La transformación a COVIDA-19: el milagro de la compasión Segunda Parte
Hablábamos acerca de la compasión como un elemento fundamental, en lo que un servidor ha llamado la transformación a COVIDA-19. He comentado también que una de las maneras de debilitar aquél ente que ha puesto en jaque al mundo es no nombrarlo; parece paradójico, dado que origina al nuevo nombre con el cual se hace referencia a la posibilidad que se abrió por la existencia del virus. Sin embargo sin su existencia, lo más probable es que no se hubiera abierto éste canal de transformación, aun cuando es seguro que cualquier otro ente similar lo hubiera abierto, pero no sabríamos cuándo o en qué circunstancias, lo cierto es que la realidad actual es un canal que se abrió para la transformación y de ahí el nombre asignado: COVIDA-19.
Tengo la creencia, dado que mi estilo de vida es el coaching en tae kwon do, que todo tiene que ver con la marcialidad y los valores, que la vida es una suma de instantes dirigidos a una permanente transformación, pero la que tenemos enfrente es una puerta monumental e inclusive dimensional. Desde mi perspectiva, esto se trata de un combate, pero, para el crecimiento espiritual. Así es que parece requisito indispensable ganar esta contienda. Insisto en que la mejor manera es debilitando a aquel ente, al cual paradójicamente agradezco por ser el espejo de la humanidad y abrir el canal de transformación que pedía a gritos nuestro hogar.
Este canal que nos permite ver al fondo, aquello propio de nuestra esencia que el lodo de nuestro ego ya no permitía admirar evitando la re invención constante que requiere nuestro ser en su transitar.
Vale la pena también, un poco, incidir en la compasión en tanto creación de mundo. Esto es teniendo la perspectiva de que es urgente una reinvención del mundo. La compasión es una disposición psíquica que está arraigada en el carácter, es decir, en el ser del que depende por completo el hacer, de modo que el valor moral de las acciones depende más de las inclinaciones íntimas de la persona que de la educación recibida y transmitida por medio de conceptos.
Como lo ha explicado Schopenhauer: en sí, los actos no son más que meras imágenes; lo que les da valor moral es la disposición psíquica del que los realiza. El conocimiento abstracto no puede producir las buenas intenciones, la virtud desinteresada, ni la nobleza pura. La fuente de todo esto es un conocimiento inmediato e intuitivo que no se puede adquirir discursivamente. Tengo esta otra creencia: que para darle sentido a esta transformación que se plantea hay que considerar que los dogmas, las creencias, mitos y tradiciones, influirán de manera negativa en mi re invención –requiero hablar primero, en primera persona– si así lo elijo, pero tengo el poder de que no modifiquen mi carácter, es decir, mi voluntad.
Por otra parte, también aporta sentido el entender que se requiere virtud, es decir, bondad. Requiero ser ese que hace menos diferencia de lo que es usual entre sí mismo y los demás. Una persona bondadosa se reconoce a sí misma y su voluntad en todo ser y, por consiguiente, también en los que han elegido sufrir. Para ello hay que estar curado de la ilusión del principium individuationis, conocimiento que rige el principio de razón, y el síntoma infalible de esa cura es la práctica de obras de caridad. Frente a él, el egoísta se siente rodeado de fenómenos ajenos y hostiles, y toda su esperanza descansa en su propio placer. El bueno vive en un mundo de fenómenos amistosos: el placer de cada uno de ellos es el suyo propio. Por eso, aunque el conocimiento del destino humano en general no alegre su ánimo, el saber que su esencia se encuentra en todo lo viviente le da una cierta ecuanimidad y hasta un ánimo jovial.
Tal y como lo ha señalado Schopenhauer, a quien he citado: será esencial una ética que supere el egoísmo; que distinga entre el amor puro o compasión (ágape) y el amor egoísta (éros), siendo la amistad una mezcla de los dos. Lo fundamental es que, a su juicio, todo amor puro se propone mitigar el dolor ajeno, que se conoce a partir del propio dolor físico o psíquico y se funda en el reconocimiento de una esencia común, pero universal.
Esto es lo que me parece realmente milagroso en lo que se propone como transformación a COVIDA-19. Sin embargo, para que esto sea una realidad es primordial que mi acción suceda únicamente por otro, entonces su bien o su mal son directamente mi motivo. Eso implica sentir al otro como si fuera yo, que se destruya toda diferencia entre yo y el otro. Esto es la compasión, es decir, de la participación directa, independiente de las demás consideraciones, primero, en el dolor del otro y así en el impedimento o supresión de este dolor. Incluso, no solamente haciendo referencia a la persona que en esta transformación está pasando dolor físico sino también psíquico por el solo hecho de pensar diferente.
Tal compasión es la base de toda justicia y caridad verdaderas. Las acciones humanas se explican por alguno de estos tres móviles: egoísmo, maldad o compasión, pero las de valor ético nacen exclusivamente de esta última.

