que ellas sentían como cierto, pueden desmoronar como un castillo de arena en la orilla del océano desde una simple marejada, así de importante, a su vez, es la gestión de la privacidad de los usuarios al momento que, al igual que en la democracia, ejercen su poder originario de elección de otras opciones comerciales frente a un cambio de políticas que devela la restricción de las libertades o el acotamiento de las funcionalidades de un aplicativo al ámbito comercial, cuando se tenía la expectativa de uso para fines de comunicaciones, es decir, el éxodo de plataformas de mensajería cuenta con un origen mucho más profundo que el del cambio de políticas y/o el uso de los datos, sino que es el reflejo del fin del hechizo de los servicios gratuitos y/o de las finalidades que las personas creían evidente respecto de ciertos servicios, como en el caso de las redes sociales, que han descubierto que la finalidad no es generar una comunidad, sino explotar una base de usuarios para fines comerciales.

En ese devenir de sucesos, la rigidez de los algoritmos se siente de manera desmedida puesto que más allá de la burbuja social que se genera, o, a la par de los hábitos de consumo, una prospectiva comercial agresiva en función de una torpe selectividad (puesto que, ente la compra de uno o varios insumos, la publicidad debería identificar si una necesidad ha sido satisfecha o hay la oportunidad de extender o aprovechar la necesidad para la venta de insumos adicionales), que actualmente lastima la experiencia del usuario y que inclusive puede volverse un factor adicional para el éxodo hacia nuevas experiencias.

Sin embargo, como cualquier expresión natural, en el marco de la dinámica social o cultural encontramos aquellos esquemas van contracorriente en el algoritmo que en ámbito de la mercadotecnia han abierto espacios clandestinos para promover las ventas y luchas contra el modelo establecido, las denominadas como tribus digitales que a través de dinámicas y segmentaciones logran manejar las tendencias en las redes como mecanismos para aprovecharse de los algoritmos que por diseño van en contra de los intereses que favorecen las relaciones comerciales y a la vez, logran generar relaciones que trascienden el modelo de las redes sociales a través de entramados digitales que únicamente se sirven de estos mecanismos en su modalidad inicial de hosting, y, mediante dinámicas sociales retan la estructuración de los algoritmos.

Bajo ese esquema, más allá de las etiquetas que se generan entre las distintas tribus y su crecimiento orgánico en ciertas plataformas que aparentemente les resulta afines a su desenvolvimiento, la reflexión que surge atrás de la socialización que surge por encima de la neutralidad digital, tal como la vida se abre paso por el desierto, es en torno a la economía digital ¿cómo asegurar mecanismos de libre comercio que interactúen entre ellos, haciendo uso de mecanismos privados que en conjunto tienen por objeto desarrollar un entorno común? ¿en qué medidas las plataformas deben permitir las libres relaciones con independencia de la inversión y propiedad sobre aquella infraestructura física y digital creada en el ciberespacio? Hasta la próxima.