La tierra importa

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Nunca nadie pensaría que un congreso de museos me llevaría a uno de los rincones más mágicos de la Tierra: Hawái. Cuando el avión estaba por aterrizar y las islas se divisaron entre las nubes, sonreí. Suena poético, pero a veces el corazón te lleva a lugares que jamás imaginaste, pero que tarde o temprano son apuntados en la lista de recuerdos que poseen autoría.

En Estados Unidos existe una asociación especializada para el intercambio de ideas y experiencias entre museos y centros de ciencia. Espacios dedicados a la divulgación científica, ya sea gracias a montajes contemplativos o las más innovadoras experiencias en el proceso evolutivo de los centros interactivos que iniciaron en América con Exploratorium en San Francisco, Estados Unidos o el Ontario Science Center en Ontario, Canadá. Sus congresos anuales versan desde cuestiones temáticas para futuras exhibiciones hasta la incorporación de conceptos como sustentabilidad, el Museo verde, el autofinanciamento, la interconexión con las artes y desde aquel 2011, cuando asistí por primera vez a un evento de este tipo, el poder de la ciencia ante el reto del cambio climático y en sí, la crisis ecológica que se auguraba. Dos eran los sueños por cumplir en ese año, muy irónicos ante mis ojos: las posibilidades de retomar la carrera espacial con destino a Marte y la necesidad de tomar conciencia para salvar a la Tierra.

Ciertamente, al ser mexicana, las playas de Honolulú no me parecieron tan fascinantes como las que encuentro en casa. No así su museo de ciencia, el Bishop Museum, un lugar donde el tiempo fluye con el presente. En el edificio principal se presentaba una museografía propia de los primeros museos de historia natural: taxidermia, colección de rocas y fósiles y el papel de la cultura tradicional en conexión con la naturaleza. Un guiño para todos aquellos que alguna vez bailamos la danza de este país, sabiendo que los movimientos conectan el cielo con la tierra, a través de las manos y el compás de las caderas.  En el segundo edificio, dividido del primero por un hermoso jardín, donde los arcoíris suelen abrazar, se encontraba el museo moderno respondiendo a distintos mecanismos de interacción: la proyección de un planeta Tierra donde se podían identificar los distintos volcanes del mundo, pantallas para conocer los diferentes tipos que hay de éstos y lo mejor de todo, la recreación de uno similar en forma al Popocatépetl donde podías subir hasta lo alto y deslizarte en una resbaladilla. Bueno, más bien dos: una para niños y otra, para adultos.  En el interior del cono, el museo explicaba el porqué de las erupciones y lo más importante, la riqueza en recursos naturales que los volcanes propician a su alrededor con el paso del tiempo.

La peor extinción en la Tierra ocurrió hace 250 millones de años y se apunta que se perdió cerca del 95% de las especies que habitaban nuestro planeta. La causa, una serie de erupciones volcánicas que hicieron colapsar los ecosistemas. Al final de esta historia, millones de años después, llegaron los dinosaurios y los pterosaurios, los cuales también se extinguieron hace 65 millones de años, en la Quinta Extinción Masiva. Del impacto del famoso meteorito y todos los cambios que generó en la superficie terrestre, sobrevivieron reptiles, aves –consideradas por varios expertos  como dinosaurios vivientes– y pequeños mamíferos, en donde sí, se encuentra el hombre. E incluso con el ser humano, el final ciertamente no será el mismo para todos. Actualmente, de acuerdo con las declaraciones formales de la ONU, avaladas por más de cien científicos, en el 2019, se afirmó que nos encontrábamos en la Sexta Extinción Masiva. Para muestra, como diríamos coloquialmente, un botón: 477 especies que debieron extinguirse en 10,000 años lo han hecho en tan solo un siglo. Las causas: el cambio climático, la pérdida de hábitat, la contaminación, la introducción de especies invasoras y el comercio ilegal de especies. Sí, como el comercio ilegal que llevó al Covid-19 a nuestro cuerpo.

Si el museo de Honolulú era bello, sin duda, la Big Island supera las expectativas del viajero no así del alarmista. La vista al Kilauea, uno de los más activos del mundo, solo es posible si justamente la actividad volcánica lo permite. Como nos diría la guía de aquel viaje, esto no es Disney, y si hubiera ríos de lava, no estaríamos aquí. Y sí, a lo mucho que pude visualizar fue la fumarola en el punto estratégico para sacar fotos. Sin embargo, aquel viaje resultó de lo más memorable que ha latido mi corazón y lo catalogo así, porque viví uno de los momentos que, si tan solo cierro los ojos, vuelven a mí. Una gran playa de arena negra, con rocas negras y algunas plantas, pequeñas, asomándose a la vida. El mar deslizándose como bailarina entre la arena y el sol, ése en el firmamento, despidiendo el día. De acuerdo con el centro de interpretación en el Parque Nacional, aquella playa era verde, pero en una de las últimas erupciones, la lava le cambió el color. Algo muy similar a lo que hoy se puede observar con la isla de Tonga después de la erupción del volcán submarino. Pienso en ese momento y las huellas que mis pies dejaron sobre la arena, en la posibilidad siempre infinita de la vida. Esa, que, como las plantas tímidas, se asoma a pesar de todo.

No estoy segura de que el ser humano llegue a Marte en el 2030, no tanto por la capacidad de los avances tecnológicos sino por el grave daño que se ha acrecentado en el Planeta, más la gran crisis del siglo provocada por el Covid y sus múltiples variantes. ¿Es la ciencia la que nos falló desde el 2011 en su estrategia de divulgación? ¿Fuimos los museos y centros de ciencia demasiado ciegos para no identificar los canales de comunicación con el público? ¿Dónde quedó el futuro verde que soñábamos en el imperativo de cambiar al mundo? Hoy en día, la proliferación de la información es el menor de nuestros problemas como sociedad –exceptuando regímenes autoritarios como el chino–; el gran reto es lo que  hacemos con el conocimiento científico y la distinción entre toda aquella sabiduría que no es ciencia.

Cuando inauguramos en el Centro Cultural Toluca, la exitosa exposición Dinosaurios ahora en el 2019, la prensa me preguntaba el porqué era importante que los niños se interesaran en temas como los dinosaurios. Además de que estos gigantes del Mesozoico resultan ser entrañables para todas las edades, significan el puente más ameno para hablar de temas ecológicos, biológicos y paleontológicos: si amas a los dinosaurios, deberías proteger a sus nietos, las aves. Y aún más, estas exposiciones permiten que la gente piense, sí: estructure el conocimiento, lo analice y lo apropie. Ello no sé si nos lleve a Marte, pero sí nos permitirá, por ejemplo, saber que, si rociamos de gasolina sobre nuestro cuerpo y le prendemos fuego, nos quemaremos; o, por ejemplo, el gran avance que la vacunación significó para la supervivencia humana desde el siglo XIX.

La Tierra importa y la ciencia también. Pienso en aquel atardecer en el fin del mundo, en un lugar cubierto de manto negro con la promesa de resurgir. No podemos prevenir erupciones volcánicas y por más que miremos arriba, no evitaremos el colapso de algún meteorito. Pero sí podemos retroceder los pasos que nos han llevado al precipicio. Quizás la divulgación de la ciencia aún tiene mucho que perfeccionar y quizás, también, los seres humanos mucho por reflexionar. Sin embargo, tenemos a nuestro favor los dos grandes elementos que marcaron nuestra evolución: nuestro cerebro y la posibilidad del trabajo en comunidad. La Tierra importa y los seres humanos, también.