Las auténticas Tequerras

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Tenancingo de Degollado, ciudad al sur del estado de México, se ha hecho célebre entre otras cosas, por ser la cuna del rebozo a nivel nacional. Esa prenda típica que viste a la mujer mexicana de antaño. Esa es la joya de la corona, pero existen otras muestras de orgullo: el obispo, platillo que hoy se vende en los restaurantes más exclusivos; su Cristo en la montaña, que es uno de los más altos en Latinoamérica y sus ruinas arqueológicas, signo de su innegable lugar en la historia de este país.

Pero hay una historia que amalgama todas las expresiones anteriormente resumidas, y esa yace sobre la legendaria Chona La tequerra, la llamada primera mujer revolucionaria de México que estuvo en las filas del mismísimo ejercito zapatista cuando el siglo anterior iniciaba.

De La Tequerra se cuentan varias historias: que entraba a la cantina para sacarle los pesos a los borrachos para las fiestas del pueblo. Aunque, hay algunos que dicen lo hacía para darles a sus esposas algo para el gasto, pues era uso de la época dejar a la familia tirada cuando el vicio imperaba. Tal vez nunca se sepa de cierto. Lo que se sabe, de lo que se tiene cuenta, es de que la famosa Chona era de armas tomar, que arrastraba fulanos con el caballo y era de carácter fuerte y sobre todo, muy grosera. Gran mujer, gran estampa, gran historia.

La sola idea de una mujer que anduvo al tú por tú a los cates con hombres de la revolución es demencial. Pero hay algo que las bocas de orgullo de la ciudad no cuentan, y eso es que la historia de La Tequerra se gestó a fuerza de un crimen, del abuso que la mujer sufrió cuando pequeña. Sí, resulta que en una diligencia de aquellos años la muchacha fue tomada por la fuerza por un fulano. Luego, por el hartazgo, la mujer se decidió a envolverse entre su ropa un cuchillo y le tasajeo el vientre al sujeto para librarse de su lastre. ¿Qué pasó? Que La Chona se fue presa por ese delito.

Sí, gente que me lee, no conforme con lo sucedido la mujer fue presa. Claro, era brava, pero no era casualidad. Y sí, estuvo en las filas del ejército zapatista, pero todo gracias a que las filas de los ejércitos estaban flacas y casi de casualidad salió de la cárcel. En fin, la historia anda por ahí en un libro de la UAEMéx a manos de José Yurrieta Valdés.

Dicho esto, hay que contar otra cosa. Tal vez por esas ínfulas de importancia, en los últimos años en la ciudad se ha gestado un tumulto de páginas aficionadas que buscan enaltecer la historia de la ciudad. Mal. Es decir, de mala manera. Ya se ha dicho que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, pero de todos modos los ojos del mundo son lo que esmeraldas cuando el diablo le soba el lomo a un gato. Ya verá.

El pasado 6 de agosto tuvo lugar en la misma ciudad una marcha en que distintas chicas buscan se reconozcan los derechos de la mujer, por ejemplo, el derecho al aborto y de paso se dé seguimiento a las desaparecidas que, en una ciudad tan típica, no son distintas a otras zonas de este triste país. Las consecuencias fueron las obvias: gritos, bailes, carteles, además de muros y estatuas pintadas, una de ellas, precisamente el monumento al rebozo que se encuentra en la plancha del Jardín Morelos de esta ciudad.

Corte A, una de esas páginas aficionadas trepa un post, fotos incluidas, en las que se muestran muy indignados por las pintas en aquel símbolo de su tierra. Un post en el que hozó etiquetar a distintos personajes de relativa importancia en la cultura del Degollado y por consecuencia, las palabras ya muy sobadas como: no son formas, pinten su casa y la mejor vayan directamente con quien les hizo enojar, que porque los monumentos no pueden defenderse. Vaya tontería. Bah, habría que informarle al chusco personaje que administre el sitio que una mujer muerta no pude hacerlo o que una mujer violentada no puede generalmente hacerlo, precisamente porque no se les escucha o no hay un rostro contra quien hacerlo. En fin.

Lo que provoca entonces esta columna, es la concatenación de lamentables desaciertos. Como ya se dijo, no crea usted que uno se entera de la historia de María Asunción Villegas Torres Chona La Tequerra por esas páginas de entusiastas en Facebook. Tampoco por las dependencias de los etiquetados en esa publicación tan desafortunada, muchos de ellos, con nómina en el ayuntamiento de la ciudad. No, uno se entera, por ejemplo, por una poeta toluqueña que en una charla de pasillo despertó la curiosidad por aquella personaja. Así, tan desvirtuada como la historia de la revolucionaria desaparecida, es la historia del rebozo, del obispo, del Cristo y de las ruinas que hasta hace poco estaban hechas una garra, esas sí, pintarrajeadas sin ningún propósito y sólo por la ignorancia de quienes se iban a perder el tiempo en el cerro de Acatzingo de la Piedra.

El asunto no es menor, pues sin saberlo, lo que buscan esos sitios es hacer una labor periodística de la cual por supuesto a todas luces ignorar las formas –y se lavan las manos con el viejo argumento del entreteniendo y la libertad de expresión– pero sobre todo la relevancia de lo que una publicación malograda puede causar. Hace no mucho, uno de esos sitios provocó un linchamiento y por la presión social el atolondrado sujeto desapareció. Ojo ahí.

Pero mire, al denostar de tal modo la lucha de las mujeres por sus derechos no sólo obvian su evidente ignorancia y falta de empatía con una realidad social que le arranca a 10 mujeres al día silenciosamente en este país. Además, están negando su propia historia, la de una mujer que por sus propios arrestos acabó con su agresor, que por eso fue a la cárcel y que no conforme con esa ofensa, ahora la historia, la torpe tarea de unos aficionados, manipula su leyenda e insultan su memoria maquillando el legado de una de las mujeres que, sin lugar a dudas, fue una de las primeras feministas de la historia moderna de este país. Una mujer gallarda adelantada a su tiempo.

Hay que poner sobre la mesa las muchas formas en que las autoridades, sobre todo en el auspicio de lo casi rural, legitima a estos sitios que además de provocar violencia en su atropellada labor, distorsionan el valor de sus raíces provocando folclorismos exacerbados que ante la buena de acercar al público a sus tradiciones, los aleja y las mancilla. No crea usted que el grueso de la población conoce el porqué del rebozo o del obispo, cuyas ferias son el sello de la ciudad, en las cuales los productores sirven de escenografía y el rebozo, como corbata para algún artista de paso, y de su historia, ni de chiste se habla a la usanza de la más pura burocracia cultural: cáncer en el arte, (Adicción comunicación, 2018).

De entre las muchas atrocidades en esas palabras bien intencionadas y harto puristas, hay que decir que sí se les oficializa indirectamente cuando se les invita a los eventos para salir en la foto y que es por eso sus palabras, de esos sitios, tienen tanto impacto. Además de los aberrantes comentarios de los que se erigen como próceres de la cultura y que se mofan de los comentarios y reacciones de niñas cuchitas.

Se mofan pues de las auténticas Tequerras de hoy y de la mujer que le da porte al rebozo del que tanto se han valido para llenarse el ego con sus historias de la corte tailandesa –ni siquiera me importa si es así, porque luego hay que explicarles lo que  es una licencia literaria pretencioso pendejo, y la grosería sólo es para que vuelvas a abrir los ojos como plato–, Tenancingo el misterioso pueblo histórico, (Cultura Colectiva, 2018). Al carajo pues.

Rescatar por ejemplo, como lo dije en un post personal, que esto no es curarse en salud, pues como bien lo dice una reflexión de Martín Vivanco Lira, en Entendamos, no hay hombres feministas (El Universal, 2020): somos machos en rehabilitación, y es una realidad ineludible de la que ya no podemos escapar, no porque tenemos madre o hermanas, sino porque somos seres humanos y hoy más que nunca, tan solo esa condición nos debería orillar a entender que todo este enfado por un muro, un monumento, es muestra de una realidad vergonzosa que nos ha alcanzado y que nos distingue por desgracia en todo el mundo.

Una mentira contada mil veces, no debería convertirse en verdad. Así como que no porque el mundo grite la misma tontería, significa que tienen la razón: ahí tienen a Cristo, sí, el de la montaña o el del cru-ci-fi-jo en la cabecera. Aquel post tiene –el cual solo aludo y no menciono para que impere la armonía–, tiene 270 reacciones,  de las cuales, son risas de mujeres que claramente se burlan de la torpeza del aficionado, pero han podido más, a los ojos de las buenas conciencias, los comentarios de odio de quienes no quieren ponerse, aunque sea un segundo en los zapatos de otros: 30 ó 40 comentarios. De entre ellos, me quedo con el de una chica, sonriente y de un sarcasmo sutil, que, ante la ineptitud del ofendido, se robó una foto del monumento vandalizado para llevarla a su propio muro como símbolo de su lucha, dejándole el mensaje: que bonita foto, te la robo.