LA TRISTEZA DEL AMO

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Leer poesía cual si fuera un relato por quien desde su nacimiento viene con el terruño donde nace enraizado en su alma. Así nos comprueba con sus letras y palabras el cuentista y relator llamado Isidro Fabela en su texto La tristeza del amo, al revisar el título sorprende encontrar que el amo pueda estar triste, si pensamos en el contexto en que escribe Fabela este cuento, comprendemos que ya desde joven sabe que la riqueza no da felicidad eterna. Y la lectura de este cuento, que es relato y que es poesía, nos da lecciones al final de un profundo humanismo que además trae consigo la cosmovisión indígena, que no la española ni europea, que creían en el viejo continente que el hombre y su razón le serían suficientes para dominar todo lo que hay en esta casa que es el planeta tierra. Vemos que no es así, que las visiones prehispánicas son más vivas, más extensas y complejas, más completas en comprender que hombres y mujeres pertenecemos a un cosmos que no se define sólo en el hombre, sino que se amplía al patrimonio de la naturaleza con todas sus fortalezas y debilidades.

Isidro Fabela en este cuento-relato-poesía que es La tristeza del amo nos da varias lecciones: para que el que quiera leer con detenimiento sea capaz de comprender el mundo real que va más allá de nuestras pequeñas ideologías sobre el poder político, o la visión social que nada tiene que aportar al macrocosmos que es el mundo y el universo. Leo el texto con el gozo de recordar que esos paisajes y momentos los viví en los alrededores de la ciudad de Toluca hace muchas décadas, quizá sería a finales de los cincuenta por allá en la comunidad de Tlachaloya. Leo a Fabela: En el encinar cercano a la vega inmensa que se pierde allá lejos abrazando a la colina, va acallándose el diario susurrar de las frondas, mientras desordenado trinar de gorriones, que revolotean incansables alrededor del tejocote añoso donde han plantado sus lares, salpica el silencio del campo con su algarabía.

Tiempos pasados fueron mejores. De eso no me queda duda, y de esos tiempos el centro del país ya tiene muchos ayeres que se fueron lejos al grado que en una presentación del libro sobre animales que publicó el poeta guatemalteco-mexicano Otto-Raúl González, y que presentó en la sala Manuel Ponce del Palacio de Bellas Artes, al preguntarles a los asistentes si habían visto alguna vez un burro, en su mayoría negaron haberle visto en los últimos años. Al grado que quizá, algunos jamás lo habían visto en vida. El peor lugar para vivir en el país es el centro de la nación: Valle de México y Valle de Toluca, así como algunos estados de alrededor de la ciudad de México, por su crecimiento gigantesco de carácter demográfico ha traído con ello pérdida de paisajes, tradiciones, leyendas y afectos a la vida ecológica de este altiplano lleno de contaminación de su tierra, agua y aire. El smog es un vecino de todos los días y de todas las horas. Por eso, la lectura del cuento de Fabela nos trae tantos y bellos recuerdos, párrafo por párrafo para aquellos que vivimos aquellos tiempos en el mundo rural, en la cultura campesina sabemos que sí, alguna vez hubo esa realidad mágica que en su más alta expresión: mágica y metafísica llena de tradiciones en el pensar y hacer, se resolvió gracias a un genio como Juan Rulfo que nos dejó a mitad del siglo XX, la joya de la literatura universal llamada Pedro Páramo. Es, por tanto, una delicia seguir los párrafos de Fabela escritos a principio del novecientos: Tal cual Tórtola reza en el boscaje su oración doliente, en tanto que el murciélago y el búho se lanzan a la vida. Junto a la era, la última carreta que torna de la siega ha descansado sus dos brazos tiesos y rendidos sobre la tierra, y el carrero base al pajar por la cena de sus retintas mulas, las que derechamente se dirigen al regato, donde, del agua deslizante, apuran el insabor delicioso.

Las palabras de Isidro van cayendo como si fueran gotas de una lluvia que no es tan intensa, sino esa misma que cae por las madrugadas, cuando ha dejado de arreciar y se convierte en suave llovizna que cae en el tejado o sobre las láminas de aquellas casitas que no alcanzan para más.

Las letras de Fabela prosiguen dando prueba de que es un pinto que dibuja por escenas sus cuadros enmarcados en el oro del sol o la plata de la luna si es ya llegada la noche. Dice: El enorme portón de la troje ha sido encadenado por el garrido jacalero, quien llaves en mano, viene cerrando graneros y tapancos, al propio tiempo que el amo don Rodrigo, administrador de la hacienda, aparece por el terraplén de la presa frontera a la casona, caballero en potro alazán alzado y violento, cuyas riendas pone en mano del mozo de estribo, que recibe la caballería sombrero en mano y con respetuoso talante. Podemos imaginar al escritor, del cual quienes le llegan a ver no saben que los está registrando con su pluma y sobre el papel. Que los está dibujando con ternura y sabiendo que el amo algún día ha de llorar. Es el joven que descubre su capacidad para registrar lo que nadie ve día a día, porque la vida es una rutina de la que sólo se debe uno espantar ante lo imprevisto. Sin saber que cada día es un milagro de la vida que nos trae un sol diferente al que vino ayer a saludarnos. El hombre que observa, eso es el escritor. ¿Cómo es que Juan Rulfo hizo sus cuentos titulados El llano en llamas, me pregunto? Fue con la misma actitud y disciplina conque hace sus cuentos y relatos Fabela quien de observador y preguntón, porque es seguro que fue un niño preguntón, además de ser un seguro y apasionado lector de libros y más libros. Niño observando lo que sucede a su alrededor, niño que no dejaba pasar las estaciones del año comprendiendo que en primavera el sol se vestía de festival y en el invierno se llenaba de melancólicas o nostálgicas emociones.

Fabela fue un hombre que leyó en los libros de las diferentes bibliotecas que tuvo a la mano, principiando por la suya con cerca de 20 mil ejemplares que logró reunir en vida, pero también, leyó en el libro de la vida, que es lo más difícil y complejo, para poder retratar y comprender a su sociedad y al ser humano, que igual era su familiar o vecino, que igual fue compañero de partido político o de lucha política en aquellos tiempos de la década de los cuarenta en que se vio en la necesidad de participar gobernando nuestra entidad. De política sabía mucho, no sólo de nuestra entidad, sino de otras en el norte del país, y de la más terrible que fue la segunda guerra mundial, en la que él fue actor importante para salvar vidas en peligro ante los embates bestiales del fascismo y el nazismo. Mucho vivió Isidro en su siglo XX que le fue escuela, hogar, limbo y fortuna. Sus letras nos recuerdan que vivió todo, pero en su alma la ternura de su terruño donde nació no lo abandonó nunca. Más adelante aparece el Amo, y leo al respecto: —Era la del Venado sí, señor, y en la del salto también, cuando su mercé se enfermó de gravedá porque madrugó mucho y se asolió, y no fue a comer a la casa por estar tapando la compuerta del Venado, señor amo. Y el viejo regador concluyó diciendo que juraría que al señor se le arrasaron los ojos de lágrimas contemplado la sementera reseca, que se mojaba, que se empapaba con el riego del agua que venía desde muy lejos a fertilizar aquella tierra, antaño ingrata e infecunda.

Los hombres y mujeres que vienen de lejos saben que la mayor riqueza es la tierra. Eso lo sabían los hombres del pasado en el México prehispánico, por eso a la tierra le rendían sacrificios y, los propios romanos sabían de ello, al realizar una escultura con una mujer llena de senos que significaban la vida y los frutos que da la tierra para que la raza humana pueda tener alimento. Escribe Fabela: Yo comprendía su legítimo dolor. Desprenderse de golpe de aquel terruño que lo vio nacer, que lo vio crecer al amparo del anciano padre de quien heredara honor y fama; despedirse para siempre de un pasado dichoso que estaba identificado con esos llanos y sementeras que él fertilizaba; con esa presas y caminos que él hiciera; con ese río en cuyas linfas se bañara bajo el sol, allá en aquella dulce juventud pretérita de encantadoras remembranzas, decir un adiós eterno a esos montes habladores y elegantes… Escribir es labrar la historia, así queda en nosotros Isidro Fabela.