LITERATURA, RÍO DEL ALMA
El siglo XX trae a poetas que dan nombre a la Ciudad: Enrique Carniado, quien escribe en su libro publicado en 1928: Era yo un niño sabio, ¡qué de cosas sabía! / Rodar el aro grácil que frente a mí corría / con el girar de sus tres colores ufanos, / rojo, gualda y azul; arrojar con mis manos / aptas el trompo loco que a veces se dormía /en inestable estática / sobre la tensa palma de mi mano. Sus versos son el optimismo de una ciudad transparente en las primeras décadas que se ha de ir transformando sólo al arribo de la década de los sesenta de dicho siglo. Escritores son expresión rica de la provincia toluqueña. Don Alfonso Sánchez García, cronista de vocación, es escritor clásico de las letras toluqueñas, lo mismo escribe sobre el chorizo que sobre la política a través de un libro histórico: Ocaso y final del círculo rojinegro. Nos trae la riqueza no de las vecindades, sino de los barrios con su bello libro San Juan Chiquito / Un barrio de Toluca e interviene en gran parte de las monografías que de 1981 a 1987 se publican de manera seria y juiciosa a través de la recién creada Asociación Mexiquense de Cronistas Municipales (AMECROM). Son, don Poncho y Alejandro Ariceaga, los maestros de quienes han de venir después en las letras de José Luis Herrera Arciniega, Alberto Chimal y Alfonso Sánchez Arteche. Toluca hogar de quienes han de venir de fuera del estado a darnos sus riquezas fraternales y de cultura: Carlos Olvera, Francisco Paniagua, Bertha Balestra, María Eugenia Leefmans, y en particular El Gordo Iglesias, un promotor sin igual que funda entre las paredes de la ciudad y de la Universidad estatal un grupo legendario llamado: TunAstral, mismo que promovió, como nadie, la presencia de escritores de todos los géneros para enriquecer el mundo de las letras; paso que permitió dejar el aldeano sentimiento de vivir en las alturas al margen de la nación.
Son muchos que desde el exilio, viniendo del interior del país o llegando del extranjero, dan profundidad a nuestra cultura literaria: Guillermo Fernández García, Carlos Elizondo, Luis Mario Schneider, Hernán Bravo, o pintores de fuera de Toluca como Felipe Santiago Gutiérrez, Pastor Velázquez, Matilde Zúñiga y, recientemente, Orlando Silva Pulgar, Gonzalo Utrilla y Joaquín Dimayuga.
José María Heredia y Heredia es parte de la historia de una ciudad. Lo es en la medida que se recuerda a Sor Juana Inés, y la historia dice que Nepantla, comunidad del municipio de Tepetlixpa, vive por el recuerdo de la Décima Musa o por lo que Hacienda de Panoaya es relevante espacio de cultura, porque ahí vivió niñez y primera adolescencia educándose con su abuelo materno. Si como nos dice en su libro José María Heredia / sus años en México el investigador Guillermo Shmidhuber de la Mora quien con fecha del año de 1831 cuenta: 16 de septiembre. En Toluca pronuncia su segundo discurso en conmemoración de esa efeméride mexicana. Y se inicia la publicación de Lecciones de historia universal, adaptadas y aumentadas de los elementos de historia, del inglés Alexander Fraser Tytler, en cuatro tomos, que terminaron de editarse hasta el año siguiente. Siempre la misma lección, se da un siglo después cuando el educador José Vasconcelos edita libros de literatura universal con el fin de sacar de las visiones aldeanas al México surgido de la revolución de 1910. José María tiene en su origen este espíritu: hacer que los nuevos mexicanos sean amantes de su patrimonio cultural y natural, y la prueba es su poema Al teocalli de Cholula o su crónica de la Visita al Volcán de Toluca, pero que no pierdan en ese tiempo de pocos miles de habitantes que pertenecen a una raza, la humana que es orgullosa de su lugar de origen, pero tiene ese mismo orgullo por lo que sucede en otros lugares donde también viven ciudadanos como los que a principios de siglo XIX viven en Toluca y su extenso territorio denominado estado de México.
El instrumento de Heredia es principalmente la literatura, igual que los ciudadanos, hombres y mujeres que han de venir en el futuro, después de esa fecha fatídica del 7 de mayo de 1839 en que fallece, Heredia seguramente en su angustia y desaliento habrá sabido que su obra está ahí, para forjar nuevos alumnos de vida que le han de seguir en su tarea de ser ejemplo: José Martí es alumno distinguido como la historia nos lo ha comprobado.
Literatura como eslabón para formar su rica personalidad de jurista, político y educador. En Toluca entre junio y julio de 1832, cuenta Shmidhuber: Aparece la segunda edición de sus Poesías, en dos tomos, compuestas tipográficamente por Heredia y su esposa; edición que circuló en Cuba hasta 1834, y aun entonces mutilada, a consecuencia de la participación del poeta en el movimiento revolucionario iniciado por Antonio López de Santa Anna, presidente de México, de quien fue secretario durante el periodo de campaña. Fue designado colaborador en la obra de reconstrucción nacional y luego consejero del presidente Santa Anna, en unión de Andrés Quintana Roo (posteriormente Heredia rompió con Santa Anna cuando éste se convirtió en dictador).
No fueron tiempos en la política del ciudadano José María Heredia que no lo hagan por los hechos en un mexicano completo. Conocido por lo que vemos de los primeros presidentes de México, desde el primero Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Anastacio Bustamante, Valentín Gómez Farías, José María Luis Mora, Antonio López de Santa Anna, el sólo recorrer su paso por las amistades y enemistades más encumbradas de ese tiempo, permite ver la difícil vida que Heredia tuvo en México. Momentos de gloria claro que los tuvo: sus cuatro discursos, el de Tlalpan en 1828, a sólo 7 años de la independencia oficial ajenos a España, el del 1831 en la Plaza Mayor de Toluca, el del año de 1834 de nuevo en la Plaza Mayor de la ciudad, y por último el del año de 1836, tres años antes de morir en Plaza Mayor de Toluca. No sobran palabras para sentir el orgullo de que un intelectual de tales proporciones, fijara en los lindes de nuestra historia nacional y toluqueña sus palabras y textos, que son parte de lo mejor de nuestra historia patria. Si la clase política de ese México en guerra permanente supo de José María, lo fue por su talento, cultura profunda y decididamente democrática. La misma que no le permitió transigir, aunque en ello le fuera el bienestar de su familia y la de él: no fue oportunista ni traidor, un arribista o el desleal, que en el mundo de la política a través de la historia de los pueblos se encuentren por todas partes y a todas horas: junto a Ignacio Ramírez El Nigromante bien puedo decir que se ha de sentar en el Olimpo de los grandes mexicanos de nuestra historia patria.
Al revisar los 200 años de la historia del México independiente, y la historia particular de la ciudad de Toluca encontramos que la ciudad se ha hecho, y por ella han pasado y están personajes de gran importancia. No es cosa que no merezca hacer recuento a partir del personaje que es José María Heredia y Heredia quien fue conocido por Melchor Múzquiz o Lorenzo de Zavala gobernadores en su momento del estado de México. Al revisar el pasado de la ciudad podemos seguir paso a paso los triunfos de la misma a través de sus personajes y sus fracasos. Entre los cuales el saber que los peores años Heredia los vivió al regresar de Cuba, en ese viaje desesperado que hizo para reencontrar a su madre y a sus amigos, los cuales al negarle el saludo quedaron expulsados de la historia de uno de los grandes hombres de la América Latina que vivieron en el siglo XIX y cuya trascendencia está más allá de su vida física. Pensar en la soledad del hombre, cuyo único fin de vida fue, por encima de su poesía y de sus éxitos profesionales, el unir a los americanos en una sola voz que defendiera la democracia y la libertad. Eso lo comprueba en sus cuatro discursos dichos a nombre de los mexicanos de ese tiempo. A nombre de los mexicanos y de toda América, porque le queda muy claro que la libertad del continente era una sola, por encima de razas, colores, idiomas o querencias. La fecha de su muerte, 7 de mayo de 1839 es oscura fecha, pues uno de los ciudadanos del nuevo mundo más transparente en sus ideales se iba llevando tristeza y pesar de haber vivido.

