Leona Vicario y su garra feminista

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Es la más reconocida y popular de las heroínas insurgentes. Tuvo un papel relevante en el movimiento independentista al financiarlo con los bienes que había heredado de sus padres y al enviar armas, ropa y medicinas a las tropas, así como servir de correo y transmitir a los jefes rebeldes información sobre los movimientos y tácticas del gobierno virreinal y del ejército realista.

 

Leona Vicario, además, tiene raíces en Toluca por su madre Camila y sus tíos Agustín Pomposo y Fernando Fernández de San Salvador, estos últimos, notables abogados enemigos de la insurgencia. En 1813 se casó con el joven abogado Andrés Quintana Roo, con quien se unió a las filas insurgentes. Luego de la derrota de Morelos, Leona y su marido, ambos prófugos de la justicia y ya con hijos, anduvieron a salto de mata hasta que se acogieron al indulto, por lo que entre 1818 y 1819 vivieron en Toluca, en la miseria.

 

Luego de consumada la independencia en 1821, Leona recobró los bienes que le habían sido confiscados y se dedicó a financiar y apoyar otras causas políticas, siempre con su habitual rebeldía. Se le empezó a conocer como la mujer fuerte de la independencia y, luego de su muerte en 1842, el Congreso Mexicano la nombró Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria.

 

Otro hecho significativo que la vincula a Toluca es que en septiembre de 1830, un grupo de damas toluqueñas solicitó al gobierno del Estado que a la ciudad capital se le nombrara Toluca de Leona Vicario. La iniciativa no prosperó, pero hubiera sido bueno que Toluca llevara este apelativo en vez del de Lerdo, cuyo origen no es claro y genera confusiones sobre el particular. Con todo, este hecho muestra que muchas mexicanas de la época consideraban a Leona una mujer valerosa y ejemplo de valiente conducta femenina.

 

No es para menos: en el México independiente, la misma Leona había dado muestra de su garra feminista desde un ámbito casi exclusivamente reservado a los varones: el periodismo. Desde esa parcela tuvo oportunidad de defender sus ideales frente un adversario insospechado: el poderoso político Lucas Alamán, aquel hombre culto, acomodado, educado e instruido, cuya familia había sido afectada por la insurgencia y por ello detestaba a Hidalgo; el que dirigía empresas y minas ricas; el que varias veces fue Secretario de Estado y una vez ocupó el poder ejecutivo en un triunvirato; el creador del primer banco y quien conspiró contra Guerrero, contribuyendo a su muerte; el que escribió la más importante historia de México de la primera mitad del siglo XIX.

 

Pues fue el ministro Alamán quien se atrevió a reconvenir a nuestra heroína, acusándola de que sus servicios a la patria tuvieron el carácter de heroísmo romanesco y fueron efecto del amor. Ante esta diatriba, Leona sacó su garra feminista y le reviró con una carta que, no obstante su extensión, reproduzco completa ya que no tiene desperdicio y debe ser difundida ampliamente pues constituye uno de los testimonios feministas más valiosos en nuestra historia.

 

Leona Vicario, carta vindicativa de su participación en la Independencia contra las injurias de Lucas Alamán, en El Federalista Mexicano, 2 de abril de 1831:

 

Casa de V. marzo 26 de 1831. Muy Sr. mío de toda mi atención: en el Registro Oficial de 14 de este, contestando V. a los Federalistas, me lleva a encuentro sin saber por qué, tachando mis servicios a la patria de heroísmo romanesco, y dando a entender muy claramente, que mi decisión por ella, solo fue efecto del amor. Esta impostura la he desmentido ya otra vez, y la persona que la inventó, se desdijo públicamente de ella, y V. es regular que no lo haya ignorado; mas por si se le hubiese olvidado, remito a V. un ejemplar de mi vindicación que en aquel tiempo se imprimió, en donde se hallan reunidos varios documentos que son intachables y que desmienten dicha impostura. No imagine V. que el empeño que me he tenido en patentizar al público que los servicios que hice a la patria, no tuvieron más objeto que el verla libre de su antiguo yugo, lleva la mira de granjearme el título y lauro de heroína. No: mi amor propio no me ha cegado nunca hasta el extremo de creer que unos servicios tan comunes y cortos como los míos, puedan merecer los elogios gloriosos que están reservados para las acciones grandes y extraordinarias. Mi objeto en querer desmentir la impostura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el justo deseo de que mi memoria no pase a mis nietos con la fea nota de haber yo sido una atronada que abandoné mi casa por seguir a un amante. Me parece inútil detenerme en probar a V. lo contrario, pues además de que en mi vindicación hay suficientes pruebas, todo México supo que mi fuga fue de una prisión, y que esta no la originó el amor, sino el haberme apresado a un correo que mandaba yo a los antiguos patriotas.

 

En la correspondencia interceptada, no apareció ninguna carta amatoria, y el mismo empeño que tuvo el gobierno español para que yo descubriera a los individuos que escribían con nombres fingidos, prueba bastantemente que mi prisión se originó por un servicio que presté a mi patria. Si el amor cree V. que fue el móvil de mis acciones, ¿qué conexión pudo haber tenido éste con la firmeza que manifesté, ocultando, como debía, los nombres de los individuos que escribían por mi conducto, siendo así que ninguno de ellos era mi amante? Confiese V. Sr. Alamán, que no solo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos, y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria, no les son unos sentimientos extraños; antes bien suele obrar en ellas con más vigor, como que siempre los sacrificios de las mujeres, sea el que fuere el objeto o causa por quien los hacen, son más desinteresados, y parece que no buscan más recompensa de ellos, que la de que sean aceptados. Si M. Stael atribuye algunas acciones de patriotismo en las mujeres a la pasión amorosa, esto no probará jamás que sean incapaces de ser patriotas, cuando el amor no las estimula a que lo sean. Por lo que a mi toca, sé decir, que mis acciones y opiniones han sido siempre muy libres, nadie ha influido absolutamente en ellas, y en este punto he obrado siempre con total independencia, y sin atender a las opiniones que han tenido las personas que he estimado. Me persuado que así serán todas las mujeres, exceptuando a las muy estúpidas, o a las que por efecto de su educación hayan contraído un hábito servil. De ambas clases también hay muchísimos hombres.

 

Aseguro a V Sr. Alamán, que me es sumamente sensible, que un paisano mío, como lo es V. se empeñe en que aparezca manchada la reputación de una compatriota suya, que fue la única mexicana acomodada que tomó una parte en la emancipación de la patria.

 

En todas las naciones del mundo, ha sido apreciado el patriotismo de las mujeres: ¿por qué, pues, mis paisanos aunque no sean todos, han querido ridiculizarlo como si fuera un sentimiento impropio en ellas? ¿Qué tiene de extraño ni de ridículo el que una mujer ame a su patria, y le preste los servicios que pueda para que a estos se les dé, por burla, el título de heroísmo romanesco?

 

Si ha obrado V. con injusticia atribuyendo mi decisión por la patria a la pasión del amor, no ha sido menor la de creer que traté de sacar ventaja de la nación en recibir fincas por mi capital. Debe V. estar entendido, Sr. Alamán, que pedí fincas porque el Congreso constituyente, a virtud de una solicitud mía para que se quitara al consulado de Veracruz toda intervención en el peaje porque no pagaba réditos, contestó: que el dinero del peaje lo tomaba el gobierno para cubrir algunas urgencias y que yo podía pedir otra cosa con que indemnizarme, porque en mucho tiempo no podrían arreglarse los pagos de créditos. ¿Qué otra cosa, que no fueran fincas, podía yo haber pedido? ¿O cree V. que hubiera sido justo, que careciera enteramente de mi dinero al mismo tiempo que tal vez servía para pagar sueldos a los que habían sido enemigos de la patria?

 

Las fincas, de que se cree que saqué ventajas, no había habido quien las quisiese comprar con la rebaja de una tercera parte de su valor y yo las tomé por el todo: la casa en que vivo tenía los más de los techos apolillados y me costó mucho repararla. De todas las fincas, incluyendo en ellas el capital que reconocía la hacienda de Ocotepec, que también se me adjudicó, solo sacaba la nación al año 1000 pues que, como V. ve, es el rédito de 30000 y con eso se me pagaron 112000. Si V. reputa esto por una gran ventaja, no la reputó por tal aquel Congreso, quien confesó que mi propuesta había sido ventajosa a la nación.

 

Me parece que he desvanecido bastantemente las calumnias del Registro. Espero que mis razones convenzan a V. y que mande insertar esta misma carta en el referido periódico; para que yo quede vindicada y V. dé una prueba de ser justo e imparcial: lo que además le merecerá la eterna gratitud de su Atenta y Segura Servidora Que Su Mano Besa.

 

María Leona Vicario.