La reina

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Hubo una vez  una Reina sin castillo, sin súbditos y sin corona  quien llegó a estas tierras seguramente desde otros espacios y tiempos. Eso sí, llevaba consigo un cargamento precioso: cuatro princesas hermosas y dos apuestos príncipes. Había que ganarse un reino o ya sin muchas pretensiones, un lugar dónde vivir.

Caminaron por tierras desconocidas, las princesas estaban agotadas y ayudaban a la Reina con sus pequeños hermanos. Los atacaban los mosquitos, las hormigas, sus pequeños pies estaban enrojecidos. Hacía mucho calor, y no encontraban estanques con agua para refrescarse. Todo era desconocido para ellos. El cansancio estaba por vencerlos, cuando a lo lejos vieron muchas luces titilantes.

Ellos creyeron que habían llegado por fin a un lugar seguro, pero era enorme la distancia. Suponían que al fin llegarían a su castillo. Por más fuerza que la Reina les infundía, el cansancio estaba por vencerlos… de pronto, se encontraron con un gran muro de piedra, que les hacía imposible continuar con su desconocido destino. Todos miraban a la Reyna, con los ojos ya vencidos por el cansancio y el hambre, pero muy pronto, sabían, ella daría una rápida solución. La Reina aún guardaba en su bolso algunos panecillos, cubitos de azúcar y agua.

Después de su opípara cena y mirando las estrellas se iban quedando dormidos  uno a uno en el regazo de la Reina, ella no conciliaba el sueño, sabía que tenía un gran compromiso con los pequeños príncipes. ¿Cómo había empezado todo esto?

No lo comprendía, había perdido su reino, su castillo, sus comodidades, todo esto era como un mal sueño. ¿Cómo encontraría la manera de cruzar ese muro de piedras, que se había interpuesto en su camino? Los pequeños estaban agotados.

No recordaba ya cuantos días llevaban caminando. Pronto se agotaría el alimento. ¿Qué les deparaba el destino? Estaba  triste, muy triste, agotada. Las lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas, pero no podía darse por vencida, necesitaba salir de allí… sus ojos se fueron cerrando, la vencía la angustia y el sueño.

La Reina cerraba los ojos con desesperación, parecía vencida, se había enfrentado a una guerra y aún no ganaba esta batalla, pero tenía que ser fuerte. La poca fortaleza que le quedaba tendría que rendirle para llegar a su destino, a su castillo. Los pensamientos llegaban a su mente como una pesadilla, de la que pronto despertaría, pero, ¿cuánto faltaba? ¿Cuándo llegarían? ¿Alguien los esperaba ¿Cómo recordar?  La noche se cerró. Todo era negro en ese lugar; de pronto, como si lo que sucediera fuera poco, el cielo se iluminó con un gran estruendo y gruesas gotas de lluvia azotaron la aldea. Todo era desolación, los príncipes despertaron al igual que las princesas, tiritando de frío y miedo por la tormenta, se abrazaron a la Reina buscando abrigo, hasta que los sollozos se convirtieron en acompasados suspiros. Una larga noche, negra, lluviosa, fría, desolada. La Reina trataba de infundirse valor y decía: «Todo pasará… todos llegará… todo se cumplirá»

Y todo se cumplió: llegamos al castillo (nuestro hogar), con los súbditos  (nuestros sueños), los tesoros (nuestro trabajo), y las coronas de cada uno (El amor de la familia). Y como todo crece, en el camino al castillo se nos unió un Rey, cuatro príncipes consortes, dos perdieron la batalla, dos hermosas Infantas, tres Infantes, y al final un príncipe consorte con un pequeño infante que se unen tiempo después para completar esta gran familia.