La vida sigue

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Mientras lava los trastes y recoge la casa, piensa en todos los chismes que su vecina ha regado como pólvora, el condominio ya sabe todos los pormenores de su existencia; que si su marido borracho, que las golpizas que le llegó a dar, que las mujeres que ha tenido, que sus hijos sólo la ven como la sirvienta y muchas cosas más.

Hacía unos meses, la señora Mary, se le acercó con la atención de platicarle sus problemas a lo que ella, ingenuamente entendió como confianza, depositándole poco a poco cada uno de sus secretos de mujer.

La vecina, muy hábil, se le fue metiendo no sólo en las confesiones de su vida, sino en su casa, en su intimidad, haciendo uso de todo lo que, en términos prácticos, pudiera darle: que el agua, que la luz, que su casa, que su apoyo de cualquier tipo para sacar los más beneficios de la inocente señora.

Después de algunos meses de amistad con su vecina Mary, coincidió con la señora de la estética. En el poco rato que estuvo ahí, los comentarios mordaces sobre su vida personal, se dejaron ver. Ella, sintió que el piso se le abría a sus pies en una simultánea sensación de vacío en el estómago.

Se despidió nerviosa, tambaleantemente desolada, caminó hacia su casa  recordando todo lo que le había dicho. Trataba de enmendar su error diciéndose: Nadie somos perfectos, todos cometemos errores, todos nos equivocamos.

Después de la tortuosa meditación, se dio cuenta que, lo más doloroso no era lo que los demás pensaran de ella, sino la decepción de haberle abierto las puertas de su casa y confianza a una mujer que, como ella, vive situaciones que creyó, las hacía amigas y según su lógica, las amigas no cuentan los secretos.

No comentó nada a nadie, ni siquiera le reclamó a la señora Mary su deslealtad. Pasó varios días en el infierno del qué dirán, hasta que una mañana se topó con la susodicha; al mirarla, le vinieron muchas emociones encontradas y el deseo de reclamarle; sin embargo, no dijo una sola palabra y sin detener el paso, la saludó fríamente como la había hecho toda su vida.

No miró hacia atrás, decidió no verla como una promesa a su propia vida. Selló un pasado donde la confianza de su subsistencia fuera lo más importante para ella. Con este acto se prometió que, jamás volvería a dar su lealtad ni las puertas de su hogar a nadie.

Cuando entró a su vivienda, se dio cuenta que su casa era su historia y que nadie podría vivir su vida. Se sentó en el sillón destrabando todo el cuerpo en actitud de quien ha soltado un peso innecesario.  Después de unos minutos, se levantó como si nada hubiera pasado para retomar sus quehaceres domésticos y atender a los críos que ya le pedían de comer declarando en su interior: ¡La vida sigue!