La sensibilidad del taurómaco

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Una de las dicotomías más interesantes en el ámbito de la ética es la que mantienen la vida y la obra de ciertos autores. No son pocos los genios del género humano que han tenido vidas perfectamente calificables de desastrosas, o que han sido personas moralmente censurables, se las mire por donde se las mire, y que; sin embargo, han contribuido considerablemente al arte, las letras, la ciencia y en suma, a la cultura, obras que y producciones son y serán eternas. Ahora bien, digamos que esta precisión es poco conocida y en la actualidad, en la vida intelectual corriente, nos ubicamos ante un fenómeno totalmente contrario al que acabamos de señalar. Somos herederos y creadores de lo que se llama la cultura de la cancelación. Bajo la cual basta que cualquier figura pública, por muchísimos méritos propios o renombre que posea, tenga un tropiezo, un desatino, un error cualquiera, para que se desencadene sobre él una inmensa campaña de descrédito y hasta de odio hacia su vida y su obra en conjunto. Sin importar, incluso, que se trate de una figura que ha vivido siglos atrás o actualmente, un intelectual de polentas.

Bien, dicho presupuesto, se encuentra más candente que nunca en la pregunta que sigue: ¿es, acaso, la vida y la obra de un autor censurable y condenable por haber gustado o gustar de la fiesta de los toros? El sentido común sugiere que no. Sin embargo, no está demás pensar brevemente el asunto para la resolución de las dudas que podrían surgir y para ahondar en reflexiones éticas y estéticas de mucho interés en la actualidad. Y es que, ¿no es, acaso, algo como la fiesta de los toros incompatible con la sensibilidad y mentalidad actual? y, por otro lado, ¿no es un olvido descabellado del pasado y de los méritos propios, el descrédito total a cualquier persona por haber gustado de una manifestación artística y cultural que se explica y justifica debidamente?

La fiesta de los toros, de una forma u otra, no ha pasado nunca inadvertida para todas las sociedades que la han tenido cerca. Los grupos sociales que la han tenido fusionada con la historia o la cultura de su nación la han entendido, seguido, disfrutado o aborrecido. Como no podía ser de otra manera, los intelectuales y artistas de cada tiempo nunca han estado exentos de la preocupación por la fiesta de los toros, para bien o para mal. Y es que, como la manifestación artística especialísima que es, siempre ha estado reservada a unas sensibilidades concretas, que la han entendido de una manera concreta y especial.

Al margen de lo que podría pensarse o se achaca primariamente a los aficionados del mundo del toro, las personalidades de renombre que se interesaron por él, no fueron ningunos sádicos y ningunos bárbaros. La lista de artistas, escritores, intelectuales, políticos y demás hombres de cultura que han gustado de la fiesta es inacabable, y para nada podría considerarse como un asidero de personajes trasnochados que antepusieron un asunto de burguesía y puro hedonismo al asunto del sufrimiento animal tan razonablemente en boga en la actualidad. Todo lo contrario: las personas del mundo de la cultura que se acercaron entendieron y retrataron el mundo taurino encontraron en él un asunto de una belleza incomparable, única y de una capacidad mimética que produjo una revuelta de espíritus desde sus adentros que no tenía parangón alguno con cualquier otra producción humana en torno a la expresividad, la vida y la muerte y el delgado flujo que pasa entre ambas. 

Naturalmente, el que todas estas celebridades hayan sido seducidas por el mundo del toro no justifica la fiesta. Aquello sería una falacia de apelación a la autoridad en toda regla. De lo que se trata, es de formular la cuestión que sigue: ¿personas de la talla, la sensibilidad y el entendimiento de Picasso, Dalí, Goya, Hemingway, García Lorca, Vargas Llosa, García Márquez, Julio Cortázar, Orson Wells o hasta Gustavo Bueno fueron unos sádicos y vulgares aficionados a un espectáculo sádico?

Tras las consideraciones anteriores difícilmente puede decirse que el mundo del toro y su afición es realmente un lastre y un motivo suficiente para condenar a sus aficionados, basándonos en las consideraciones sobre la relación ética que existe entre la vida y la obra de un autor. En este caso, el texto de Don José Ortega y Gasset, Pidiendo un Goethe desde adentro, sirve de mucho. De él puede extraerse la idea de que para hablar de manera competente sobre la obra de un autor, es un menester ineludible conocer congruentemente su vida, sus ideas, y su obra. Aquella es la potencia explicativa de la biografía. La de ser un cauce epistemológico a la hora de hablar de hilar ideas entre sí de distintos tiempos o tradiciones, que por lo general, brinda a quien ha tenido la paciencia y la honradez de estudiar las relaciones entre la vida y la obra de un autor, una autoridad para referirse a cualquier asunto infinitamente superior a quien critica, cancela y censura de manera mecánica y casi inmediata, y no menos desprejuiciada.

Pues bien, es dando fe a esa idea, y basándose en la larga lista de intelectuales y artistas de peso que evidencian el estatus de alta cultura de la fiesta, que se encuentran las luces necesarias para deslindar las presuposiciones de crueldad y salvajada a menudo recaídas sobre la situación de los escritores ante la fiesta. Que también puede entenderse que el descrédito prejuicioso no conduce sino a ignorar una obra que, al margen de aquellas consideraciones, puede ser tremendamente relevante y fecunda en el ámbito intelectual y cultural. Y sobre todo, que el ámbito de los juicios éticos es infinitamente más complejo que juzgar, censurar y vilipendiar a este o al otro de manera mecánica y partidaria; que esto es, en suma, algo en el que la objetividad inmediata y exacta de los juicios, no es deseable.