La Tertulia con Kafka

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¿Dime poeta que tan honesta es tu palabra, nace como beso robado o es meticulosamente pensada como elaborado crucigrama? También el poeta que está seguro de serlo, ya no más en ese preciso instante, la palabra que llega sin escalas directo al corazón o a la consciencia, la complejidad de lo sencillo, de lo burdo, lo llano, lo cotidiano, la ocurrencia en su máximo esplendor.

Habrá algún insolente que limite a la poesía, eso, la molesta, la irrita, a tal grado de irse y no quedarse en aquellos que creen enaltecerla, no se debe limitar a las palabras escritas en la servilleta encontrada en un bar a altas horas de la madrugada, ni las palabras somnolientas.

Las de niñez, las trazadas en la arena, y es que me dijo Kafka que el poeta no está por encima del paisaje, del cuerpo, el canto del ave, mucho menos lo estará de la poesía misma, sólo es el conducto para representarlo, de eso te condena la poesía, una hermosa condena, tu creación escrita no te deja, el poeta lleva en la espalda toda su creación, por inútil que pudiera parecer, pero él, como buen mendigo de palabras, no deja en el abandono a ninguna, y por la misma razón, regala poesía a quien sea, sin importar nada.

Es cuando la poesía orgullosa de sí misma, se eleva, flota y jamás se estanca, ¿Quién no puede abrazar a la poesía? Ella le escupiría el rostro a quien contestara que aquel que no tiene brazos, ella siempre encuentra la manera de hacer perpetuo la estética palabra, o aquella que tal vez erizará la piel.

(Imaginando una sonrisa dibujada) Kafka me dice que la poesía no entendible termina siendo meramente ruido, y el propósito de comunicación o de creación de imágenes queda obsoleto para el lector, se queda enajenado el autor, ninguno puede desprenderse de sí mismo, mas el que escribe denotará su tal vez inconsciente egoísmo, es ahí cuando la poesía vuelve a la tristeza, pues no se convierte en vehículo, ni en puente, no es escalera, se vuelve lodosa, un muro infranqueable.

(Susurró Kafka) un camino sinuoso, donde se tropezara sin duda alguna, y evitara llegar al fondo de la palabra, no habrá lenguaje, será ese ruidoso grito, al son de esa palabra fue en el último sorbo al café, miré a Kafka con evidente idolatría, me sentía ya kafkiano, supe que era un héroe, mientras ardían sus escritos prendidos a chasquidos de sus dedos, se empezaba a sentir tan Samsa, sufría un cambio en su apariencia, fue evidente que estaba frente a un héroe literario, aquel que deja en anonimato su autoría, fueron tan sublimes sus palabras que en contra de su voluntad surgieron de entre las cenizas, ¡ni por asesinato o suicidio, la palabra está siempre viva, eterna! grito ensordecedor de mi consciencia, después pedí otra taza de café.