La serenidad domesticada: estoicismo contemporáneo en una era de agotamiento

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Hay una tranquilidad que ya no sana, sino que adormece, una serenidad domesticada que se vende como virtud cuando en realidad es anestesia. Un nuevo estoicismo recorre nuestras redes, nuestros cuerpos sobrecargados y nuestras agendas digitales: promueve la calma como si fuera consigna, la aceptación como si fuera rendición y el control emocional como si sentir fuese un error.

Preguntémonos: 

¿Es el estoicismo moderno una nueva droga para una sociedad cansada?

Hagamos un repaso breve sobre el estoicismo, los antiguos estoicos, en su origen helenístico, no huían de la vida más bien buscaban vivir conforme a la naturaleza, con sabiduría, justicia, templanza y coraje.

Del griego στοά (stoá), que significa pórtico, el estoicismo nace como una escuela de pensamiento fundada por Zenón de Citio en el año 301 a.C., precisamente en la Stoa Poikile, una columnata de Atenas desde donde enseñaba. Pero no era una simple doctrina de control emocional, era una ética radical sobre cómo vivir, cómo resistir, cómo pensar el dolor, la virtud y la libertad con entereza. Hoy, su eco sobrevive. Pero de forma distorsionada, diluida, funcional.

¿Cómo no conmoverse ante esa valentía filosófica que se atreve a mirar de frente al destino?

Pero el estoicismo moderno (esa versión edulcorada que flota en libros de autoayuda, en reels motivacionales y en discursos empresariales) ya no enseña a resistir, sino a adaptarse sin chistar. Nos dice: acepta, no te tomes nada personal, todo está en tu mente. ¿En serio? ¿Todo? 

Una filosofía que nació para hacernos libres, hoy se convierte en la droga legal de una sociedad cansada, en un bálsamo rápido para que sigamos funcionando, en una pedagogía emocional que encubre la angustia bajo el lema del sé positivo. Y ahí, justamente ahí, nace la carne de este escrito.

No es que el estoicismo esté mal, es que lo hemos domesticado. Lo hemos convertido en el discurso perfecto del neoliberalismo para que trabajemos más, sintamos menos y no cuestionemos nada. Lo hemos convertido en coartada para una productividad sin descanso.

Yo me pregunto: ¿Qué filósofo (o mejor dicho, qué ser humano) puede darse el lujo de sostener ese estoicismo sin consecuencias? ¿Qué cuerpo puede habitar esa serenidad sin volverse cómplice de un sistema que niega el dolor estructural, la violencia simbólica, la explotación voluntaria que hoy llamamos libertad?

El estoico antiguo luchaba con los límites del destino. El estoico contemporáneo muchas veces se limita a negar las condiciones materiales que lo oprimen. Confunde serenidad con indiferencia, y virtud con apatía.

¿Por qué tanto auge, tanta conmoción ante este estoicismo dado?

Tal vez la pregunta de fondo no es por qué el estoicismo vuelve, sino por qué vuelve así. ¿Qué condiciones sociales, culturales, económicas han permitido que una filosofía de la virtud se convierta en eslogan para la autorregulación emocional? ¿Qué grieta se ha abierto para que la calma se nos ofrezca como consuelo general?

Hay algo más grave y más paradójico en juego.

Durante siglos, la estructura del poder se sostuvo en la relación binaria del amo y el esclavo. El poder se ejercía como mandato, era visible, externo, coercitivo, se sabía quién ordenaba y quién obedecía. El castigo y la disciplina eran sus herramientas fundamentales. 

Esta fue la lógica del poder disciplinario que Foucault describió con claridad: hospitales, cárceles, escuelas, fábricas… espacios de vigilancia donde el cuerpo debía ser domesticado, controlado, hecho útil.

Pero algo ha cambiado, ya no nos vigilan, nos autoevaluamos; ya no nos castigan, nos corregimos. El poder no desapareció; se refinó, se volvió menos visible, más íntimo, más seductor. Como plantea Byung-Chul Han, el neoliberalismo no suprime la libertad, la incorpora, nos hace creer que somos más libres mientras nos explota mejor. Lo que antes se imponía desde afuera, ahora se ejerce desde adentro. La antigua explotación heterónoma fue sustituida por una forma nueva de dominio, el autoexplotador satisfecho.

Este fenómeno contemporáneo es devastador precisamente porque no parece violencia, se ha roto la figura del opresor externo, y en su lugar ha emergido el yo emprendedor, el yo motivado, el yo resiliente, que se exige hasta el colapso sin que nadie se lo imponga directamente. Ser libre hoy es tener el derecho a agotarse voluntariamente, ser sujeto es ser el amo de uno mismo… y también su propio esclavo.

El discurso cambió, pero la estructura de fondo permanece, pues, ahora el poder no se impone; se consume. No se padece; se elige. Se vende en forma de libertad, de optimización, de control emocional, de serenidad, y es ahí donde entra este estoicismo moderno, reducido a una técnica de autogestión, a una práctica de autoentrenamiento emocional que parece perfecta para esta nueva subjetividad rendidora. Se nos propone como herramienta de autosuficiencia, pero sin cuestionar nunca el marco que nos exige soportar tanto.

Este no es el estoicismo de Zenón ni de Marco Aurelio, que miraban la naturaleza como límite y a la virtud como rebelión frente al deseo de poder. Este es un estoicismo funcionalizado, compatible con la lógica de la productividad, útil para mantenernos calmos, dóciles, eficientes.

El estoicismo contemporáneo, inspirado en la antigua filosofía estoica, como señalo promueve la aceptación serena de las circunstancias, la autorreflexión y la adaptación a los desafíos. En este contexto, se ha desarrollado una actitud positiva que, aunque valiosa, puede llegar a extremos excesivos. La idea de sé positivo a menudo ignora la complejidad de las emociones humanas, dejando poco espacio para la reflexión crítica y la comprensión profunda de las experiencias.

La principal diferencia tal vez, entre el estoicismo antiguo y el estoicismo moderno es que la filosofía lo expresa como un rico sistema de creencias, mientras que la ideología moderna se considera ingenua. A menudo, pero no siempre, se ve como una tergiversación de la filosofía original, por la que simplifica una actitud compleja y se centra en la creencia de la no reactividad y la falta de expresión que conduce a la felicidad, porque si bien la falta de expresión y la falta de reactividad emocional a veces pueden considerarse algo bueno, centrar tu vida en torno al juicio pronto conducirá a que tu yo interior se convierta en un santuario.

 

El concepto de tergiversación del sistema filosófico se está demostrando ahora como esencialmente una nueva forma de expresar la positividad tóxica. La paradoja se revela cuando la positividad extrema se convierte en una carga adicional para el individuo. La presión para mantener una actitud siempre positiva puede ser alienante, y la negación de emociones más complejas puede contribuir a la ansiedad y la frustración. Este tipo de positividad tóxica es un tipo de mecanismo de defensa; es el acto de evitar todas las emociones y pensamientos negativos para darles a los demás la idea de que todo va bien en sus vidas. 

Byung-Chu l Han, (el gran ex hegeliano) escribió y describió nuestra época como una sociedad del cansancio. Ya no estamos disciplinados por órdenes externas, sino autoexplotados por la ilusión de libertad. Somos nuestros propios jefes, nuestros propios carceleros. Y en ese paisaje de ansiedad disfrazada de productividad, el estoicismo actual se vuelve funcional: calma sin cuestionar, sostiene sin subvertir. ¿No es acaso una forma dulce de resignación?

Escribe Han: Ciertamente, las enfermedades neuronales del siglo XXI, siguen a su vez una dialéctica, pero no de la negatividad, sino de la positividad. Consisten en estados patológicos atribuibles a un exceso de positividad (pag. 18)

Me perturba esta alegría forzada. Esta positividad obligatoria que rechaza lo incómodo, lo triste, lo errante, como si el silencio emocional fuera signo de virtud y no de represión, como si llorar fuese pérdida de tiempo y la fatiga, simple falta de actitud. El estoicismo, malinterpretado, se convierte en una máscara de equilibrio ante una realidad rota.

Tu propio jefe

La eficacia de la positividad del poder supera a la negatividad del deber. El poder no anula el deber, sino que, por el contrario, lo prolonga, permitiendo así que el individuo experimente una sensación de libertad. Se siente libre para alcanzar sus metas, convertirse en emprendedor y dueño de su propio tiempo. Las repercusiones de no lograrlo recaen en una sociedad deprimida y frustrada, que responsabiliza al individuo mismo de su fracaso. La sociedad centrada en el rendimiento elimina cualquier aspecto negativo con el fin de incrementar la productividad.

Reflexionemos, a modo de ilustración, el agotamiento derivado de la sobrecarga laboral y las repercusiones inmediatas que acarrea, tales como la ansiedad y la depresión. En consecuencia, el sistema capitalista ya no requiere implementar tácticas coercitivas que involucren violencia física. La habilidad para razonar y coordinarse se ve mermada debido a la fragilidad mental y el agotamiento. Adicionalmente, se añade la aptitud para manipular extensos volúmenes de información que los usuarios proporcionan mediante sus interacciones en las plataformas de redes sociales.

A partir de este momento, cada situación debe considerarse como una oportunidad para generar ingresos, crear valor y obtener ganancias. La actual ofensiva tecnológica también debe entenderse como una forma de ocupar y dar valor a aquellos a los que ya no se puede explotar mediante el empleo asalariado. 

Me gustaría mencionar un término actual interesante: la uberización. Es un término atractivo que fue introducido por el comité invisible, planteado en su libro Ahora (2019), que viene del término UBER, que representa oportunidades laborales poco cualificadas que requieren apenas más inversión que un vehículo antiguo. 

En el contexto de la uberización, los trabajadores freelancers son llamados a adoptar una mentalidad emprendedora y a ser sus propios jefes, un lema que se alinea con la noción estoica de asumir la responsabilidad total de uno mismo. Sin embargo, esta autonomía aparente puede desencadenar una presión adicional para mantener una positividad constante, ya que cualquier fracaso se atribuye directamente al individuo. La positividad excesiva, entonces, se convierte en una fachada necesaria para mantener la competitividad en un entorno de trabajo precario.

Uno de los actos físicos del estoicismo: la resilencia 

Junto al estoicismo domesticado, emerge otro rostro del poder contemporáneo: la resiliencia como virtud obligatoria. En un principio, el término era clínico y humano, designaba la capacidad de reconstruirse tras un trauma irreversible. Se aplicaba a la pérdida, al duelo, a enfermedades que no podían curarse, era legítima, era necesaria.

Sin embargo, como advierte Diego Fusaro en Odio la resiliencia, ese concepto ha sido apropiado y transformado en instrumento ideológico. Hoy se nos exige ser resilientes frente a lo que no es irreversible, sino simplemente injusto, ya no frente al duelo, sino frente a la precariedad. Ya no frente a la muerte, sino frente al sistema. 

Se nos pide aguantar estoicamente, sufrir en silencio, y resignarnos a lo que podría (y debería) transformarse: las estructuras económicas, políticas y sociales que nos fatigan. El resiliente de hoy ya no lucha, se adapta. Ya no sueña futuros, sobrevive al presente. Renuncia a cambiar el mundo y busca, en su esfera privada, alguna forma de ajustarse al dolor, como si las injusticias fueran una especie de fenómeno natural, como si el orden social fuera una catástrofe meteorológica frente a la cual solo cabe replegarse, fortalecerse y seguir.

Se contempla una solución biográfica para las contradicciones sistémicas. El neoliberalismo ha hecho de cada malestar una responsabilidad individual. Si no puedes más, es que no eres lo bastante resiliente. Si te rompes, es porque no supiste doblarte. Como si lo frágil fuese culpa de quien lo siente, no de lo que lo produce.

Pero la resiliencia así entendida no es fortaleza, es derrota resignificada. No es autonomía, es sumisión maquillada. Es el último triunfo del poder que ha logrado convencernos de que la única revolución posible… es emocional. 

Y ahí se revela la convergencia, el estoicismo moderno y la resiliencia neoliberal son las dos caras de una misma pedagogía del aguante. Ambas exaltan la autogestión emocional, la serenidad como virtud suprema, la calma como deber moral, ambas nos piden lo mismo, no hagas ruido. 

No culpes al mundo. 

No esperes justicia. 

No molestes.

Quizás el problema no está en la filosofía estoica, sino en su uso contemporáneo. La sociedad neoliberal ha hecho del yo un proyecto interminable, una empresa en constante optimización y en esa lógica, todo lo que no rinde es descartable. Incluso nuestras emociones, nuestros descansos, nuestros errores.

 

No se trata de rechazar el estoicismo, sino de devolverle su filo. Su verdad incómoda. Su llamada a vivir con valentía, pero también con sensibilidad. Porque resistir, hoy, también implica permitirnos cansarnos, llorar, detenernos. Ser estoicos no debe ser dejar de sentir, sino sentir con hondura y actuar con sentido. No como robots resignados, sino como cuerpos vivos que ya no quieren seguir funcionando como si nada pasara.

La serenidad, sí. Pero no como anestesia. La virtud, sí. Pero no como disfraz.