Lo importante de Luckács

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Las humanidades y las ciencias sociales de la actualidad, se han venido caracterizando por una desconfianza de los conceptos con los que habían estado trabajando durante largo tiempo que no vaticina cosa distinta que el abandono progresivo de un academicismo anacrónico. El asunto, naturalmente, irrita de sobremanera a quienes fueron formados en épocas en las que el respeto a los conceptos era no sólo una institución sino la razón de ser de disciplinas como el Derecho, la Sociología, la Historia o la Filosofía, como se puede ver en los manuales con los que generaciones enteras se fueron formando. Ahora bien, podría decirse que tras esta actitud existe un espíritu similar al del conservador, o tal vez una suerte de servicio ideológico a tal o cual causa, pero nuestro propósito esta vez, es entender el tema desde otro ángulo.

Esta vez nos referimos a cómo el asunto anterior se manifiesta concretamente en el campo de lo estético con la introducción del componente ideológico, y las potencialidades que puede tener el hecho de sobrepasar los límites conceptuales de lo que en estética se ha venido llamando el arte por el arte; lo que es, como se podrá intuir, una tesis totalmente luckácsiana. Más concretamente, sobre la idea de el arte por el arte, no podemos negar que la posibilidad de desvincularnos de cualquier causa política en la construcción de la belleza por parte del artista puede llegar a sonar convincente. No sirve de nada negar este aspecto. Pero, ¿qué sucede si nos preguntamos, teniendo en cuenta todas las manifestaciones y subjetividades de quienes no sienten que, de acuerdo con esta tesis, el arte expresa o les hace sentir lo que a ellos les parece que es arte? 

El problema, visto desde cómo es la sensibilidad y la corporalidad la que construye ahora el sentido, se complica enormemente. La magnanimidad de la tesis mencionada pronto se convierte en represión, pues trae consigo la limitación de que obligan a pensar a quien la suscribe, que cuando algo no calza en lo dicho por el concepto, ese algo debe reajustarse, porque ese sentido al que se ha llegado por pura sensación,  no puede optar a una sustentación de razones tan rigurosa como la razón sí. 

Esta actitud, sea intrínseca al concepto o a quien lo usa, puede llevarnos por dos caminos: bien por la superioridad intelectualoide de quien piensa que el arte y la filosofía nada más pueden ser enteramente occidentales, y que todo cuanto escapa de sus confines son formas primitivas, salvajes y falsas tanto de conocimiento como de expresión. O bien, retornando al siempre interesante Luckács, que que quienes acceden a la posibilidad de aprehensión del arte por medio de determinados conceptos, son quienes acceden entienden a las verdaderas experiencias artísticas; y que quienes no, tienen una suerte de limitación en sus capacidades intelectuales y en su percepción, que finalmente responde a una desigualdad entre estratos sociales que se reafirma en esta incomprensión del arte.

Y es que, ¿las obras políticas o históricas no tienen, acaso, un trasfondo, algo que les subyace, que nos habla directamente de un cuerpo que tiembla expresándose por medio de un testimonio? ¿Realmente podemos prescindir del valor estético de este testimonio porque no encaja en un canon clásico? Nuevamente, ¿no hay, ahí mismo, una poderosísima fuente de sentimientos que posteriormente pueden ser reconocidos a través del arte? Son algunas de las cuestiones más interesantes que nacen cuando los conceptos estéticos inician un proceso de sedimentación, de dureza, de falta de conciencia de clase.

Aun cuando el concepto de subjetividad ha demostrado una y otra vez ser una parcela de la realidad increíblemente rica, a la que se le ha tenido fobia durante mucho tiempo, y que por eso ha sido censurado infinidad de veces, el arte desde una perspectiva luckácsiana nos puede recordar que es, en ella, donde escuchar hablar a esta subjetividad, se hace menos difícil, si la razón queda dormida en el proceso.