Las islas que nadie visita
Marca personal, cultura organizacional y
el valor de conectar puertas adentro.
Hace unos días me hicieron una pregunta que se me quedó dando vueltas:
¿Cómo mostramos el valor de nuestra área dentro de nuestra propia organización?
Y pensé que resulta curioso que, hacia afuera, parecemos haber aprendido bastante bien cómo hacerlo.
Construimos perfiles profesionales. Elegimos cuidadosamente nuestra foto de LinkedIn. Compartimos proyectos, certificaciones, logros y ése ya tradicional feliz de compartirles que… cuando algo bueno ocurre.
Hemos aprendido a contar quiénes somos profesionalmente.
Pero, ¿qué pasa puertas adentro?
Porque una cosa es que muchas personas sepan lo que haces a través de LinkedIn y otra muy distinta es que quienes trabajan contigo todos los días entiendan realmente qué valor aportas.
Saben tu nombre. Tu cargo. El área a la que perteneces.
Pero ¿saben qué problema resuelves? ¿Qué conocimiento tienes? ¿Cómo tu trabajo impacta en el de ellos?
A veces ni siquiera nosotros conocemos las respuestas del otro lado.
Las organizaciones crecen. Llegan nuevas personas, aparecen nuevas posiciones, se crean áreas y la operación se vuelve cada vez más compleja. Sin darnos cuenta, comenzamos a habitar pequeños mundos dentro de la misma empresa.
Marketing tiene sus prioridades.
TI las suyas.
Finanzas vive en otro universo —uno donde, sospecho, los números pueden quitar el sueño con bastante facilidad—.
Operaciones intenta que todo siga avanzando.
Comercial persigue sus metas.
Y cada área, inevitablemente, empieza a hablar su propio idioma.
Todos trabajamos para la misma organización, pero no siempre tenemos claro cómo se conecta nuestro trabajo con el de los demás.
Y eso me hizo recordar la película Intensamente.
En la mente de Riley existían diferentes islas: la familia, la amistad, la honestidad, los sueños. Cada una representaba una parte importante de quién era. Pero lo interesante no era que existieran por separado. Era que, de alguna manera, todas estaban conectadas y juntas construían una historia.
Creo que las organizaciones también tienen sus propias islas.
El problema no es que existan.
Sería imposible —y probablemente insoportable— que todos pensáramos, trabajáramos y funcionáramos exactamente igual.
El problema aparece cuando dejamos de construir puentes.
Cuando compartimos empresa, pero no propósito.
Cuando conocemos las áreas sólo por los correos que nos reenvían o por las veces que necesitamos algo con urgencia.
Cuando empezamos a resumir el trabajo de todo un equipo en una frase.
Marketing hace las publicaciones.
TI arregla las computadoras.
Finanzas aprueba los pagos.
Como si el trabajo de una organización pudiera explicarse con tanta facilidad.
Y así, mientras más desconocemos lo que ocurre en las otras islas, más fácil es reducirlas a estereotipos.
Siempre se demoran.
Todo lo piden para ayer.
Nunca responden.
Y, bueno, seamos sinceros: probablemente alguien de otra área también tiene una frase preparada sobre nosotros.
Pero muchas veces detrás de esos conflictos no hay necesariamente mala intención. Hay desconocimiento.
No conocemos sus procesos.
No entendemos sus prioridades.
No sabemos qué ocurre antes de que algo llegue a nuestras manos.
Y es difícil valorar aquello que nunca nos hemos tomado el tiempo de conocer.
Por eso, cuando hablamos de cultura organizacional, quizá deberíamos dejar de pensar únicamente en la parte bonita.
En los valores impresos en la pared.
En las fotografías de aniversario.
En el coffee break que, con suerte, consigue que algunas personas conversen más de cinco minutos antes de volver a revisar el celular.
La cultura también está en los puentes que construimos.
En qué tanto conocemos a quienes trabajan con nosotros.
En si sabemos qué pueden aportar.
En si encontramos espacios para compartir lo que sabemos.
Porque dentro de una organización puede existir muchísimo conocimiento que nadie ve.
Una persona que sabe hacer algo que podría ayudar a otra área.
Una experiencia que podría convertirse en una charla interna.
Un aprendizaje que podría evitar que alguien cometa el mismo error.
Una habilidad que quedó escondida detrás de un cargo.
Y, sin embargo, muchas veces buscamos afuera respuestas que quizá ya existían adentro.
Buscamos especialistas.
Consultores.
Capacitaciones.
Mientras alguien, en otra área, probablemente podría decir:
Yo puedo ayudarte con eso.
Pero para llegar a ese punto hay que conocernos.
Y ahí está, para mí, uno de los desafíos más interesantes de la cultura: hacer visible el valor que existe dentro de la propia organización.
No se trata de hacer una campaña para recordarle a todos lo importantes que somos. Ya tenemos suficientes correos que nadie termina de leer.
Se trata de abrir espacios para decir:
Esto hacemos.
Esto sabemos.
Así podemos aportar.
Y también: aquí necesitamos ayuda.
Porque mostrar nuestro valor internamente no debería ser un ejercicio de ego. Debería ser una oportunidad de conexión.
Y quizá tampoco necesitamos ser amigos de todos.
No todos vamos a compartir la misma personalidad, las mismas ideas o las ganas de salir juntos un sábado por la noche. Y está perfectamente bien.
Una cultura fuerte no necesita fabricar amistades.
Necesita cultivar conexiones.
Necesita que entendamos que, aunque estemos en islas distintas, no estamos construyendo empresas distintas.
Todos tenemos un objetivo mayor.
Servir bien a la organización.
Hacer que funcione.
Hacer que crezca.
Y entender que, muchas veces, nuestro trabajo llega más lejos cuando deja de terminar en nuestra propia área.
Tal vez ahí está una de las formas más honestas de construir cultura.
No solo diciendo que las personas son importantes.
Sino ayudándolas a descubrir por qué el trabajo del otro también importa.
A mostrar nuestro valor puertas adentro.
A reconocer el valor que existe alrededor.
A compartir lo que sabemos.
A pedir ayuda sin sentir que estamos invadiendo territorio ajeno.
Y, sobre todo, a seguir construyendo puentes antes de que las islas estén tan lejos unas de otras que ya no recordemos cómo llegar.
Porque una organización puede crecer en personas, áreas y resultados.
Pero si no cultiva la conexión entre quienes la sostienen, corre el riesgo de crecer sin realmente sentirse unida.
Y quizá construir cultura no sea lograr que todos se conozcan.
Quizá sea algo más profundo:
hacer que, desde nuestro lugar, sepamos qué valor podemos aportar y qué valor podemos encontrar en los demás.
Porque cuando una organización consigue que sus personas se vean, se entiendan y se conecten, las áreas dejan de ser simplemente nombres en un organigrama.
Y empiezan, por fin, a formar parte de una misma historia.

